martes, 4 de octubre de 2011


Poemas eróticos latinos

Gayo Valerio Catulo

(Nació en Verona, actual Italia, hacia 87 a.C.
Murió en Roma, hacia el año 54 a.C.)

1

Pajarillo, delicia de mi niña,

con quien juega, al que en su seno tiene,

al que acerca la yema de su dedo

e incita a picotear ardientemente,

cuando, añorante de mi amor, se entrega

para calmar, supongo, un grave fuego:

buscando algún consuelo a su dolor

poder jugar contigo como ella

y aliviar las tristezas de mi alma

me sería tan grato como dicen

que fue para la rápida doncella

a un juego encantador que desconozco,

la manzana de oro que deshizo

el cinturón ceñido tanto tiempo.

2

Afligíos, oh Venus y Cupidos

y todo el que venere la belleza:

que ha muerto el pajarillo de mi niña;

pajarillo, delicia de mi niña,

a quien más que a sus ojos ella amaba,

pues era como miel, la conocía

y no se separaba de sus faldas,

que saltando de un lado para otro

Ahora sigue el camino de las sombras,

allá de donde, dicen, nadie vuelve.

piaba sin cesar solo a su dueña.

tanto como a su madre una muchacha,

Mas malditas seáis, malas tinieblas

del Orco que lo bello devoráis:

tan bello pajarillo me robasteis.

Mi pobre pajarillo, ¡qué desdicha!,

por ti ahora los ojos de mi niña

están rojos e hinchados de llorar.

3

Vivamos, Lesbia mía, y amemos;

los rumores severos de los viejos

que no valgan ni un duro todos juntos.

Se pone y sale el sol, mas a nosotros,

sola noche sin fin dormir nos toca.

Pero dame mil besos, luego ciento,

apenas se nos pone la luz breve,

después mil otra vez, de nuevo ciento,

luego otros mil aún, y luego ciento...

Después, cuando sumemos muchos miles,

confundamos la cuenta hasta perderla,

que hechizarnos no pueda el envidioso

al saber el total de nuestros besos.

4

Ay Flavio, si la que hace tus delicias

no fuera sosa y poco distinguida

querrías que Catulo lo supiera.

Pero amas a no sé qué putilla

caliente y te avergüenza confesarlo.

Que no te acuestas viudo por las noches

tu en vano muda habitación lo clama,

ebria de aceites sirios y de flores,

y tu almohada cansada a los dos lados,

y el ruido de tu cama trepidante

por charlas dislocadas y paseos.

Nada vale callar tus desvergüenzas,

¿la razón? que si no hicieras locuras,

no estarían tus lomos tan jodidos.

Por esto lo que tengas, bueno y malo,

cuéntamelo que a ti y a tus amores

quiero al cielo elevar en lindos versos.

6


Brillaron para ti en otro tiempo blancos los soles,

Desgraciado Catulo,

deja de hacer locuras,

y lo que ves perdido, por ello dalo.

cuando acudías allá donde quería una muchacha,

amada por nosotros como no será amada ya ninguna.

Eran entonces aquellas tantas diversiones

que deseabas tú y que ella no rehusaba.

Brillaron, sí, para ti blancos los soles.

Mas ella ya no quiere, y tú

-reprime la pasión ­tampoco quieras,

ni vayas tras quien huye,

ni vivas desgraciado,

sino que, duro el ánimo, tente firme.

No sientas. Adiós muchacha,

Catulo ya no siente.

Pues que no lo deseas,

ya no te irá a buscar ni te hará ruegos,

pero tú sufrirás cuando nadie te ruegue.

Ay de ti, desdichada, ¡qué va a ser de tu vida!

¿Quién va a estar junto a ti?

¿Quién te verá bonita?

¿Ahora a quién vas a amar?

¿De quién dirán que eres?

¿A quién vas a besar?

¿Morderás en qué labios? Pero,

Catulo, tú, condenado, no sientas.




sábado, 1 de octubre de 2011

Otro poema de Marcial

XXXVIII
Si eres honrado, no podrás vivir en Roma

—¿Qué motivo o qué confianza te trae a Roma, Sexto?
¿Qué esperas o qué vienes a buscar aquí? Dímelo.
—Yo trataré causas, me respondes, con más elocuencia
que el propio Cicerón, y no habrá quien me iguale
en los tres foros.
—Han intervenido en causas Atestino y Civis. A los dos
los conocías. Pues bien, ninguno de los dos sacaba para
pagar a la patrona.
—Si por esta parte no hay salida, compondré poemas.
Apenas los oigas, pensarás que son de Virgilio.
—Estás loco. Todos esos que ves ahí con sus mantos
heladores, son Ovidios y Virgilios.
—Frecuentaré los atrios de las grandes casas.
—Esto es solución para tres o cuatro. Todos los demás,
una turba inmensa, se mueren de hambre.
—¿Qué debo hacer? Dímelo, porque tengo decidido
vivir en Roma.
—Si eres bueno, será una casualidad que puedas vivir.

miércoles, 28 de septiembre de 2011


Un poeta latino


Epigramas de Marco Valerio Marcial

Marco Valerio Marcial nace en Bílbilis como él mismo repite
varias veces, el día 1 de marzo de un año incierto
entre el 38 y el 41 d. C.

I

Gloria del poeta

Aquí está aquél a quien lees, a quien buscas, el Marcial conocido en el mundo entero por sus agudos libritos de epigramas; a quien tú, lector aplicado, le has dado en vida y en plena lucidez, la gloria que raros poetas tienen después de incinerados.

XI

Buen bebedor

Habiéndose dado a cada caballero diez bonos [de vino], ¿por qué, Sextiliano, tú solo te bebes veinte? Ya hubiera faltado el agua caliente a los sirvientes que la traen, si tú no bebieras, Sextiliano, el vino puro.


XV

La vida vuela: ¡vive hoy!

¡Oh mi querido Julio, a quien debo recordar sin posponerte ni a uno solo de mis amigos, si de algo valen la fidelidad prolongada y los inveterados derechos! Se te viene encima tu sexagésimo cónsul y tu vida apenas cuenta unos pocos días. No harás bien en diferir lo que veas que se te puede negar, y piensa que solamente es tuyo lo que lo ha sido. Te aguardan preocupaciones y trabajos en cadena; los gozos no permanecen, sino que huyen volando. Aprésalos con ambas manos y con toda la fuerza de tus brazos, incluso así las más de las veces se nos escapan del seno. Créeme, no es propio de sabios el decir:“viviré”; la vida de mañana es demasiado tardía: ¡vive hoy!

XXIII

Los invitados de Cota

Tú, Cota, no invitas sino a quien se baña contigo y únicamente los baños te proporcionan convidados. Me extrañaba por qué no me habías invitado nunca, Cota. Ahora veo que yo no te he gustado desnudo.

XXIX

Un plagiario

Corre el rumor de que tú, Fidentino, lees mis versos al público como si fueran tuyos. Si quieres que se diga que son míos, te enviaré gratis los poemas; si quieres que se diga que son tuyos, compra esto: que no son míos.

XXXIV

Haz lo que quieras, pero con recato

Sin guardar, Lesbia, y abiertas siempre tus puertas, pecas y no ocultas tus devaneos y te causa más placer un mirón que un adúltero y no te son gratos los goces, si se quedan ocultos algunos. En cambio, una meretriz aleja a los testigos con la cortina y el cerrojo y son raras las rendijas abiertas en un prostíbulo del Summenio. De Quíone, al menos, o de Yade, aprende pudor: hasta los mausoleos esconden a las más degeneradas y a las zorras. ¿Acaso mi reprensión te parece demasiado dura? Te estoy prohibiendo que te sorprendan, Lesbia; no que se te tiren.

XXVI

Danza de las Nereidas

Un entrenado coro de Nereidas se puso a jugar por toda la superficie del mar y decoró las plácidas aguas con variadas tablas. Hubo un amenazador tridente de dientes rectos y una áncora de diente curvo: nos imaginamos los remos y nos imaginamos una barca y que brillaba la constelación de los Laconios, grata a los navegantes, y que se henchían las amplias velas con un seno bien visible. ¿Quién vio jamás tantas maravillas en las aguas transparentes? O Tetis enseñó estos juegos o los aprendió.

XXIX

Vencedores ambos

Prolongando el combate Prisco, prolongándolo Vero y estando igualado el valor de ambos durante mucho tiempo, se pidió reiteradamente y a grandes voces que se licenciase a los dos combatientes; pero el César mismo se atuvo a su propia norma: la norma era luchar, dejando los escudos, hasta que uno de ellos levantase el dedo.Hizo lo permitido: les dio varias veces fuentes [de alimentos] y regalos. Sin embargo se llegó al fin de un combate igualado: lucharon iguales, se rindieron a la par. El César envió a uno y a otro el bastón [de la licencia] y a uno y otro las palmas [de la victoria].Tal fue el premio de su valor denodado. Un hecho semejante no se había visto sino en tu reinado, oh César: que luchando dos, quedaron vencedores ambos.

XXXVIII

Además de plagiario, mal recitador

El libro que recitas, Fidentino, es mío; pero cuando lo recitas mal, empieza a ser tuyo.

LXII

Bayas, la corruptora

Levina es casta y no cede a las antiguas sabinas. Y aunque es ella más seria que su adustomarido, como unas veces se baña en el Lucrino y otras en el Averno, y como a menudoserefocilaen las aguas de Bayas, sintió que le prendía el fuego: al irse en pos de un jovenabandonando a su marido, llegó una Penélope y se va una Helena.

LXXIII

La fruta prohibida

Ni uno hubo en toda la ciudad que quisiera tocar a tu mujer, Ceciliano, mientras fue posible de balde; pero ahora que le has puesto guardianes, son una verdadera legión los que se la tiran.Eres un hombre ingenioso.

XC

Marimacho

Como nunca te veía juntarte con hombres, Basa, y porque ninguna hablilla te atribuía un amante, sino que a tu alrededor tenías siempre a tu absoluto servicio un grupo de tu propio sexo, sin presencia de varón, me parecía que eras, lo confieso, una Lucrecia. Pero tú, Basa, –¡qué atrocidad!– hacías de macho. Te atreves a unir entre sí coños gemelos y tu enorme clítoris hacelas veces del varón. Has ideado una monstruosidad digna del enigma tebano: que, aquí donde no hay varón, haya adulterio.

XCVI

No recuerdo su nombre...

Si no te es molesto y no te viene mal, escazonte, te ruego que digas unas palabras al oído de mi amigo Materno, de forma que él solo las oiga. Aquel amante de capas oscuras, que viste lana bética y ropa gris, que piensa que los que visten escarlata no son hombres, y que llama vestidos de mujeres a la ropa de color violeta, aunque alaba los colores naturales y no lleva más que colores oscuros, tiene una moralidad verde claro. Preguntará que de dónde deduzco yo que es un afeminado. Nos bañamos juntos: no mira nunca hacia arriba, sino que se fija en los sodomitas comiéndoselos con los ojos y no ve un cipote sin que se le haga la boca agua. ¿Preguntas quién es él? Se me ha olvidado el nombre.

CV

El vino añejo

Ovidio, el vino que se cría en los campos nomentanos, siempre que llega a tener mucha edad, su añeja vejez le hace perder sus características y su nombre. Además, a una tinaja vieja puedes ponerle el nombre que quieras.

CVI

Bebe vino puro, que vas a dormir

Entre copa y copa bebes agua de cuando en cuando, Rufo, y si un amigo te obliga, rara vez bebes una onza de falerno rebajado. ¿Acaso Nevia te ha prometido una buena noche y prefieres sobrios los retozos de unos polvos seguros? Suspiras, callas, gimes: ¡te ha dicho que nones! Por tanto, ya puedes beber tercios a manta, y ahogar en vino sin aguar tu duro desengaño. ¿A qué moderarte, Rufo? Tienes que irte a dormir.

viernes, 23 de septiembre de 2011

De Dante Alighieri

Soneto de la “Vida Nueva

Inciso XXVI

Es tan pura y gentil mi bien amada,

que sólo al verla saludar cumplida,

toda lengua enmudece estremecida,

y no se atreve a alzarse la mirada.

Así pasa, sintiéndose alabada,

benignamente de humildad vestida,

y es cual luz milagrosa descendida

para anunciar la celestial morada.

Muéstrase tan afable a quien la mira;

y vierte tal dulzura en nuestro seno,

que sólo quien la gusta la encarece.

Y entre sus labios palpitar parece

un espíritu suave y de amor lleno,

que va diciendo al ánima: suspira.

(Traducción de Leopoldo Lugones)

lunes, 19 de septiembre de 2011


Poema inédito


DEMÓDOCO DE CORCIRA


“Demódoco, yo te alabo más que a otro mortal

cualquiera, pues deben de haberte enseñado la Musa,

hija de Zeus, o el mismo Apolo, a juzgar por lo

primorosamente que cantas”.

Homero (Odisea VIII, 487)

Mi nombre es Demódoco de Corcira.

Aedo fui en la corte de un rey de Feacia,

que viejos rollos de pergamino llamaron Alkinoo.

Un poeta ciego me incluyó

en páginas memorables

que todos conocen como Odisea,

en la epopeya de las epopeyas.

Mi memoria es la de un recitador ambulante

que recuerda sus palabras:

“Cantó el divino Demódoco,

tan honrado por el pueblo.”

Este Canto enorgulleció a la gente de Corcira,

Isla del Mar Jónico.

(Héroes que vendrán:

juntad monedas para este oscuro poeta,

de una tierra austral,

que ahora añora mi Canto).

De El Imperio del Jardín Encendido, de Manuel Ruano)

miércoles, 14 de septiembre de 2011



El trayecto de lo imaginado


SOBRE EL MIEDO DEL ARTISTA Y LA VALORIZACIÓN DE LA PALABRA

Por Manuel Ruano

El miedo del artista puede provocar una forma de creación. Pero la sucesión del miedo puede engendrar un espíritu irritable y violento. Un creador compone ese miedo que lleva en sí (la desesperación casi siempre), en una forma irreprimible de asco. Una curiosa forma de supurar del espíritu que, como dijera Nietzsche, es “el mal juego de nuestros alaridos y nuestros gritos de angustia”. Y la poesía en el peor de los casos, es el encuentro forzoso con nosotros mismos. El encuentro de donde ya no es posible la huida. Y aún así, el asco sobreviene y el terror irrumpe con furia la totalidad de los sentidos hasta dejar una sensación agobiante en el alma y de abatimiento que es exclusiva en el artista pleno. Decía Trakl: “Del corazón mana la sangre derramada por uno mismo y en la oscura ceja anida un instante inefable: oscuro encuentro”.

Un poeta español, Carlos Edmundo de Ory, resumía esa carga: “Tengo miedo. Tengo más miedo cada día. Es asombrosa la cantidad de miedo con que uno puede llegar a cohabitar”. ¿Y acaso esa clase de miedo no ha sido alguna vez la de Pavese, la de Lorca, la de Vallejo, la de Dylan Thomas, cuando ya casi en la antesala de su muerte sentenciaba: “Es que he visto las puertas del infierno. Eso es todo.” ¿No ha sido la de Nerval antes de morir colgado en un farol? ¿No han sido las cartas de Artaud a su médico? ¿No han sido las reflexiones de Rimbaud en Abisinia, antes de caer fulminado por la sífilis?

Esa misma posibilidad de desorden en el espíritu del artista, establecería ya su caos. Porque en definitiva, la constante es eso, el caos, el profundo miedo a la maldad, a la traición, a la tortura, a la muerte, a la persecución, al orgullo herido. Esa lastimante y desgarradora sensación que organiza el temor y que alguien llama fatalidad. Ese brutal vacío de la desesperación, esa alma angustiada que ya está preparada para presentir la muerte o para convocar el grito a la vida. Y lo verdadero adquiere casi siempre, lo sé, la forma de brutalidad. Tal es así, que el poeta, hoy, ayer, quizás mañana, siempre rehace la esperanza o desentierra la razón para ingresar a un delirio definitivo. A una existencia sin paz. Sería apropiado, creo, decir con Musil: “Sólo hay una alternativa noble en este mundo cruel: aullar con los lobos o perder la razón”.

¿Anacronismo? ¿Desilusión? ¿Seres amados y perdidos? ¿Definitivamente perdidos? No lo sé. Lo cierto es que teniendo en cuenta esas observaciones, recuerdo a muchos de los ahora ausentes y creo, sí, en su ingreso hacia lo maravilloso porque ahora mismo me perturba el sonido lejano de sus voces, la letra de molde de su palabra escrita un día que no es ayer ni hoy, es siempre. Porque la palabra emerge, así es, como una cirrosis viva y callada expuesta a la luz. A un estremecimiento permanente o a esa melodía extraña que ciertos seres contienen en su interior y no pueden soltar. Y tal vez , eso nos lleve a entender la sorpresa de sus genios. Porque, ¿qué otra cosa puede darnos un genio artístico que no sea sorpresa? Y esa turbulencia de la poesía está íntimamente unida a sus pasiones. Corolario cierto: el corazón del poeta está galvanizado en esa ferocidad, cuando es auténtico. Un alma herida que soporta sus quejidos, es un alma sin soledad aunque admita que tiene silencios; porque está habitada de sus sales preciosas y el azúcar más denso. La combinación más perfecta y dañina a un tiempo. Un estado de muerte en alguna parte. Una muerte imaginaria; pero también cierta. Por eso pienso, acá, que sería intolerable sentir que el alma se incorpora sacudida por el miedo, desde su muerte, como un fantasma. Entonces viene la palabra siempre precedida de esos dominios del miedo, la turbulencia de la sinrazón, la crueldad.

Me preocupa el valor de la palabra. En la mayoría de los casos es frecuente ver que adquiere un sentido equivocado. No corresponde a las emociones. Todo sistema elaborado de discurso, tiene en la casi totalidad de sus manifestaciones un producto enajenado y por lo tanto inútil en su valoración poética. La utilización de la palabra, es el proyecto clave de una catarsis interior. La palabra emerge, entonces, como producto de un desequilibrio interior. Cada una de las significaciones atrae el concepto de una experiencia de desmitificación. De ahí que cada intento de poetizar se asemeja a una perspectiva de “demolición de un edificio entero”. El intento de poetizar tiene, pues, una perspectiva peligrosa. La palabra en su sentido íntimo, en su esencia última, tiene un efecto venenoso, fatal, sublime. La inmediatez, sin embargo, lleva a la generalidad de los proyectos de poetizar a una manía no casual, sino de autoanálisis, de terapia a sí mismo. Pero en la mayoría de los casos, ese esquema no sirve y el mensaje se torna superficial, resbaladizo, sin poder de calamiento. Hoy es frecuente ver cómo las sociedades modernas, han creado un tipo de intelectual inocuo, impermeable. Es decir, un intérprete alienado, en la mayoría de los casos, que ofrece un cuadro pobre y lineal en su conducta creativa. El valor creativo se ha evaporado. Consecuencia cierta: el verdadero poeta manifiesta el desequilibrio. La poesía por la nueva belleza, es un desequilibrio. La conciencia de escribir, textualizar un poema, es conciencia de hacer estallar el edificio de las relaciones de contorno y mental. Necesariamente el orden establecido de la palabra, proviene de una estructura mental determinada. Si ese edificio no cae, es porque sigue sumergido en una estructura represiva que elabora un sistema sin libertad interior, sujeto a un status anímico despreciable. El poeta, pienso, por sus determinantes sin barreras, debe ser un demoledor de lo inútil en el complejo mundo de la literatura.


Texto publicado en la edición dominical del periódico venezolano Últimas Noticias(1976), en el Suplemento Cultural, en la sección "El trayecto de lo imaginado".


martes, 30 de agosto de 2011



En el Puerto de la ciudad de Santa Fe




miércoles, 3 de agosto de 2011

Memorial de ausencia

A TRAVÉS DE UN OJO DE BUEY

Por Manuel Ruano

“El faro atrae a la tormenta y la ilumina”

Malcolm Lowry

A Eduardo Ruano Debesa, llamado el rubio, i.m.

Como detrás de un ojo de buey frente a la bruma.

Con un faro a babor y en resolana,

navegaba ese buque como fósil de hierro de la segunda

/guerra.

Con el salitre provocador de un nuevo invierno.

Como detrás de un ojo de buey frente a la bruma,

me he convencido de que ese barco viejo no era un barco

/de transporte,

ni rastreador de roquedal ostrero,

con tripulación de intrépidos fantasmas heridos por la luz,

sino un ataúd vacío que transportaba hombres perdidos

/por ultramar …

Como detrás de un ojo de buey frente a la bruma,

el barco navegaba en las tormentas en las que un tío

/impasible, (al que llamaban el rubio)

coleccionaba estampillas y monedas de una edad

/incierta,

para matar las réprobas distancias de este mundo.

Como detrás de un ojo de buey frente a la bruma,

el buque tenía una gran boca por bodega que de antiguo,

servía para el desembarco de almas para la guerra.

Y que después, estoy seguro, sólo registraba el golpe

/de las olas,

como barco endemoniado que se abandonaba

/a los vientos.

Como detrás de un ojo de buey frente a la bruma,

/donde había también un faro,

que a veces se veía a estribor en lo que quedaba

/de vista a tierra,

y que se alimentaba de fieras borrascas del pasado.

En el momento de arribar al muelle donde regresaban

/esos hombres

que han sobrevivido a sotavento,

y guardan sus corazones rotos como un reloj de a bordo,

/tan inservible como sus esperanzas,

yo los veía como viejos lobos marinos iluminados

/por un relámpago azul.

Como detrás de un ojo de buey frente a la bruma,

ellos llegaban enfundados en sus gabanes azules.

Arremolinados por el soplar del viento.

Porque ellos sabían que la fatalidad los acechaba,

sin sirenas a babor que cantaran sus memoriosas

/historias.

(En ese barco de la Compañía Dodero,

rondaba todavía el fantasma de un médico de a bordo

/llamado Ernesto,

que después andaría mucho por tierra, enguerrillado

/por el Caribe

y no persiguiendo el oro como otros en el pasado).

Yo los veía a todos, como si estuvieran en la búsqueda

/de aquel Moby Dick de Melville,

soltando amarras hacia el horizonte.

Los imaginaba sacando tiburones en alta mar,

disparando con una Browning a esos demonios desde

/estribor.

Yo los veía, como si estuvieran detrás de un ojo de buey

/frente a la bruma.

Puede que esta visión suene como un recuento gris.

Puede que las palabras no sean fieles a la distancia;

Pero yo quiero que tengan el sabor de las canciones azules

que refulgían en otras épocas como algo esplendoroso

/que no se daría en ninguna otra estación.

Aquí yacen todavía sus voces, sus espectros, como

/huella salitrera de un mar desconocido.

Como si fuera el Mar de los Sargazos del entendimiento.

Como si fuera un niño que no comprende nada todavía

del abismo que hay detrás de la vida y de la muerte.

Nota: El BDT11 era un buque de la marina estadounidense diseñado para transportar tanques y tropas durante la Segunda Guerra Mundial. Al concluir ésta, esos barcos ya casi obsoletos, se vendieron a otros países para ser utilizados por la marina mercante. La Compañía Dodero fue poseedora de uno de esos buques que por los años cincuenta tuvo un médico de a bordo llamado Ernesto Guevara Lynch.

jueves, 7 de julio de 2011

Un raro poeta cordobés


P O E M A
1

Sus senos eran el dominio de los demonios y los ángeles
y los muertos la desclavaban, tumultuosamente,
justificando la Gran Ceremonia del día y de la noche.

Sobre los desiertos ardientes,
en la fiesta de las hierbas arenosas,
ella daba de comer a los búhos
y se dejaba invadir por las abejas,
torre vigiladora de Dios
que detenía su relámpago.

Yo la seguía por las aldeas con el salvaje rezo del instinto.
Preguntaba a los forjadores de armas
por sus países de matanzas y prisioneros,
a los elementísimos huéspedes de las posadas
que jugaban sus mujeres por el esplendor de sus ojos,
a los hechiceros en sus carruajes incendiados,
a las dádivas cubiliteras
que buscaban en sus urnas el perfume de sus hierbas y narcóticos.

Al caer el sol, sus lamentaciones escarbaban mi dormitorio
/de sangre,
su sombra me construía y destruía negándome toda esperanza,
y entonces, ni los espacios, ni los arcanos,
la podían ocultar y negar para mi presencia.
¿Debo explicarme y acaso explicarte esta ciega obediencia
a la urdidora de la noche,
a esa hembra del fuego, sierva sombría de los magos?

2

Su cuerpo era buscado por los caballeros de lo Oscuro,
y su alma por los niños.

En las altas mañanas,
las mujeres iban de una casa a otra casa
con las oraciones de su reina sagrada.
En los altares crujían los ramos
y se frotaban los animales con su salvaje menta.

Su cuerpo era el resplandor de un cuchillo hirviente en las
/fraguas domésticas,
y su alma la intimidad de lo sobrenatural.

Yo la perseguía con los atavíos de acero por esas comarcas
/de
nómades,
sentía el crecimiento de las plantas del desamparo
y nadie quería purificarme para entrar a la plaza de su cuerpo,
con la cólera, el placer y la crueldad
de aquel que conociendo sus costumbres y sus juegos
nunca pudo lograr su santidad ni su corrupción.

Muchos dioses habían creado para ella la terraza del cielo.

Y no sabía perdonar a sus amantes de musgo
y a sus amantes de sal.


(Del libro Las pálidas esmeraldas,
Alción Editora, Córdoba, 2005)

Romilio Ribero
Córdoba 1933-1974