miércoles, 8 de junio de 2011


Una crónica necesaria

Miguel Ángel Bustos

"EL VELORIO DE LO QUE SE ME MUERE"


“Tenemos el infierno hecho por la memoria,

y el paraíso, hecho por el olvido.”

Jorge Luis Borges

“Es necesario para ser rebelde una gran castidad,

la misma que se requiere para ser poeta”

Aldo Pellegrini

(Prólogo al libro: Van Gogh el suicidado

por la sociedad de Antonin Artaud)


Con la dramática impunidad y la inconstancia de un mar de Poe, que arroja a la orilla los restos de un naufragio, tengo en la memoria muertos, tablas flotantes, fantasmales agonías de una época tenebrosa, así como cartas perdidas, libros extraños hallados en algún lugar de la infancia, postales de paisajes ignotos y, quizá, otros sobrevivientes que, por una u otra razón, lograron salvarse del desastre. Y de aquellos paisajes y personajes ausentes, resuenan necesariamente los versos de Quevedo: “vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos”. De ese modo, ahora, recuerdo al poeta Miguel Ángel Bustos. Siempre tan hundido en sus pensamientos y con un constante asombro en sus ojos, que estremecía a más de uno de sus amigos.

Tengo la certeza de que gran parte de su obra (tanto poética como pictórica, así como sus artículos de opinión, aparecidos en la prensa de Buenos Aires, que en buena parte fuera destruida por la dictadura militar en los momentos del secuestro del que ya no volvería nunca), han dejado en la memoria crítica del país, la misma impresión visionaria del asombrado gesto que delataba en Miguel Ángel, su constante desvelo ante las cosas que sucedían en ese momento histórico de la Nación y en su conciencia de poeta. Impresiones, lo sé, que han quedado como huellas dactilares del olvido en la memoria de quienes no podemos olvidar...

Vale la pena transcribir una nota aparecida en el diario La Voz, en el que su mujer, Iris Alba, relata parte de aquel drama: “De pronto suena el timbre, serían más o menos las diez y media. Era muy raro, nuestros amigos no iban a venir a casa a esa hora. Me acerqué a la puerta y pregunté quién era. “Policía –me responden-: abran o procedemos”. Miguel Ángel me mira y hace una seña con la cabeza, que sí, que abra. Entran cinco individuos y me muestran una tarjeta amarilla, que cuando hice la primera denuncia me confirmaron que pertenecían a Policía Federal. Me dicen que me meta en la cocina con mi hijo, que estaba atemorizado. Durante hora y media sentimos unos ruidos feroces en la casa. Cuando nos permitieron salir…¿Cómo explicar? La casa parecía ser sobreviviente de un bombardeo. Los cuadros destruidos, los libros de Miguel Ángel, sus queridos libros, tirados y destrozados…`Lo llevamos en averiguación de antecedentes, me dijeron. `No es por nada, es pura rutina dentro de los momentos que vive el país´. La indignación no me dejaba hablar. Cuando se estaban por ir le dicen a mi esposo: `Lleváte una manta que hace frío´. .. Miguel Ángel fue al cuarto de Emiliano, al Submarino amarillo, como nosotros llamábamos a la habitación de nuestro hijo porque estaba arreglada así como un homenaje a los Beatles, en quienes reconocíamos todo el movimiento creativo que habían desencadenado… Miguel Ángel se llevó una manta de ese cuarto y yo me quedé mirando desde su ventanita, a pesar de que era tan chiquita que no podía ver nada.”

Afortunadamente su obra édita (hoy agotada) se salvó de aquellos heraldos de la muerte y, al menos, hoy quedan los ejemplares celosamente protegidos por quienes fuimos sus amigos y valoramos su obra.

DÍAS VERTIGINOSOS

Conocí a Miguel Ángel Bustos en los ya lejanos días de 1972 en la redacción de la revista porteña Panorama, de la editora Abril, que, por ese entonces estaba situada en las cercanías de la avenida Leandro N. Alem y 25 de Mayo, es decir, en las proximidades de la estación Retiro del Ferrocarril Mitre. Una zona frecuentada durante el día por empleados de oficina y, por la noche, por marineros y gente que busca diversión, debido a la variedad de locales nocturnos que por allí proliferan. Recuerdo que en algún momento, un poeta venezolano, Juan Liscano, se alojó en una residencia en esa misma cuadra y a la que yo concurrí varias veces, y en una oportunidad, acompañado por el poeta René Palacios More. Fue por esos días que el poeta Liscano me comprometió a hacerle una entrevista al poeta Eduardo Azcuy acerca de los mandalas para su revista Zona Franca. Y yo le hice una entrevista a él, también, con motivo de su libro de ensayos de la Literatura Venezolana. Un libro que contenía el análisis de los grupos vanguardísticos y las voces más prominentes del momento en la patria de Bolívar.

Por ese entonces, dirigía Panorama el periodista Tomás Eloy Martínez, que años después (1975) encontraría en Venezuela en funciones de asesor del Papel Literario del diario El Nacional y como colaborador de otros medios como el Suplemento Cultural del diario Últimas Noticias, dirigido en esa época por Nelson Luis Martínez.


En las páginas de Panorama, Miguel Ángel realizó una nota acerca de mi libro Según las reglas, libro que había sido distinguido en el concurso latinoamericano de la revista Imagen de Venezuela. El libro fue como la llave secreta para nuestra amistad. A Miguel Ángel, tengo la certeza, le habían impresionado aquellos poemas y lo hizo ver en su nota, donde dice, entre otras consideraciones, ya que lo ve como “Un poema narrado que persigue la íntima música del español hablado en estas tierras, una poesía que subordina la imagen a los usos de una actividad concreta, es la que lleva a cabo en Según las reglas, el poeta argentino Manuel Ruano… Los sonidos de Ruano, ese sonido que surge cuando se lee a un poeta, mantienen una tensión angustiada en ciertos poemas… Sin embargo, esta ansiedad adquiere un tono machadiano y de emoción más directa cuando se dirige a cosas que le son muy queridas como “Oda salvaje para una vieja pistola Browning”… Son palabras de Bustos que se refieren, entre otras cosas, a la historia viva de un arma que había pertenecido a un personaje famoso y de la cual conservo una memoria y una anécdota muy peligrosa para aquellos días tan vertiginosos en la convulsionada urbe de Buenos Aires. En una palabra, él tituló esa reseña con el título Los Viajes de Manuel, haciendo también mención de mi periplo viajero por varios países latinoamericanos (Perú, Chile, Bolivia…) que él mismo había realizado años atrás, siguiendo la misma cosmovisión de Patria Grande que iluminaría la perspectiva estética surrealista y de idioma común: lo grandioso latinoamericano y de profundo contenido de amor por la lengua hispana, donde la referencia al poeta andaluz Antonio Machado no es caprichosa, pues él fue y no otro, quien dijo que la patria del poeta es el idioma. También recuerdo que en esa misma redacción a la que tuve que acudir muchas veces, estaba un periodista que más tarde fue director de las páginas culturales del diario Clarín, Marcelo Pichón Riviere, hijo de un famoso psicoanalista.

LA SELVA DE CUARZO

“Hay poca plata, viene bien una

salamandra de hielo en el fuego”

Miguel Ángel Bustos

Era la época de la dictadura del general Lanusse. Mi hermano Eduardo, artista plástico (Buenos Aires, 1945-2003), era ya un preso político en la cárcel de Villa Devoto por lo que el gobierno de entonces consideraba un delito de cierta gravedad. El hecho fue muy notorio y Miguel Ángel, periodista al fin, conocía los pormenores del caso y de los reclamos políticos del movimiento. Recuerdo que hasta el filósofo Jean Paul Sartre, había enviado su solidaridad para con los otros detenidos: el arquitecto Soto, el obrero Pedro Bonet (fusilado luego en Trelew) y mi hermano Eduardo.

Con Miguel Ángel comenzó una estrecha amistad, y muchas veces nos citábamos en algún café de las inmediaciones de Panorama. A veces, como dije, en la misma redacción de la revista, ya que había comenzado a hacer algunas colaboraciones, entre las que se contaba una entrevista al poeta peruano Antonio Cisneros realizada en la Ciudad de los Virreyes, Lima. Además, de cuando en cuando, intervenía en un programa de Canal 7 de televisión (a unos pasos de la revista Panorama, en un espacio del poeta de la generación del sesenta Horacio Salas), con el fin de relatar pormenores de mi periplo poético, y que más tarde concluiría con la muestra Poesía Nueva latinoamericana, editada en el Perú en 1981.

"La pluma es lengua del alma", decía El Quijote. Y ese, en verdad, era en parte el credo que generaba la escritura de muchos poetas de la generación de Bustos y de la que le siguió, también: la de un cronista en medio de una selva oscura, donde se habían desatado todos los demonios del infierno, y donde la vida para más de uno era un acontecer clandestino y violento, donde la entrega, la delación policial y los procedimientos domiciliarios, eran moneda corriente entre los argentinos, cuando no la muerte o el secuestro sin reglamento o previo aviso. Donde los atentados, a veces, eran una respuesta a la supresión de los derechos civiles y la expresión antiimperialista del pueblo y la política entreguista de los partidos de la llamada "izquierda tradicional".

Hay un poema de Bustos escrito el 11 de junio de 1960, que quedó entre su poesía inédita, llamado Despedida, que dice así:

Santifica el lunes niño en tu mirada

Haz el milagro de reír en la tierra.

Amor que sabe aguarda tu voz.

Santifica al malo,

Golpéalo en tu corazón que brota.

Santifica el aire no esperes el día,

De mano en mano vienes tan niño y pequeño.

No quiera el alma temblar sin tu pureza.


LA MORAL DE LOS PÁJAROS

“Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero

y cuyas piezas cambian como en un sueño y

sobre el cual me inclinaré después de haber

Muerto”.

Jorge Luis Borges

Debo confesar que tengo la impresión, hoy día, de que la imaginación de Miguel Ángel Bustos era de naturaleza oceánica por lo extensa y, además, brillante por lo crepuscular. En todo caso iluminaba por su carácter interno, en nomenclaturas metafóricas que anunciaban un lenguaje propio de íntimo dolor (un dolor que por instantes nos recuerda a Artaud) en notas que van de la piedad, la culpa o la conmiseración espiritual. Y de eso, precisamente, muchas veces conversábamos al mencionar el dolor y la tortura, tanto física como espiritual, que estaba tan en boga por esos días en las dependencias policiales o en los calabozos (muchas veces secretos) de la dictadura. El dolor, la crueldad, el bestialismo oficial, que también arrancara a otros queridos amigos escritores, como lo fueron Roberto Jorge Santoro (creador del grupo Barrilete) o el cuentista y compañero del grupo El escarabajo de oro, Oscar Barros y su compañera, la poetisa Lucía Álvarez, así como también la nieta del poeta Leopoldo Lugones, Piri Lugones, entre otros, a quienes conocí en Canal 7 durante aquellos penosos días de hace más de treinta y cinco años.

Resultaba por lo demás curioso que por el hecho de no ser políticos, tuviéramos que confrontar, necesariamente, con la señora Política para sobrevivir a la persecución o al crimen. De ahí que retomáramos el sentido surrealista en cuanto a la vida y el arte y un rotundo no al realismo social o al arte panfleto, tan acreditado por algunos sectores adictos a un proyecto de Proletkult.

¿Había alguna escapatoria ante estas maniobras maniqueístas de un arte social? Posiblemente. En todo caso, éramos (aquí lo incluyo a Miguel Ángel como uno de los propulsores) fieles a la poesía misma y a un idioma común latinoamericano.

Pero más allá de los tres pilares esenciales del surrealismo argentino: la libertad, el amor y lo maravilloso, en el poeta de Fragmentos fantásticos había creído, estoy seguro, en una cuarta cualidad, el espacio mediúmnico de sus escritos, lo que corroboraba la célebre frase de Rimbaud: “El poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desorden de todos los sentidos”. Y yo notaba algo de seráfica agonía en él, como en Fijman, un poeta del martinfierrismo que había muerto de plena lucidez en el Hospital Borda.

Y ese “desarreglo de todos los sentidos” tuvo que darse en Miguel Ángel, en su obra poética. Era como un dictado obsesivo que se apoderaba de su pluma. Habría que agregar que él, también, tuvo una temporada en el neuropsiquiátrico por una dolencia hereditaria, la epilepsia, que en la antigua Grecia era considerada una "enfermedad sagrada”, como le gustaba decir". Esa experiencia que recordaría el mismo mal de Dostowievski, de Artaud o de Van Gogh, también lo acercó a Jacobo Fijman, convertido al catolicismo e inmortalizado en una novela, Adán Buenosayres, por otro brillante poeta del martinfierrismo, Leopoldo Marechal, rebautizándolo a Fijman como Samuel Tesler. Aquí, habría que añadir que fue el mismo Marechal, quien prologara Visión de los Hijos del Mal, acaso el mejor libro de Bustos aparecido en 1967 en Sudamericana. Aquel interregno de rarísimo cuño, acaso, fue el que introdujo a Miguel Ángel en un buceamiento perpetuo en su espiritualidad, para reflexionar a cada paso, en aquella metafísica elemental que separa la vida de la muerte. En In nomine patris, dice:

Para un buen morir sábanas almidonadas, una luz tenue

tocando cosas tocadas, voces, susurros de voces a ras del sue-

ño, el menor ruido.

Que ya cuando volquemos los ojos el Gran Espantajo Mortal

barrerá las lágrimas agitará los vientres clavará las lenguas.

Yo no. Yo no.

Y alguien saltará la venganza arrancará la hoja, anhelante.

Mientras la luna quiebra cristales en los ojos de piedra.

O sea, el mismo escenario que también diera nacimiento a El Himalaya o la moral de los pájaros, 1970, que coronara una sinfonía fantástica de la poesía, donde sus propios dibujos cobran una dimensión casi religiosa del discurso poético, dotándolo, es verdad, de una segunda potencia del lenguaje. Y eso mismo llegó a confesárselo a la poetisa Alicia Dujovne Ortiz en una entrevista en enero de 1971: “La naturaleza no me transmite más que su atrocidad. Un vivero me parece un conjunto de fantasmas, porque puedo alucinar lo que veo, deformar un objeto hasta sus proporciones cósmicas. Un pájaro se convierte en un ángel. Es como un aparato de proyección que me permite leer en los seres mi propia cosmogonía. Y todo lo que percibo es terrible. Tengo la percepción permanente de que algo acecha en el cielo, de que se van a venir abajo los planetas, de que los seres humanos que están conmigo se van a jugar y me van a dejar solo en un desierto helado, mineral, de cuarzo…” Era un sentimiento, presumo, de soledad infinita que lo acompañaría hasta sus últimos instantes y que, sin duda, compartió con el autor de Molino rojo, en sus frecuentes diálogos en el hospicio.

¿Qué consecuencias tuvo de todo esto? Yo creo que de un valor irrefutable en su posición tanto ética como estética.

Cuando lo conocí, él incentivó en mi conciencia la idea, la percepción de que el dolor no existe, pero sí el miedo a ese dolor; porque decía que el “dolor”, es un estado mental manejado por la voluntad.

A mí, en esa época me atraía la lectura de Schopenhauer y por sobre todas las cosas, la filosofía de la existencia, tema que a él también le apasionaba, ya que era un adepto a la filosofía. Sin embargo, la idea del dolor era ya una obsesión estremecedora y no podía arrancarla de su cabeza. Ahora: ¿por qué el dolor? Acaso porque aquella sensación le abría un espectáculo todavía más asombroso de los momentos que recordaba en los instantes más dramáticos de su ser. Tal vez, era algo parecido a lo que experimentó Artaud al escribir L´ombilic des limbes: "Querría hacer un libro que perturbe, que sea como una puerta abierta con acceso a un lugar al que nadie hubiera consentido en ir; una puerta simplemente conectada con la realidad."

Tengo la impresión de que en Miguel Ángel Bustos hubo un largo alarido que desembocó en lucidez y en ritual, a pesar de los anticonvulsivos, los antidepresivos, los antiopresivos y los antieméticos, que denuncia una sociedad asfixiada por el horror de la censura y el militarismo imperante. El mismo clima, acaso, que decidió cuando lo acallaron para siempre durante la dictadura del general Videla, hace ya treinta y dos años (24 de marzo de 1976). De ese mismo año es un texto mío, Reafirmación de un arte independiente, publicado en la revista Tiempo real de la Universidad Simón Bolívar, Nro.5, en la que hago hincapié en lo siguiente:

Un poeta como Miguel Ángel Bustos, supo decir: “Oye cielo/ tu hijo maligno

pide el oro inmortal/ Que la uva buena, la seguida de amor alzado por el sol,/

transparente crece en rama y aire frío sobre el cóncavo/ Jardín del Paraíso

Perdido.” Para conseguir ejemplificar ese señalar torturado de un ser rico y

contradictorio que no puede contentarse con solamente lo humano y su

“emergencia”. Lo verdadero casi siempre adquiere el sentido de lo brutal.

Sólo aquellos que tienen esa imagen antropocéntrica pueden saber qué es

desligarse de esas cosas. No podría desnudar esa idea sin desnudar esa aprecia-

ción.”

Hay un poema de Miguel Ángel que seleccionara para Poesía Nueva Latinoamericana (1981), que lo he tratado de analizar con él en algún café de la Avenida Córdoba o en su propia casa, en las afueras de Buenos Aires. Se trata de Hospicio de Sacré Coeur, perteneciente a Visión de los Hijos del mal, que aborda y sintetiza esa dramática contemplación, como un preaviso de las amargas horas que el destino le tendría reservado. Aquel libro que me dedicara con tanta generosidad y con palabras esperanzadas en la fe de una Patria Grande Latinoamericana y que, como dije, el escritor Leopoldo Marechal (1900-1970) le prologara así: "Su inclinación a lo metafísico no se realiza de un modo `conceptual´, sino en el modo `experimental´, sabroso en sus penurias y penoso en sus iluminaciones". Un poeta, es verdad, extraviado en una selva urbana de símbolos y extrañas plantaciones místicas.

Años más tarde, escribí dos textos para mi columna El trayecto de lo imaginado, en el Suplemento Cultural del diario Últimas Noticias de Caracas. Y en la antología de la Poesía Nueva Latinoamericana, dije lo siguiente: “Poeta fuera de orden en el panorama de las últimas décadas. Dotado de una imaginería implacable, con faunas secretas y destellos cósmicos, donde el lenguaje adquiere una connotación épica, a la vez que una hondura musical precisa. Bustos funda una leyenda órfica “que opera en ciertos niveles como un mantra arcaico”, estableciendo una inédita versión del bien y del mal. Un caso milagroso, quizás, en las letras argentinas. Admirador de las grandes catedrales góticas del arte que desafían a la razón y provocan a la inteligencia…”


“MALLEUS MALEFICARUM”

“Nunca la lanza embotó la pluma,

ni la pluma la lanza.”

El Quijote

Recuerdo una anécdota del año 1972, cuando se produjo la ya célebre “Masacre de Trelew”, en la que fueron fusilados por la dictadura militar un grupo de presos políticos el día 22 de agosto. Se había inaugurado en el país el Terrorismo de Estado. Esta fecha está muy viva en el pueblo argentino, no sólo por la cobardía del acto en sí, lo que fue repudiado internacionalmente por tratarse de una traición a los derechos humanos y la muerte de amigos, sino porque representaba un gesto bochornoso de nuestra historia y para nuestra dignidad intelectual. Ese día, concurrimos con varios periodistas de Panorama a expresar nuestro último adiós a esos jóvenes patriotas ultimados por una sed de venganza que venía desde el pudridero más vil de aquella dictadura. Nos encolumnamos detrás de una larga fila de personas que venían a lo mismo en el local del Partido Justicialista (léase peronista) en Avenida de la Plata de la Capital Federal. Tengo viva aquella postal fúnebre en la memoria. La multitud, el silencio, la frustración que se podía palpar de toda aquella gente de pueblo que iba agigantándose lentamente en aquella calle bonaerense. Y aunque la tarde era fría, nadie se movía del lugar. Miguel Ángel conversaba con uno y otro del grupo de periodistas. Y en todo el frente del local, podían verse las coronas de flores enviadas por distintas agrupaciones y personajes políticos y el interior del mismo, donde estaban los ataúdes de aquellos dieciséis héroes populares.

Cuando ya comenzaba a anochecer y las luces artificiales eran más vivaces a los ojos de quien narra, se presenta un elemento inesperado (o desde hacía rato esperado, según el punto de vista): la provocación policial. Aquel hostigamiento al dolor popular, tenía por misión deshacer aquella masiva concurrencia. Esa fuerza estaba al mando del Comisario Villar, un experto asesino en este tipo de acontecimientos, al frente de unas tanquetas Shortland de asalto para iniciar la represión. Horas más tarde se supo que el objetivo era secuestrar aquellos cuerpos para impedir que la autopsia pusiera en evidencia que habían sido ejecutados a quemarropa. Como era de esperarse, las tanquetas derribaron la puerta de la sede del Partido Justicialista y ante ese ultraje, la gente empezó a responder con piedras e insultos a los uniformados.

Miguel Ángel, que hasta esos instantes permanecía a mi lado, me dijo que iría dentro del local a defender los cuerpos que estaban siendo velados. Yo traté de hacerle entender que no lo intentara, que nuestra protesta debía ser desde el exterior sin poner en peligro nuestras vidas. Él no lo sintió así y se metió en medio de una cortina de gases lacrimógenos y policías encasquetados y armados hasta los dientes. Sé que se abrazó a uno de los ataúdes gritando y llorando que el dolor no existe, que el dolor no existe, mientras la policía golpeaba brutalmente su cuerpo para hacerlo desistir y sacarlo del lugar.

Cuando ya había caído la noche y perdido toda comunicación con él, tuve que dar aviso a su mujer Iris Alba para enterarla de lo sucedido. Lejos de comprender mis palabras, ella me dio una respuesta inesperada que me dejó con una sensación amarga… Aquella velada lloré de rabia. En tanto que Miguel Ángel quedaba detenido en una celda de la Policía Federal. Pero esa no sería la última vez.

En otra oportunidad, cuando regresaba con dos familiares míos de una marcha de la que no recuerdo bien el motivo, lo vi a Bustos salir de las dependencias policiales de la Comisaría 6ta. Había estado detenido por protestar desde la sede del diario El Mundo, donde en esos momentos laboraba. Fue en 1974. El periódico había sido ocupado por sus trabajadores y sus instalaciones habían sido desocupadas posteriormente por la policía, y, entre otros, el poeta era detenido por defender el lugar de trabajo. La casualidad hizo que lo viera esa medianoche y, como es natural, le acompañáramos hasta su casa en la zona norte de la provincia de Buenos Aires.

Cabe aclarar, que yo había trabajado en ese mismo periódico un par de años atrás, y tenía por Jefe de redacción a un poeta de la generación de Bustos, Julio Huasi, que terminó sus días en España suicidándose con un balazo en la cabeza. ¿Quién fue Julio Huasi? Fue un poeta y periodista popular. De él había escrito Nicolás Guillén: "Ya tiene bien ganado un hermoso futuro en el esplendente pero difícil rumbo que él mismo ha buscado: el de su pueblo. Allí no existe el mezquino maquiavelismo ni la malsana adulonería y esnobismo de los pisaverdes que rondan el arte y la cultura". Había nacido en 1935 y escribió, entre otros, el libro Los increíbles, como "increíbles" eran las notas que me comisionaba: hacer denuncias desde la morgue de los manicomios y comprobar cómo se pudrían los cadáveres o salir, por ejemplo, en la portada del diario recibiendo la protesta de la gente frente al Ministerio de Bienestar Social, reducto del “Brujo” José López Rega, creador de la Alianza Anticomunista Argentina. Pero, como se dice en la profesión eran gajes del oficio; aunque nada tenga que ver con la poesía.

Pero volviendo a Miguel Ángel Bustos, diré que nace en Buenos Aires en 1932. Todos parecen coincidir en que era el mayor de cuatro hermanos y que de su abuelo materno heredó el gusto por la poesía. Le encantaba recordar una frase del Sartre de Las Palabras: “Se escribe para sus vecinos o para Dios. Yo tomé el partido de escribir para Dios con la intención de salvar a mis vecinos.” Eso era parte de entretenimiento en nuestras charlas, citar poetas, escritores, bichos raros que amenizaran la tarde o, simplemente, bromear acerca de los libros aptos para leer o rechazar. Casi siempre coincidíamos en los que son imprescindibles de leer: textos como “Pluma, lápiz y veneno” de Oscar Wilde; “Wagner” de Baudelaire; “El Marqués de Sade” de Apollinaire; “La Magia” de Yeats; “Cómo leer y por qué” de Ezra Pound; “El anarquista coronado” de Antonin Artaud; “Función de la poesía y función de la crítica” de Thomas Eliot; “Los perfumes” de Maeterlink; “Los ídolos” de Manuel Mujica Lainez; “Conferencia sobre Góngora” de Federico García Lorca; “El discurso a los cirujanos” de Paul Valery; “Las crónicas” de Vallejo; “Los apócrifos” de Borges; “Poética musical” de Stravinsky, etcétera, etc.

En 1951 (como se sabe) concluyó sus estudios secundarios y comenzó a encarpetar sus primeros poemas. También le atrae la filosofía e ingresa a la Facultad; aunque no concluye la carrera.

Cuando le conocí, como ya dije en 1972, tenía un bebé llamado Emiliano al que tuve en brazos en una de mis visitas al poeta. Entretanto él hacía bromas acerca de las frases que venían de la calle y que estaban en inglés y provenían de unos chicos que jugaban béisbol. Miguel Ángel bromeaba diciendo que le parecía estar en Vietnam. En uno de sus poemas de Corazón de piel afuera (1956) que fuera prologado por Juan Gelman, dice: “mi corazón/ clavado a pico de sangre/ en las vigilias desnudas de mi cuerpo.”

Parodiando esa misma atmósfera, en un reciente libro mío Concertina de los rústicos y los esplendorosos, retomo aquel estado de angustia que vivíamos en tiempos de dictadura:

CUANDO MI PAÍS FUE CADÁVER

Cuando mi País fue cadáver, se pudrieron sus amaneceres;

alucinaron para siempre sus noches y se descoyuntaron sus modales.

En ácidos del imperio fueron a dar sus mares.

Y su cuerpo empezó a heder, cuando la ignorancia sentó plaza

de nueva escuela.

Desde los maitines, horras criaturas de la pus lo invadieron todo:

posaron sus patas sobre libros y cuadros.

Eso sí: nuevos circos de la palabra hubo y sus convidados de piedra,

miraban como idiotas de recién llegados al banquete...

La muerte seguía dando dentelladas.

Piojos sobrevivían a cualquier razonamiento.

¡Ah, venerable sentido común!

¿En qué vil estómago estarás a estas horas?

¿Qué repugnante Maldoror masticará tu idioma?

---oo0oo---

Su último domicilio, de donde se lo llevaron, estaba ubicado en la calle Hortiguera 1521, piso 6º - Dpto. B- de Buenos Aires. Los heraldos de la muerte (recordando a Vallejo), llegaron y destruyeron todo escrito o papel de Miguel Ángel, lo que dificulta hoy su exégesis. Su hijo, Emiliano Bustos, editó su Obra en Prosa, fruto de sus trabajos en diversas publicaciones bonaerenses.

Y a partir del secuestro: silencio.


UN AGONISTA DE SU MUNDO INTERIOR

“De todo laberinto

Se sale por arriba”

Leopoldo Marechal

La memoria es un territorio incuestionable que no se puede acallar a pesar del tiempo y de los conflictos a los que muchas veces está sometida la inteligencia. Por eso, de Miguel Ángel tengo en la memoria el timbre grave de su voz, unos ojos azules siempre llenos de asombro y una imagen de modestia que no era calculada ni de pose. Porque (y en esto también me incluyo) nunca creímos en una poesía política; aunque estábamos muy conscientes de que la política ahoga a la poesía. No existe en el poeta un compromiso con los grandes temas sociales si eso involucra una publicidad de su obra; no obstante concordábamos en que éste sería un miserable si permaneciera ausente de las luchas sociales de su época.

Tuve, como dije, la suerte de ser amigo de Bustos. Nos hermanaba una misma concepción estética y una misma concepción ética libertaria. Como anteriormente lo había hecho él, viajé por varios países latinoamericanos buscando ese lenguaje de lo maravilloso, es decir, la Casa de la Poesía en la que se concentrara el Canto y confluyera (como mucho antes lo ambicionara Ezra Pound), la extensa vertiente de la tradición en nuestro caso, la tradición lírica española como herencia natural al lenguaje poético. Habíamos tenido la experiencia viva de muchos poetas martinfierristas como Francisco Bernardez, Marechal, Borges, Girondo y otros, como los de Boedo: Raúl González Tuñón,Olivari, Arlt, que habían sembrado muchas de esas propuestas a lo largo de su escritura.

En tanto que Leopoldo Marechal ya había prologado a Bustos como a “un místico salvaje” en 1967 y en consonancia a mí (más modestamente) dos años después en Los gestos interiores, libro con el que había obtenido el Primer Gran Premio Internacional de Habla Hispana, editado por Losada y en la que el autor de Adán Buenosayres me contaba desde ya, en esa “quintaesencia del arte por la palabra”. Marechal, había sido excluido durante años por los regímenes militares y, justamente, había sido reivindicado por las jóvenes promociones de escritores como el grupo Barrilete o El escarbajo de oro, revista a la que pertenecí durante algún tiempo, identificada con la izquierda independiente y el existencialismo sartreano y camusiano. Tomando como bandera muchas de las consideraciones y fundamentaciones de El hombre rebelde. Y ese compromiso poético, podría decirse, se aplicaba a una especie de anarquismo primigenio que alternaba con la clandestinidad cuando el momento lo requería y una profunda devoción por los imperativos populares.

Una anécdota: cuando los militares arrasaron con la edición de la revista Primera Plana por contener un reportaje a Marechal en la que exponía un tema candente acerca de la Revolución Cubana y que la censura oficial mandó secuestrar, ya se presentía un estado de intolerancia oficial. Dicho sea de paso, las voces eran de procedencia clandestinas, las señas eran encubiertas y yo mismo fui portador más de una vez de prensa considerada prohibida, esa que corría de mano en mano por aquellos tenebrosos días en la porteñísima Santa María del Buen Ayre, en la que las paredes escuchaban y los soplones estaban por todas partes.

Un poema de Bustos, de El Himalaya o la moral de los pájaros (1970), dice:

MARE TENEBRARUM

En aquel tiempo del triste colegio, en aquel que jamás recuerdo; soñaba con tigres y pájaros en lucha y mi corazón era el desierto y el cielo, el sol y la luna de aquel mundo final. Llegó hasta mí un sacerdote, llegó y me dijo: por lo que piensas morirán tus ojos, tu piel será maldita, como la piel de las momias, amarás a dios en todo lo que te destruya. Me senté junto al muro más cruel y lloré la lepra del cielo. Cayó mi corazón, lo perdí. Y reyes ya de sangre pájaros y tigres me acosan para siempre y todas mis aguas, todos mis ríos, huyen muertos hacia el atroz y calmo Mar de las Tinieblas. Y el ángel de la locura, el ángel de la fiebre mira, en mí al monte coronación del Verbo; escribo para que me sea dado el Silencio.

En una palabra, Bustos sentía que debía ir más allá de los límites de lo cotidiano. Como otros poetas e intelectuales estaba consciente de las arbitrariedades que cometía el establishment, con sus procedimientos nocturnos, sus delatores periodísticos, sus torturas y desapariciones en todo el país. Y todavía, aún hoy, no le encuentro explicación el por qué me dijo al darme su libro El Himalaya o la moral de los pájaros (su hermosísimo e iluminado poemario) que tal vez, ahora, no lo escribiría. Era, pienso, un señalamiento que lo mostraba en toda su agonía y en toda su naturaleza de hombre y poeta. Hay en todo esto una parte que nunca podrá revelarse por lo íntima y desencadenante de valores que sólo el poeta conoce y sufre… Creo que nos hermanaban muchas otras cosas, entre ellas la de haber estado detenido en una de las celdas de la comisaría 6ta. (en distintas épocas), cuando yo apenas tenía quince años por una revuelta estudiantil, falsamente acusado de haber arrojado una bomba molotov a un patrullero policial. Eso fue en 1958. Y allí estuve y permanecí encerrado junto a un "punguista" (ladrón de billeteras de las líneas de colectivos) que me sermoneaba acerca de la moral y otro tipo acusado de algo non sancto, hasta que mi padre pudo sacarme por ser menor de edad y estudiante de bachillerato y porque, en definitiva, porque luchaba por una causa justa. Sin embargo, en el caso de Bustos, su detención todavía fue algo más terrible: una acusación de violencia (a no ser la del pensamiento) a la que él jamás, presumo, se aproximaría, siendo, como dije, un intelectual acostumbrado a accionar su arma interior: el amor y, lo repito, el Pensamiento.

Cuando entró el gobierno popular de Cámpora, se produjo una asonada popular de tal magnitud que uno de sus decretos de Estado, fue el de poner en libertad a todos los presos políticos. Y otro dato importante con el que cierro esta memoria: entre los manifestantes que estábamos presentes esa noche frente a la puerta misma de la cárcel de Villa Devoto, lo encontré entre la multitud a Miguel Ángel, participando de aquella fiesta del pueblo, es decir, cantando como yo las mismas consignas, los mismos sueños, las mismas esperanzas.

¿Habría que agregar algo más? No lo sé. Tal vez la de decir que parte de su familia era de procedencia alemana y que su nombre completo era Miguel Ángel Bustos Von Joecker.

En 1975, tuve la imperiosa necesidad (al igual que muchos otros) de abandonar el país, después de que se sucedieran cuatro allanamientos en mi domicilio en los que afortunadamente, no hubo detenciones. Una vez en Venezuela y al año siguiente, me enteré de la desaparición de mi querido amigo y de otros que también fueron secuestrados para no volver a saber de ellos jamás.

Hoy, con mucha tristeza, recuerdo las palabras del poeta Julio Huasi –mi jefe de redacción en el diario El Mundo:

- “Escribí esta nota a lo Hemingway” … Y un tiempo después, en el exilio, como el propio Hemingway, se metía un balazo en la cabeza en una habitación solitaria del viejo Madrid.


(Texto aparecido en la revista Diacrítica, Venezuela, 2009)

1 comentario:

ciudadanolatinoamericano dijo...

David Antonio Sorbille dijo...
Querido Manuel: una maravilla de página, con textos imperdibles. Felicitaciones.