Liliana Varela y Susana Cattaneo del Café literario "Belisama".
Dicho video corresponde al día de presentación (19 de junio)
del libro de cuentos No son ángeles del amanecer,
(Edición De los Cuatro Vientos, Buenos Aires).
UN ARTE MUY ANTIGUO O ELOGIO DEL LANCE
Desde la escuela primaria adoraba las historias de duelos entre caballeros. No fueron pocos los libros que leí sobre el tema.
Una concentrada tradición española enfunda dramáticos lances en su literatura que admirarían a un soñador como era yo, cuando vivía obsesionado por ser un espadachín de la corte o un escritor a lo Garcilaso de la Vega, trepándome a los muros de un soñado castillo del siglo XVI, o reviviendo las hazañas de Quevedo en un callejón madrileño, entre sombras, bodegones y espadachines de rostro oculto en un cruce a muerte. Sí, el duelo es más que un acontecimiento para “lavar el honor de una persona”. Porque el honor… ¿Qué significa el honor? Me gusta más la palabra dignidad, que es la que le enseñan a uno a hacerla respetar desde que toma conciencia en este mundo transitorio y desmesurado en el que la injusticia es el plato diario que de vez en cuando a uno le arrojan a la cara. Por eso el duelo es algo íntimo que no va aparejado a una clase social, a un deber político o un acontecimiento patriótico a algo así; aunque podría ser algo, casualmente, inherente a ellos. Un duelo, es una elección perfectamente entendible. Es una ecuación personalizada que declara a viva voz la existencia y, también, lo que podría conjeturarse como un grito descarnado de la existencia. Antecedentes a esto que digo, hay muchos. Por ejemplo, la muerte por la conquista de una mujer, como la ocurrida en el Méjico colonial al poeta sevillano Gutierre de Cetina.
En Buenos Aires está el duelo a cuchillo que tanto admiraba el viejo Borges. Los cuchilleros de antaño son como el que describe en su Milonga de Jacinto Chiclana. Sospecho que lo que estoy queriendo decir es que la muerte, no vale o no tiene, en realidad, el peso específico y la dimensión de un poema, cuando ese poema se traduce en sangre, en valentía o en proyección espacial de un acto que podríamos llamar heroico.
En Argentina, son incontables los duelos de todo tipo realizados por personajes reconocidos o anónimos. Uno peculiar, según cuentan los allegados al caso, fue el duelo entre dos parlamentarios: Lisandro de la Torre y el que más tarde fuera presidente de la nación, don Hipólito Irigoyen. Y también un nieto del creador del himno nacional, Vicente López y Planes, don V. López con un general llamado P. Sarmiento, que al parecer, nada tendría que ver con el que fuera presidente de la Nación, Domingo Faustino Sarmiento. Y, entre otros tantos, el protagonizado por el senador socialista Alfredo Palacios, más de una vez por algún pleito político.
Vale decir, que el duelo es un acontecimiento individual, llevado a cabo por dos soledades agraviadas que desean una compensación a su dignidad ofendida. 
El mismísimo creador del socialismo científico, Carlos Marx, fue duelista y perpetrador de ese antiquísimo lance entre caballeros. Se dice que muchas guerras han sido detenidas gracias a un duelo oportuno entre dos rivales líderes de los ejércitos en pugna. Así se cuenta sobre el lance entre Héctor y Aquiles durante el imperio griego. Yo creo que muchos resentimientos se resolverían si dos soledades indignadas resuelven sus diferencias entre sus padrinos.
Dice Borges en Milonga para Jacinto Chiclana:
Me acuerdo. Fue en Balvanera,
En una noche lejana
Que alguien dejó caer el nombre
De un tal Jacinto Chiclana.
Alguien se dijo también
De una esquina y de un cuchillo;
Los años nos dejan ver
El entrevero y el brillo.
Quién sabe por qué razón
Me anda buscando ese nombre;
Me gustaría saber
Cómo habrá sido aquel hombre.
Alto lo veo y cabal,
Con el alma comedida,
Capaz de no alzar la voz
Y de jugarse la vida.
Nadie con paso más firme
Habrá pisado la tierra:
Nadie habrá habido como él
En el amor y en la guerra.
Sobre la huerta y el patio
Las torres de Balvanera
Y aquella muerte casual
En una esquina cualquiera.
No veo los rasgos. Veo,
Bajo el farol amarillo,
El choque de hombres o sombras
Y esa víbora, el cuchillo.
Acaso en aquel momento
En que le entraba la herida,
Pensó que a un varón le cuadra
No demorar la partida.
Sólo Dios puede saber
La laya fiel de aquel hombre;
Señores, yo estoy cantando
Lo que se cifra en el nombre.
Entre las cosas hay una
De la que no se arrepiente
Nadie en la tierra. Esa cosa
Es haber sido valiente.
Siempre el coraje es mejor,
La esperanza nunca es vana;
Vaya pues esta milonga
Para Jacinto Chiclana.

El día 5 de junio se llevó a cabo la retrospectiva del
Pero qué camino ha hecho nuestro amigo Ruano que lo ha puesto en tan altos lugares de la consideración pública. Se ha proporcionado a sí mismo una formación envidiable. Estudió Crítica Literaria en la Asociación de Escritores Venezolanos en Caracas – Las formas expresivas del Teatro Español en cursos patrocinados por la Embajada de España en Bs As – Literatura Española en la Pontificia Universidad Católica del Perú – Teoría y técnica de la comunicación en la Universidad Mayor de San Marcos -
Quiero cerrar esta nota informativa en que he tratado de ser breve con algunas opiniones que se han vertido en la prensa especializada de muchos países sobre el poeta Manuel Ruano:
Mi instinto literario me aconseja dejar de lado cierta
carpintería verbal, para dar paso a la escritura. Porque
lo peor que puede hacer un escritor y también un poeta,
es explicar su escritura.
es la morada del hombre. Y André Bretón accedía a ese decir,
aportando una frase que todavía resuena en mi Casa de la Poesía:
“No existe fruto prohibido, toda tentación es divina”.
Así me asomé a la poesía tempranamente y al modo rilkeano,
por imperiosa necesidad.
No voy a decir cuándo; pero sí voy a decir por qué.
Ya lo he dicho muchas veces. Citaba entonces muy seguido
a Quevedo:
“Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos pero doctos libros juntos
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.”
No voy a decir que toda visión del poema surge de una
supraconciencia ni nada por el estilo, porque eso me
resulta antipático. Ni que tengo una teoría de la conciencia
que maneja mis planos escénicos dentro del poema,
porque eso es más antipático todavía. Voy a decir que
escribo controlando, eso sí, el entusiasmo y buscando
la calidad de la imagen. Y por sobre todas las cosas,
el ritmo, a la manera de Mallarmé. Siguiendo las unidades
rítmicas de una pieza musical. Ya que Mallarmé insistía
en eso de que toda alma es un nudo rítmico. No puede haber
texto, ya sea poético o narrativo que no tenga música.
Entonces la escritura llega sin previo aviso. Es un paisaje
interior. Y yo no la escribo, porque ella me escribe a mí.
Ya sea en verso o en prosa.
y con los libros, esa sensación de estar todavía escribiendo
el poema. Así publiqué los primeros poemarios:
Los gestos interiores; Según las reglas; Son esas piedras
vivientes; Yo creía en el Adivinador orfebre; Hypnos; Mirada
de Brueguel; Los Cantos del Gran ensalmador y, por último,
Concertina de los rústicos y los esplendorosos…
Algunos de cuyos poemas leeré esta noche. Y tal vez ellos
me lean a mí.
poemas por amor y en su madurez, por desesperación…
Y Rimbaud, ¡ah, Rimbaud!, él descubrió la llama
del athanor alquímico y vio el mercurio de las palabras
cuando dijo: “El poeta se hace vidente mediante un largo,
inmenso y razonado desorden de todos los sentidos”.
Si mi memoria no me falla, (y en mi modesta experiencia
personal), yo empecé al revés de Nerval: escribí por
desesperación en mi juventud, y por amor en la madurez…
Y todavía más, de desamor…O sea del amor arrepentido
o desafiante. Lo que no deja de inquietarme porque a veces
el destino más irritante de una época está en la poesía,
como comenzara diciendo en Poesía Nueva Latinoamericana.
Un libro que empezó por síntesis de las voces de los poetas
de mi tiempo. En la búsqueda de un nuevo lenguaje.
Baudelaire decía: La poesía será cosa de iniciados.
Y yo me metí en eso. Jugué con las imágenes espagíricas
de los alquimistas. Tenía retortas imaginarias, salamandras
escondidas y athanores secretos que buscaban hacer la Piedra
lunaria, es decir, el poema.
“Un poema es una entidad vital mucho más orgánica que
un ser orgánico en la naturaleza. A un animal se le amputa
un miembro y sigue viviendo. A un vegetal se le quita una
rama y sigue viviendo. Pero si a un poema se le quita un verso,
una palabra, una letra, un signo ortográfico, muere”.
Y en esto se empecina mi arte. O sea, mi música interior…
(Palabras previas dichas por el poeta antes de la lectura de sus poemas)
Manuel Ruano ha recibido, por partida doble,
el pasado 12 de mayo en el Centro Cultural Borges.
Propiciado por Metrovías, el autor de No son ángeles del amanecer
(Ed.De los Cuatro Vientos, Buenos Aires, 2010)
fue distinguido por un texto perteneciente a su novela (inédita)
Escorpiones del Mar Dulce y otras espejerías.
El autor se presentará en La Dama de Bollini, Pje. Bollini 2281 (entre
Melo y Peña),
20hs., en un espacio organizado por AIAP
Arte y Psicoanálisis) en una retrospectiva de su obra literaria,
tanto poética como narrativa. Lás páginas que se publican
a continuación corresponden a dicho certamen literario:
HISTORIAS DEL MAR DULCE
Por Manuel Ruano
Abuelo Gonzalo había nacido en Málaga, por los años de mil ochocientos setenta y tantos. Y llegó a Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre (como él solía decir) en 1910, justo para el centenario de la Nación. Fue seminarista, hasta que se escapó con la idea de hacerse torero y recitador de coplas. Pero su deambular lo llevó al norte de África para ejercer distintos oficios, entre ellos, el de carpintero, chofer, restaurador de cuadros, prestidigitador y escritor (según supe después) de cartas de alquiler para legionarios analfabetos.
Una vez en América, se dedicó a pulir muebles y a cultivar una profesión muy especial: la de amaestrador de pájaros. Como era de suponerse, no abandonó nunca su bohemia; pero sí, se metió en otros negocios más rentables, que, en cierto tiempo, le hicieron amasar una considerable fortuna. Porque, según tengo entendido, entró en el negocio de las curtiembres e invirtió algún dinero en eso y en comprarse su primer automóvil, un Chevrolet a bigote, con los bordes cromados, que brillaban como una moneda de plata. Además, tenía la manía de hacerme bromas cuando, repentinamente, al llegar a una esquina de nuestro paseo, me decía:
-Si el auto que dobla ahora es un cabriolé, ganas tú... Pero si es un tranvía, gano yo...-, aseguraba. Y el que venía, seguro, era un tranvía, y ganaba él. Hasta que una tarde de esas, descubrí su picardía. La maniobra estaba en el cable aéreo, que se movía mucho antes que el carromato hiciera su aparición. 
Parte de nuestro acostumbrado itinerario, era llegar a una pajarería a ver los cardenales, las cotorras y los canarios más lindos del mundo. Alguna vez, salimos de allí con una pajarera en la mano, creyendo llevar un canto. O el sueño de un canto. Pero era inevitable, con el abuelo Gonzalo, el canto nos llevaba a nosotros.
Aquellos eran días de verano. Así que los trayectos al Club Social y Deportivo "Cancha Rayada" (que el abuelo fundó con otros andaluces como él), iban a ser imprevisibles. En este punto, vuelvo a mi diario: "El abuelo jugaba muy bien a los dados. Tal es así, que mientras agitaba con picardía el cubilete, canturreaba por lo bajo coplas para darse ánimo; y era ahí cuando hacía gesto de volcar su aliento sobre los dados, con la secreta esperanza de darse suerte, echándolos sobre el mármol como cristalitos en bruto, que parecían abroquelarse en su autoridad, ante los contendores. Entonces don Gonzalo, ya era el dueño de la situación”.
No sé cuándo ni en qué preciso momento alguien nombró el pirulí y la cuculí, cuando se hablaba de mujeres. Y hasta pude darme cuenta que también se guiñaban el ojo con mordacidad e irreverencia. Y en algún momento, no faltaba un zafado que probaba, dándole un codazo al que tenía al lado, la contundencia de su malicia:
-¿Y vos, pibe, que sabés del pirulí?-.
Entonces, intimidado por la pregunta, enseguida levantaba los hombros y hacía un gesto de no saber. Me sumía en una actitud inescrutable que podría confundirse, acaso, con la timidez del silencio o el silencio de la timidez, que el abuelo cómplice entendía y, enseguida, me asomaba en la idea de que mejor era ir a la biblioteca del primer piso, a ver un libro de flora y de zoología de la América Septentrional.
No sé si fue ahí, pienso, donde recogí la primera versión de la almotrana y la catarbeta, o fue pura invención mía de palabras-plantas, de palabras-pájaros; porque desde aquellos días, se quedaron fijas en mi pensamiento como reveladoras de una extraña sabiduría. Una conocedora vocación por las rarezas, se diría, que empezó a enmudecer a los bromistas y aterrorizar a la maestra en clase, ya que todos, decididamente, parecían desconocer esas cosas. Eran "conocimientos" que yo explotaba hasta el cansancio, y me daba una situación de preferencia en el colegio. Por eso inventé aquello de la almotrana y lo atribuí a las generalidades de una planta poligonácea que crecía en África, donde había estado supuestamente el abuelo cuando la legión. En cuanto a la célebre catarbeta, la cosa fue diferente; porque yo mismo la dibujé en el pizarrón como a una especie parecida a la cacatúa amazónica, prácticamente desconocida. Creando, a partir de ahí, mi primer apócrifo, con apelativos y fuentes de datos que nunca existieron; libros inconseguibles de bibliotecas ignotas que parecían salidas de la boca del abuelo. Lo aprendí a decir con tanta naturalidad, con tanta elocuencia, como contaba aquellas historias de los pasadizos del viejo Buenos Aires colonial. Tal noticia, era para los chicos, catacumbas inexpugnables, pozos de la muerte, paredes dobles, para traficar con esclavos y hacer desaparecer, como por arte de magia, a los enemigos de la colonia. ¿Qué tal?... Porque algunas de aquellas galerías, habían sido mandadas a construir por los frailes (según don Gonzalo), para comunicar la iglesia con el convento de las hermanas.
A mí me dejaban maravillado las historias del "Cancha Rayada", el club de esos inmigrantes nostalgiosos. Y por largo tiempo me deslicé por aquellos cuentos de viejos locos, con sus fabulaciones y consejas. Y algo quedó de los pirulís, las almotranas, las cuculíes y las catarbetas, como criaturas que habitaban el mundo de las cloacas y los desaguaderos.
Hay una historia clandestina de amoríos que juré no decir nunca. Y yo jamás pensé en aguarle la fiesta al que era padre de mi padre. ¡Qué diablos!
