viernes, 4 de diciembre de 2009

jueves, 3 de diciembre de 2009

Decálogo del Dandy

El dandy es hijo de sí mismo y cuida de él toda su vida. El dandy no lleva tatuajes. Decía Baudelaire: “Yo he crecido, en buena parte, gracias al ocio. Con gran detrimento para mí; pues el ocio sin fortuna aumenta las deudas, y de las deudas resultan las vejaciones. Pero con gran Provecho para mí, en lo que se refiere a la sensibilidad, a la meditación y a la facultad del dandysmo y del dilettantismo. Los otros hombres de letras, en su mayoría, son viles jornaleros, muy ignorantes”.

Su adoración, entre otras, son las mujeres. Las que cultiva a diario como un verdadero Don Juan. Para él, ella es la flor más perfecta de natura. Decía Lord Byron: "Es fácil morir por una mujer; lo difícil es vivir con ella."

Las clases sociales le son indiferentes. Menos la burguesía, a la que odia. Según Oscar Wilde: "La principal ventaja que se obtendría del establecimiento del socialismo, sería indudablemente que el socialismo nos relevaría de la sórdida necesidad de trabajar para otros, la que, en el presente estado de cosas, presiona tanto sobre casi todo el mundo. De hecho, casi nadie escapa "

La palabra poeta ha perdido significado y la considera de mal gusto. Prefiere la palabra “liróforo”, por estar más descontaminada de la vulgaridad. “Padre y maestro mágico, liróforo celeste” Dice Ruben Darío en su Responso por Paul Verlaine.

Cuando el dandy acude al populacho, es para que le lustren los zapatos. “La Francia atraviesa una fase de vulgaridad. París, centro universal de la tontería humana. A pesar de Moliere y de Béranger, no se hubiera creído nunca que Francia iría tan de prisa en la ruta del progreso. Cuestiones de arte, terrae ignotae”. (Baudelaire)

El dandy es libertario por naturaleza (asume su anarquismo) porque maldice el Poder y a la burguesía que lo detenta.

El dandy no se casa. Lee a Baudelaire. Se refugia en Pushkin. Le apasiona Lord Byron, Oscar Wilde, etcétera, etc. "Pero aún no escarmentado por centenas de ofensas, ante otros nuevos ídolos elevo mis plegarias...” (Alexander Pushkin)

No siente estima por las modas pasajeras. Sólo respeta a la belleza. "el modernismo era la anarquía, el individualismo absoluto". (Manuel Machado).

De los vinos, los más refinados. De las comidas, las más exóticas. De los perfumes, los más intensos y suaves…

Para él, la música es su esencia; y la Poesía, su quintaesencia. Para el liróforo dandy, el idioma es música de las esferas. "De la musique avant toute chose" (Paul Verlaine).

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Un poeta envenenador


PLUMA, LÁPIZ Y VENENO

Por Oscar Wilde

Ha sido constante motivo de reproche contra los artistas y hombres de letras su carencia de una visión integral de la naturaleza de las cosas. Como regla, esto debe necesariamente ser así. Esa misma concentración de visión e intensidad de propósito que caracteriza el temperamento artístico es en sí misma un modo de limitación. A aquellos que están preocupados con la belleza de la forma nada les parece de mucha importancia. Sin embargo, hay muchas excepciones a esta regla. Rubens sirvió como embajador, Goethe como consejero de Estado, y Milton como secretario de Cromwell. Sófocles desempeñó un cargo cívico en su propia ciudad; los humoristas, ensayistas y novelistas de la América moderna no parecen desear nada mejor que transformarse en representantes diplomáticos de su país; y el amigo de Charles Lamb, Thomas Criffiths Wainewright, terna de esta breve memoria, aunque de un temperamento extremadamente artístico, siguió muchos otros llamados además del llamado del arte; no fue solamente un poeta y un pintor, un crítico de arte, un anticuario, un prosista, un aficionado a las cosas hermosas y un diletante de las cosas encantadoras, sino también un falsificador de capacidad más que ordinaria, y un sutil y secreto envenenador, casi sin rival en ésta o cualquier edad.

Este hombre destacable, tan poderoso con "pluma, lápiz y veneno", como dijo finamente de él un gran poeta de nuestros propios días, había nacido en Chiswick en 1794. Su padre era el hijo de un distinguido abogado de Gray's Inn y Hatton Carden. Su madre era hija del celebrado doctor Griffiths, el editor y fundador de la Monthly Review, el partícipe en otra especulación literaria de Thomas Davis, ese famoso librero de quien Johnson dijo que no era un librero, sino "un caballero que comerciaba en libros", el amigo de Goldsmith y Wedgwood, y uno de los más conocidos hombres de su día. La señora Wainewright murió al darlo a luz, a la temprana edad de veintiuno, y una noticia necrológica en el Gentleman's Magazine nos habla de su "amable disposición y numerosos méritos" y agrega algo extrañamente que "se supone que ella había comprendido los escritos del señor Locke tan bien como quizá no lo hizo ninguna persona de uno u otro sexo hoy viviente". Su padre no sobrevivió mucho a la joven esposa, y el pequeño parece haber sido educado por su abuelo y, tras la muerte de éste en 1803, por su tío, George Edward Griffiths, a quien posteriormente envenenó. Pasó su juventud en Lindon House, Turnham Creen, una de aquellas muchas hermosas mansiones georgianas que, desgraciadamente, han desaparecido ante las incursiones del constructor suburbano, y a sus amorosos jardines y bien arbolado parque debió ese simple y apasionado amor a la naturaleza que no lo abandonó a través de su vida y que lo hizo tan particularmente susceptible a las influencias espirituales de la poesía de Wordsworth.

Sin embargo, no debemos olvidar que este joven cultivado, que fue tan susceptible a las influencias wordsworthianas, fue también uno de los más sutiles y secretos envenenadores de ésta o cualquier edad. Cómo se sintió inicialmente fascinado por este extraño pecado, no nos lo cuenta, y el diario en el que anotó cuidadosamente los resultados de sus terribles experimentos y los métodos que adoptó, infortunadamente se ha perdido para nosotros. Además, se mostró reticente hasta sus últimos días en la materia y prefirió hablar sobre La excursión y los Poemas basados en el afecto. No hay duda, sin embargo, de que el veneno que usaba era la estricnina. En uno de los hermosos anillos que tanto lo enorgullecían, y que le servían para ostentar el fino modelado de sus manos marfileñas, acostumbraba llevar cristales de la nux vomita india, un veneno -nos dice uno de sus biógrafos- "casi insípido, y capaz de una disolución casi infinita". Sus asesinatos, dice De Quincey, fueron más de los que se dieron a conocer judicialmente. De esto no hay duda, y algunos de ellos son merecedores de mención. Su primera víctima fue su tío, Thomas Griffiths. Lo envenenó en 1829 para tomar posesión de Lindon House, un lugar al que se había sentido siempre muy unido. En agosto del año siguiente envenenó a la señora Abercrombie, su suegra, y en diciembre envenenó a la amorosa Helen Abercrombie, su cuñada. Por qué asesinó a la señora Abercrombie no está averiguado. Puede haber sido por un capricho, o para gratificar cierto perverso sentimiento de poder que había en él, o porque ella sospechaba algo, o por ninguna razón. Pero el asesinato de Helen Abercrombie fue llevado adelante por él y su esposa en consideración a una suma de unas 18.000 libras, en la que ellos habían asegurado la vida de ella en varias compañías.

Al agente de una compañía de seguros que lo visitaba una tarde y que creyó que podría aprovechar la ocasión para señalar que, después de todo, el crimen era un mal negocio, le replicó: "Señor, ustedes, hombres de la Ciudad, entran en sus especulaciones y aceptan sus riesgos. Algunas de sus especulaciones tienen éxito, algunas fracasan. Sucede que las mías han fallado, sucede que las suyas han tenido éxito. Esa es la única diferencia, señor, entre mis visitantes y yo. Pero, señor, le mencionaré a usted una cosa en la que yo he tenido éxito hasta el final. He estado determinado a conservar a través de la vida la posición de un caballero. Siempre he hecho eso. Lo hago aún. Es costumbre de este lugar que cada uno de los inquilinos de una celda cumpla su turno de limpieza. ¡Yo ocupo una celda con un albañil y un deshollinador, pero ellos nunca me ofrecen la escoba!". Cuando un amigo le reprochó el asesinato de Helen Abercrombie, él se encogió de hombros y dijo: "Sí, fue cosa espantosa hacerlo, pero tenía tobillos muy gruesos".

Naturalmente, está muy cerca de nuestro propio tiempo para que seamos capaces de formar algún juicio puramente artístico sobre él. Es imposible no sentir un fuerte prejuicio contra un hombre que podría haber envenenado a Tennyson, o al señor Gladstone, o al señor de Balliol. Pero si el hombre hubiera usado un ropaje y hablado un idioma diferente del nuestro, si hubiera vivido en la Roma imperial o en el tiempo del Renacimiento italiano, o en la España del siglo XVII, o en cualquier tierra y cualquier siglo que no fueran los nuestros, hubiéramos sido capaces de arribar a una estimación perfectamente desprejuiciada de su posición y valor. Yo sé que hay muchos historiadores, o al menos escritores sobre asuntos históricos, que aun creen necesario aplicar juicios morales a la historia, y que distribuyen su elogio o reprobación con la solemne complacencia de un maestro de escuela satisfecho. Este es, sin embargo, un hábito tonto, y solamente demuestra que el instinto moral puede ser llevado a un grado tan elevado de perfección que hace su aparición dondequiera no es requerido. Ninguna persona con verdadero sentido histórico soñaría nunca con reprobar a Nerón, regañar a Tiberio, o censurar a César Borgia. Esas personas son como los títeres de una representación. Pueden llenarnos de terror, horror o admiración, pero no pueden hacernos daño. No están en relación inmediata con nosotros. No tenemos nada que temer de ellos. Han pasado a la esfera del arte y de la ciencia, y ni el arte ni la ciencia saben nada de aprobación o desaprobación moral. Y así puede suceder algún día con el amigo de Charles Lamb. Por el momento, siento que él es un poco demasiado moderno para ser tratado con ese fino espíritu de curiosidad desinteresada, al que debemos tantos encantadores estudios de los grandes criminales del Renacimiento italiano, de las plumas del señor John Addington Symonds, la señorita Mary F. Robinson, la señorita Vernon Lee y otros distinguidos escritores. Sin embargo, el Arte no lo ha olvidado. Él es el héroe de Hunted Down, de Dickens; el Varney de la Lucretia, de Bulwer; y es grato notar que la ficción ha rendido algún homenaje a quien fue tan poderoso con "pluma, lápiz y veneno". Ser inspirador para la ficción es mucho más importante que una simple realidad.

(De Ensayos de Oscar Wilde)

THOMAS GRIFFITHS WAINENWRIGTH


Las ancianas y la turba de lectores de
periódicos se satisfacen con cualquier cosa,
con tal que sea bastante sangrienta.
Thomas de Quincey

Un envenenador es una especie rara de ingeniero de almas,
que acorta el camino de los sueños como si fueran cables de
/ alta tensión.
(En el buen sentido de la palabra, el envenenador ama el
/ verbo llorar.)
Traza vías rápidas para alcanzar el dominio de los dioses.
A lo menos, es un apreciable conocedor de la gama de
/ azules índigos,
que asume un papel de sacerdote bonachón y alegre,
para los líquidos compuestos del mal, en un jardín inesperado
/ de angelotes dormidos.
El envenenador no cuenta sus pasiones. Tampoco elige
/ el arrepentimiento.
Sabe maniatar la desidia con la paciencia de un oficiante
/ secreto.
Es buena condición para él saber escribir una carta de cortesía
que no llegará nunca al domicilio correcto.
(Según deja entrever Oscar Wilde de su pluma.)
¡Son tan bellas las variedades de cristalitos de nuez vómica
/ india!
Cuando se escribe sobre el veneno -las infinitas variedades
/ de veneno-,
entre la miserabilidad humana y sus encendidas pasiones,
que a veces resultan repugnantes,
no queda otra cosa más adecuada que destilar las
/ argumentaciones
como líquidos entintados y dañinos en frasquitos de la noche.
Jamás dejará huellas del triunfo antes de que lo invada
/ el llanto y lo arruine todo
(en el mejor sentido de la palabra, claro está),
que contenga el verbo llorar como una bandera flameante...


(De Los Cantos del Gran ensalmador, Monte Ávila Editores,
Caracas, Venezuela, 2005)

Spleen


DE LA ACRE REALIDAD VIRTUAL

A veces un día dura toda una semana, como una constelación muerta
/ en el corazón.
Y una noche dura toda una vida para inquietar el olvido como la
/ palabra de un mudo.
Y el olvido es un ataúd para ser enterrado en soledad.

A veces el día y la noche y el olvido,
son la cáscara de tu vida que impide soñar al aire libre,
como una planta reconquistada en la vista nupcial de un huésped
/ inesperado.
De pronto podría haber una estatua, en el día y en la noche,
/ despavorida y sola,
que implora toda la existencia del mundo,
cuando han desertado las campanas de la tarde.
Y todo ha quedado atrás, como la habitación a oscuras redimida
/ del rito cotidiano.

A veces no hay ninguna flor en el parque de las lamentaciones.
Y nadie lee en su banco a Trakl. El horizonte es un bosque de
/ cemento.
Y es fúnebre el sonido de las tuberías rotas.
Ni una cigarra reanuda la posibilidad de hacer una flor con su
/ canto o con su silencio;
porque la noche también es un rito y una carga de recuerdos
/ que pasa de mano en mano.
Ni mil cigarras hacen un perfume. Pero yo también estoy
/ reencontrando tu morada espiritual,
uniendo los fragmentos muertos de una desconocida tristeza
/ interior,
como el contenido de una fuente misteriosa que deja correr
/ sus aguas en un rumor de eternidad.
Había en una época mariposas que hacían un árbol encendido;
pero ni diez de esos árboles encendidos, hacían una mariposa.

Una noche no se hace de ojos;
pero sí un ojo puede contener todo el milagro de una noche.
A veces no hay nadie en el parque de tus pensamientos,
ni un gato, ni un pájaro, ni un grillo que celebre la peregrinación
/ de la luz y de la sombra.

En el suelo están caídas las palabras como estatuas mutiladas
/ de la realidad.
Enceguecido el cielo anuncia a los condenados.
Un televisor imita un amanecer. Y tú estabas ahí, como un amanecer;
pero ni mi televisores te podían hacer a ti.
Y menos aún, anunciar el crepúsculo de una estatua en el parque
/ desértico de nuestras vidas.
Hay que escuchar el viaje de los muertos en los acueductos de la noche
/ que van a dar al vacío,
y hay que escuchar los lamentos de los dormidos y de los muertos
/ y delos perdidos,
que han quedado atrapados en las estatuas de un amanecer terrible
/ al que se le han arrancado todas las hojas del otoño.

Ésta es la época de los cuerpos amputados, de las jornadas amordazadas,
de miradas ciegas y piernas ortopédicas de la eternidad.
Ya que a veces un día, es una mortaja para vestir la noche.


(Tomado de Concertina de los rústicos y los esplendorosos, El perro y la rana,
Caracas, Venezuela, 2007)




miércoles, 4 de noviembre de 2009

En primavera con Louis Feuillade

I

INTRUSO EN EL HARÉN DE DIOS

Desde hace siglos jugamos a encontrarnos
y a desencontrarnos en un paisaje del Bosco.
En cada encuentro te declaro mi amor,
y en cada desencuentro la locura de mi amor.
Desde ahora en adelante, tendremos un encuentro definitivo,
y un desencuentro definitivo,
para que un nuevo pintor nos vista en la celebración
/ de la naturaleza y el color,

y nos desnude para siempre en su memoria.

(De Los Cantos del Gran Ensalmador, Monte Ávila Editores,
Col. Altazor,Caracas, 2005)


martes, 3 de noviembre de 2009

Vampiros y vampiresas

EL VAMPIRO DE CUMANÁ

“Toda alma es un nudo rítmico”
Stéphane Mallarmé

A Augusto Tamayo Vargas, i.m.,
que gustaba de este relato

Uno le canta a la luna o le recita a los murciélagos; pero yo no tuve más remedio que hacerme compañero eventual de un vampiro.

Esta historia es tan cierta como el agua que corre en el río Orinoco. Puede que los años transcurridos cuelen en el relato algunas imprecisiones; pero éstas, de colarse, no son voluntarias. Seguramente se explicarán por sí solas como materia del subconsciente. Baudelaire, decía:

El Vampiro

Tú, que, como una cuchillada,
Entraste en mi doliente corazón;
Que, en tromba, como un rebaño
De demonios, ornada y loca,

De mi alma humillada vienes
A hacer tu lecho y tu dominio;
-Infame a quien estoy ligado
Como el forzado a su cadena,

Como a su juego el jugador,
Como el borracho a la botella,
Como a la carroña el gusano.
-¡Oh, maldita, maldita seas!

Solicité a la veloz espada
La conquista de mi libertad
Y rogué el pérfido veneno
Que socorriera mi cobardía.

Ay, que la espada y el veneno
Desdeñosos, me han respondido:
"No eres digno de ser librado
De tu maldita esclavitud,

¡Imbécil! - de su dominio,
Si te soltaran nuestros esfuerzos,
Tus besos resucitarían
Al cadáver de tu vampiro".


Creo que este soneto de Las flores del Mal, abre un poco el cortinaje de este episodio acaecido en 1978, en ocasión de mi segunda visita al Estado Sucre, Cumaná, invitado por la Casa de la Cultura “Andrés Eloy Blanco”, para dar una conferencia sobre el poeta Oliverio Girondo. De tal manera, que, para quien conozca su obra, el sólo hecho de referencia a sus Espantapájaros, deja una sobrecarga de metempsicosis y símbolos que no son, no pueden dejar de ser, dentro del sobrecogimiento lírico que producen, un prefacio a lo que trato de narrar de este sitio de paisajes verdaderamente ardientes y costas marinas espectaculares, donde la noche traduce –intuyo- los misterios de los mitos más antiguos. Aquí, mi atrevido lector, es donde las criaturas se muerden a sí mismas, de no contar con un inspirador de historias que coloque los personajes en su sitio. A este servidor, al menos, le provocan las historias con espantos, demonios y aparecidos; aunque su sentido le aconseje estar en permanente vigilia y con los ojos bien abiertos a la realidad.

Girondo es un buen tema para un iniciado en lo invisible; pero como lector atento, aconsejo la captura de lo visible como circunstancia literaria. Si no, frecuentemos a Cazotte en El Diablo enamorado, un ocultista de Dijon del siglo XVIII que murió ejecutado bajo el filo implacable de la guillotina, el 25 de septiembre de 1792, en la Plaza del Carrousel. A él sí se deben estas palabras que son una definición esotérica: “El conocimiento de las cosas ocultas es un mar tormentoso en el que no se percibe la tierra firme”.

LA NOVIA DE DRÁCULA

Pues bien, quiero sin demora entrar en tema después de estas remembranzas introductorias, que bien valen la crónica. ¡Nunca, entiéndase bien, me hubiera imaginado tremendo espectáculo, cuando lo único que esperaba era desembarcar en el terreno de la poesía!

Debo añadir que llegué una mañana a un hotel del centro de esa ciudad (no al que yo aspiraba y que conocía de un viaje anterior), después de un vuelo relativamente corto desde Caracas. Y que una vez alojado allí, llegó una amiga de la dirección de Cultura, llamada Tulia, con una entusiasmada energía que brillaba en sus ojos y pendiente de mis impresiones y requerimientos. Tal es así que, enseguida, le hice saber de mi deseo de ser alojado en el Hotel Los Bordones, al que ya había sido destinado antes. Un hotel con salida al mar tal como me gustaba. Pero ella, Tulia, que era un encanto de mujer, me manifestó con toda su simpatía que la idea inicial era esa; aunque lamentablemente, por estar muy requerido el hotel por esos días, habían tenido que desistir del propósito.

Naturalmente, murmuré mi contrariedad. Y ella me dejó abierta una lejana posibilidad de complacer mi deseo. Sólo tenía que hacer unas consultas y más tarde me comunicaría sobre la novedad. Yo, en tanto, reforzaba mi actitud de querer estar frente al mar, lejos del ruido de la ciudad… ¡El mar, escritura secreta de los dioses!... Y le recité un verso del griego Odiseo Elytis: “Rumor de mar un beso en su arena acariciada…”

Guardo ese recuerdo y, con él, un profundo agradecimiento a la noticia que cambió aquella jornada en la tierra de José Antonio Ramos Sucre, el inolvidable hacedor de maravillas ancestrales que se suicidara en Suiza por los años treinta.

Como era de esperar, Tulia me trajo la sorprendente noticia de un posible traslado. Fue tan rápido como un rayo que cae en el infinito del horizonte: un señor empresario (después me enteré que era su prometido), me ofrecía compartir una suite en Los Bordones. Al mismo tiempo, lo que fue otra sorpresa para mí, el novelista argentino Manuel Puig, casualmente en esa parte del mundo, me ofrecía también, compartir su habitación. Pero como Puig estaba pasando por una rara virosis (una gripe que por esos días se llamaba “Travolta”), hizo que aceptara la primera oferta con toda la generosa amabilidad del todavía desconocido personaje al que yo le quedaría, eso es, definitivamente agradecido.

Sin embargo, tuve la suerte de visitar viejas casonas coloniales con sus tinglados adyacentes y murciélagos incluidos, así como gatos y perros. También conocí ancianos que leían la suerte y poetas del lugar que esperaban mi intervención como conferencista. No me hubiera extrañado ver por allí al Conde Saint Germain o a Cagliostro, invitándome a penetrar la noche y dejarme seducir por la luna serena, mansa de luminosidad como una mujer desnuda…

Por esos días escribía poemas de una fibra desconocida que irían, más tarde, a habitar algunos de mis libros.

ENCUENTRO CON EL VAMPIRO

Lo cierto es que aquel día, conocí a un personaje extraño, que entraría después en la galería personal de los más raros e insólitos que no me podía dar crédito ni credibilidad, porque su solo nombre, me remonta al enigma de Transilvania, a la película de Murnau y su Nosferatu, lo que ya es todo un acontecimiento. Y al Príncipe Drácula, aquél monarca que luchó contra el imperio otomano y, por supuesto, al personaje central del escritor irlandés Bram Stoker que lo inmortalizara en su célebre novela del siglo XIX. Stoker, estaba imbuido del espíritu romántico de la época y fue amigo del poeta inglés Rosetti. Una serie de misteriosas escenas visten de negras sombras, entre velas, castillos y sugerentes fragancias, a esas presencias perdidas en el tiempo y en las brumas de la época.

No obstante eso, repentinamente, tuve frente a mí a un señor de origen europeo (creo que polaco) de algo más de setenta y cinco años, llamado, ni más ni menos, que Drácula, Joseph Drácula, que decía ser pariente del monarca rumano. Eso me heló la sangre y congeló el alma.

Si no fuera porque Manuel Puig me situaba en la realidad, o Tulia, o Mireya (Directora de la Casa de la Cultura) no me dieran fe de ello, jamás hubiera relacionado esa presencia con la legendaria del mundo de los muertos. Las abominables escenas de las invasiones turcas, sus torturas y perversidades, que, de alguna manera, fueron desnaturalizando la imagen de un héroe nacional en un ser sediento de sangre y que los alemanes llevaron al cine con el nombre de Nosferatu. Personaje que, en realidad, es la imagen de un trashumante calvo, con dientes de rata, que atraviesa océanos e invade alcobas de mujeres solitarias al filo de la medianoche. Son imágenes, creo yo, inevitables y espeluznantes que también encarnaron actores británicos.

Pero me pregunto: ¿cómo este Drácula podía estar en un sitio como la playa de Cumaná, metamorfoseándose ahora, en un correcto empresario polaco, novio por demás de Tulia, que tan cordialmente había intercedido ante él, para que compartiera su habitación y su intimidad? ¿Cómo era posible eso? Con el agregado que él, Drácula, “se sentiría muy honrado con mi presencia”. Sí, la situación era extraña. Tan extraña que Mireya no hablaba de otra cosa. Y que el propio engripado Manuel, me confesara su sorpresa acerca del personaje a orillas de la piscina. Al mismo tiempo que se entusiasmaba con el tema de mi conferencia sobre Oliverio.

Dije unas palabras de Girondo que traían a la memoria su Espantapájaros, el que dice:

Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las mujeres con un sexo prehensil.

Desde hace siglos, se conocen diversos medios para protegernos contra las primeras.

Se sabe, por ejemplo, que una fricción de trementina después del baño, logra en la mayoría de los casos, inmunizarnos; pues lo único que les gusta a las mujeres vampiro es el sabor marítimo de nuestra sangre, esa reminiscencia que perdura en nosotros, de la época en que fuimos tiburón o cangrejo.

La imposibilidad en que se encuentran de hundirnos su lanceta en silencio,

disminuye, por otra parte, los riesgos de un ataque imprevisto. Basta con que al

oírlas nos hagamos los muertos para que después de olfatearnos y comprobar nuestra inmovilidad, revoloteen un instante y nos dejen tranquilos.

Contra las mujeres de sexo prehensil, en cambio, casi todas las formas defensivas resultan ineficaces. Sin duda, los calzoncillos erizables y algunos otros preventivos, pueden ofrecer sus ventajas; pero la violencia de honda con que nos arrojan su sexo, rara vez nos da tiempo de utilizarlos, ya que antes de advertir su presencia, nos desbarrancan en una montaña rusa de espasmos interminables, y no tenemos más remedio que resignarnos a una inmovilidad de meses, si pretendemos recuperar los kilos que hemos perdido en un instante.

Entre las creaciones que inventa el sexualismo, las mencionadas, sin embargo, son las menos temibles. Mucho más peligrosas, sin discusión alguna, resultan las mujeres eléctricas, y esto, por un simple motivo: las mujeres eléctricas operan a distancia.

Insensiblemente, a través del tiempo y del espacio, nos van cargando como un acumulador, hasta que de pronto entramos en un contacto tan íntimo con ellas, que nos hospedan sus mismas ondulaciones y sus mismos parásitos.

Es inútil que nos aislemos como un anacoreta o como un piano. Los pantalones de amianto y los pararrayos testiculares son iguales a cero. Nuestra carne adquiere, poco a poco, propiedades de imán. Las tachuelas, los alfileres, los culos de botella que perforan nuestra epidermis, nos emparentan con esos fetiches africanos acribillados de hierros enmohecidos. Progresivamente, las descargas que ponen a prueba nuestros nervios de alta tensión, nos galvanizan desde el occipucio hasta las uñas de los pies. En todo instante se nos escapan de los poros centenares de chispas que nos obligan a vivir en pelotas. Hasta que el

día menos pensado, la mujer que nos electriza intensifica tanto sus descargas sexuales, que termina por electrocutarnos en un espasmo, lleno de

interrupciones y de cortocircuitos.

Lo que le obligaba a Puig a preguntarme, insistentemente, si sabía quién había sido la amante de Oliverio. Bestial. Aquí hay dos personajes. Y al que todavía se uniría un general retirado que bebía martinis uno detrás del otro y especulaba sobre el asunto… Hasta que de pronto, una voz en off, de la dirección del hotel, interrumpía el diálogo que teníamos bajo una sombrilla varios interlocutores y que llamaba al señor Joseph Drácula, para que se acercara a la mesa de entradas por un requerimiento telefónico. Como obedeciendo al rodaje de una película en la que los protagonistas éramos nosotros mismos.

No sé si el tema tuvo algo que ver, con el tiempo, con el argumento de la novela “El beso de la mujer araña”, o si aquel acontecimiento inspiró a Manuel hacia lo fantasmal. Lo único que sé, es que por aquellos días él realizaba un taller literario en Cumaná, y que el pobre soportaba una gripe llamada “Travolta”. En tanto que nuestro interlocutor, Drácula, decía “primitivo” cada vez que alguien mencionaba algo de un cuadro o de una escultura. Recuerdo que Manuel se paseaba con un impermeable a lo largo de la piscina del hotel y de a ratos se aparecía diciéndome si sabía quién era la amante de Oliverio Girondo. En tanto que Drácula, decía que su tía había sido la amante de un Papa, lo que no deslucía como algo apasionante a mis oídos.

CENA SIN CANDELABROS

A todo esto, los organizadores de mi conferencia me invitaban, una vez concluida la misma, a una cena con abundante vino. Por aquel tiempo yo razonaba en torno al mito y su enigma. Y sacaba mis conclusiones sobre el “personaje que acababa de conocer”, que seguía los parámetros de un enamorador de funcionarias de arte como Tulia. Por eso me intrigaba su presencia y, además, porque como en el personaje de Nosferatu, debía yo dormir en su habitación aquella noche.

Un poema del modernista Efrén Rebolledo, El Vampiro, dice:

Ruedan tus rizos lóbregos y gruesos

por tus cándidas formas como un río,

y esparzo en su raudal crespo y sombrío

las rosas encendidas de mis besos.

En tanto que deshojo los espesos

anillos, siento el roce leve y frío

de tu mano y un largo calosfrío

me recorre y penetra hasta los huesos.

Tus pupilas caóticas y hurañas

destellan cuando escuchas el suspiro

que sale desgarrando mis entrañas.

Y mientras yo agonizo, sedienta,

finges un negro y pertinaz vampiro

que de mi ardiente sangre se alimenta.

El tema de sobremesa, en definitiva, era previsible: a una velada encantadora, le seguía la preocupación de mis anfitriones acerca de mi experiencia con el ser de las tinieblas al que, inconscientemente, ya empezaba a temer por mi seguridad nocturna. Yo no conocía de ajos ni de crucifijos (ya que soy pagano por naturaleza) y menos todavía de estacas o balas de plata que debían acertar en el corazón del personaje. La piedra de toque del asunto estaba en mi capacidad de soslayar cualquier manifestación de la criatura. En una palabra, no sabía cómo enfrentar un acercamiento de ese tipo. Y más allá de las bromas de mis contertulios. Me enfundé en un criterio empirista que seguramente habría de expirar al amanecer y desintegrarse como un fantasma al día siguiente, cuando el sol estuviera en lo alto. ¿Me refugiaría entonces en Tristán Corbière? ¿Llamaría a la Condesa Sangrienta Erzébet Báthory? ¿Invocaría a la pluma de Bram Stoker? No. Porque inesperadamente, Manuel me sorprende con un nombre acerca de la amante de Oliverio:

-Gloria Alcorta…- me dice pícaramente.

Yo creo que el poema de Girondo tiene efectos cardiovasculares de sístole y diástole lírica. No es común en poetas de su generación ese juego de espejismos verbales que consiguen dar mercurios cromos y otros resplandores conceptuales.

¿Cómo puede uno atenerse a sus fantasmas mentales en un momento así? Como así también aparece su insomne Interlunio, Caligrama, En la masmédula, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía; y por añadidura, esa historia con Gloria Alcorta que Manuel se moría por relatarme junto a la piscina del hotel, así como un resumen completo de su instancia amorosa por la que fuera expulsado de México, su departamento en Nueva York y otras confidencias personales que se sucedieron después de la salida de Argentina, durante la dictadura militar, debido a su libro The Buenos Aires affair.


CON EL PERSONAJE

Tiene el cabello muy blanco y las cejas pobladas. Sus ojos son autoritarios pero controlados de un antiguo resplandor. Dice tener 75 años y me relata acerca de una tía suya que fue amante del pontífice de la iglesia católica (¿se entiende?).

Le oí decir al anciano que no hay poder temporal, ni verdad de otras dimensiones que fueran superior a la naturaleza sensual, es decir, a esa proximidad de los cuerpos. Ahí, sí, resplandece su monóculo como un cristal misterioso, que por infinita vez, acude a reforzar sus palabras. A mí me estremece el calcular sus posibilidades. Por deseos que tenga en ahondar en el tema, sus deducciones serán siempre ácidas, cortantes, concluyentes. Para sus conclusiones, como ya dije, todo es vulgar y primitivo. Primitivos los cuadros que se exhiben en el hotel y los comentarios al respecto.

La noche es suave, intensa, de luna llena.

A pesar de todo, duermo con el corazón tranquilo en aquella habitación, con Drácula a mi izquierda. Una luz amarillenta ilumina un ángulo de la entrada de la habitación.

Me despertó el sonido del teléfono. Era una de las asistentes que me invitaba para el desayuno. La habitación, ahora, estaba vacía. Contrariamente a la noche anterior me sentía agotado, sin reflejos, apenas capaz de mover la cabeza hacia el espejo. Mi imagen era atroz. La jaqueca era intensa y sólo me provocaba dormir, dormir, dormir. Pero ella, con cierta actitud pícara, se río del otro lado del auricular y me respondió con un dejo de sorna:

- ¡No todos los días se duerme con el Conde Drácula!

Horas más tarde estoy frente al personaje. Analizo su rostro detenidamente. Un raro resplandor aparece en sus ojos. Pero unas palabras, al parecer inocentes, me resolvieron salir de inmediato de Cumaná, cuando una de las camareras, que parecía sonámbula, tomó su mano con desusada confianza y me miró de soslayo, para finalmente exclamar:

- ¡Está noche será de luna llena! ¿Verdad, conde?...



lunes, 2 de noviembre de 2009

lunes, 5 de octubre de 2009

Leyendo a Cavafis


UN ANCIANO

Solo, al fondo del ruidoso café,
está sentado un anciano con un periódico enfrente,
piensa en la miserable fatalidad que es la vejez,
y cuán poco gozó los años
cuando era fuerte, ingenioso y bello.
Sabe que envejeció, lo ve, lo palpa;
y sin embargo ayer era aún joven.
El tiempo pasó tan rápido, tan rápido...
piensa cómo lo engañó su discreción,
cómo creyó tan torpemente el mito que dice:
"Mañana tendrás mucho tiempo"

Recuerda impulsos contenidos, gozos sacrificados,
todas las oportunidades perdidas
que ahora se burlan de su necia prudencia.
Y de tanto pensar y evocar el anciano se duerme,
la cabeza en la mano, sobre la mesa del café.






TROYANOS

Son nuestros esfuerzos desafortunados.
Son nuestras tentativas como las de los troyanos.
Apenas nos levantamos un poco, apenas tenemos éxito,
empezamos a tomar valor y esperanzas,
pero siempre sucede algo que nos detiene.
Aquiles desde la trinchera emerge ante nosotros
y con sus gritos nos acobarda.
Nuestros esfuerzos parecen de troyanos.
Actuamos con decisión y audacia;
cambiamos el rumbo del destino,
y a la batalla vamos dispuestos;
mas cuando la crisis se presenta,
audacia y decisión nos abandonan,
el alma se nos turba y paraliza;
buscamos el refugio en las murallas,
y vemos, en la huida, nuestra salvación.
Sin embargo, nuestra derrota es cierta.
Arriba, en las murallas, los cantos han empezado;
nuestros propios dioses, Memoria y Sentimiento, lloran.
Hécuba y Príamo lloran amargamente por nosotros.


RECUERDA, CUERPO

Recuerda, cuerpo, cuántos te amaron;
no solo las camas que tuviste,
sino también los deseos que brillaron abiertamente

en los ojos que te vieron;
las voces temblorosas, que algún obstáculo frustró.
Ahora que todos han pasado,

parece como si en realidad te hubieran
entregado a esos deseos.

Cómo deslumbraban.
Recuerda los ojos que te vieron,

las voces que temblaron por ti.
Recuerda, cuerpo.


SI ME HUBIERAS AMADO

Si el rayo del amor
entibiara la oscuridad
del dolor de mi alma

su primer respiro
una feliz rapsodia entonaría.
No podía, ni en voz baja,
saber lo que en verdad significa:

vivir sin ti
es un dolor insoportable.
Si me hubieras amado...
mas todo son falsas esperanzas.

Si me hubieras amado, mis lágrimas
verían su fin

y de este callado sufrimiento
la inquietud se calmaría
ante la belleza de tu rostro.

/ En esta divina visión que
/ te rodea
/ las rosas adornarán

/ tu vida.
Si me hubieras amado...
mas todo es una esperanza vana.


ME RECOSTÉ Y ME ABANDONÉ EN SUS CAMAS

Cuando llegué a esa casa de placer;
no permanecí en los primeros cuartos
donde se celebran
con decoro, las formas aceptables
del amor.

Fui a la habitación secreta
y en su cama me recosté y abandoné.

Fui a aquella habitación secreta.

Que daba vergüenza nombrar;
mas no a mí, porque, si así fuera,
¿qué clase de poeta, qué clase

de artista sería?
Mejor fuera un asceta. Esos lugares

están más en la línea
de mi poesía, mucho más
que buscar placer en las habitaciones
de los placeres comunes.



SIMEÓN

Los conozco, conozco sus nuevos poemas,
entusiasman a las gentes de Beirut.
Otro día lo estudiaré
hoy no puedo. Estoy molesto.


Ciertamente sabe más de griego que de libanés.

¿Pero, mejor poeta que Meleagro?
No lo creo.


Pero Mebe, qué libanés, qué libros,
qué trivialidad,
Mebe, ayer nos encontramos (sucedió

por accidente) bajo la columna de Simeón.


Me mezclé con los cristianos
que rezaban y adoraban en silencio
se postraban, mas no siendo cristiano
no compartí su paz espiritual;
temblé entre ellos y sufrí

me conmoví, profundamente alterado.


Por favor no sonrías, piénsalo,

invierno, verano, noche y día por treinta y cinco años
ha vivido y sufrido sobre esa columna
antes de que nosotros naciéramos
(yo tengo veintinueve años, tú eres más joven).

Imagina,
Simeón se subió a su columna
y ahí ha permanecido de cara a Dios.

No tengo cabeza para trabajar hoy

pero Mebe, creo que es mejor
que repitas esto:
Digan lo que digan los sofistas
yo reconozco a Lamón
como el mejor poeta de Siria.


SOL DE LA TARDE

Este cuarto -lo conozco tan bien-
ahora se renta, como los demás, para negocios.
Todo el edificio se ha convertido en oficinas
para agentes, comerciantes y compañías.


Este cuarto -cómo lo recuerdo-.
Cerca de la puerta, aquí, estaba el sofá;
un tapete turco frente a él.
Junto, la alacena con dos floreros amarillos.
A la derecha, no, enfrente, un ropero con un espejo.
Al centro, la mesa donde él escribía
y las tres sillas austríacas.
Al lado de la ventana,

la cama donde tantas veces hicimos el amor.
Deben de estar por ahí esos vejestorios.

Junto a la ventana, la cama.
El sol de la tarde la ilumina hasta la mitad.
Una tarde, a las cuatro, nos separamos...
sería por una semana solamente...
esa semana fue para siempre.


FUI

No me detuve, me entregué por completo y fui.
Fui a los placeres irreales,
forjados a medias por mi mente.
Estuve dentro de la iluminada noche.
Bebí vinos fuertes
en la forma en que los hedonistas beben.


Traducción de Cayetano Cantú

(Poemas tomados de la Obra Poética Completa,
de Constantino Cavafis, editados
por la Pontificia Universidad Católica del Perú,
en su Colección El manantial oculto, dirigida por el poeta
Ricardo Silva-Santisteban, enero del 2003)