
jueves, 13 de enero de 2011

miércoles, 12 de enero de 2011

Les pregunté:"¿A quién cantáis?" Ellas respondieron: "A aquellos
Habían tejido para ellos coronas y guirnaldas, habían cortado
Me fui a lo largo del río, tristemente, sola, pero mirando

Bélgica, 1870- París, 1925
martes, 11 de enero de 2011

domingo, 2 de enero de 2011
LAS CANCIONES DE BILITIS

El árbol
abrazan la corteza lisa y húmeda. Mis sandalias caminan sobre
las ramas.
En lo alto, pero todavía bajo las hojas y a la sombra del calor,
me he sentado a caballo sobre una rama apartada, balanceando
mis pies en el vacío.
Había llovido. Gotas de agua caían y corrían por mi piel.
Mis manos estaban manchadas de musgo y los dedos de mis
pies estaban rojos a causa de las flores aplastadas.
Sentía al hermoso árbol vivir cuando el viento pasaba a
través de él; entonces apretaba más las piernas y aplicaba
mis labios abiertos sobre la parte musgosa de una rama.

El antro de las ninfas
Thetis. Entre tus brazos cruzados reúnes tus senos
o los acunas blandamente como dos bellos cuerpos
de palomas.
Bajo tus cabellos disimulas tus ojos húmedos, tu boca
temblorosa y las flores rojas de tus orejas; pero nada
detendrá mi mirada ni el cálido hálito del beso.
Porque en el secreto de tu cuerpo estás tú, Mnasidika
amada, que recelas del antro de aquellas ninfas de que
habla Homero, el lugar donde las náyades tejen paños
de púrpura.
El lugar de donde fluyen, gota a gota, unas fuentes
inagotables y donde la puerta del Norte deja descender a
los hombres, y donde la puerta del Sur deja entrar a los
Inmortales.
de seda y de oro. Otra se cubre de flores, de hojas verdes
de uvas.
Yo sólo sabría vivir desnuda. Amante mío, tómame
como soy sin ropas, ni joyas ni sandalias, he aquí Bilitis tal
como es.
Mis cabellos son negros de su negrura y mis labios rojos
de su rojo. Mis bucles flotan a mi alrededor libres como
plumas.
Tómame tal como mi madre me hizo una noche de amor
lejana y, si te gusto así, no olvides decírmelo.
Barcelona, España)
martes, 21 de diciembre de 2010
Cocinar con venenos

Por Leonardo da Vinci


jueves, 9 de diciembre de 2010
Comentario
H Y P N O S
Por Edda Piaggio
No en balde “HYPNOS” es hijo de la Noche y hermano de Thanatos, la muerte. Por algo Manuel Ruano eligió ese nombre para su libro.
Titular es tarea harto difícil. El mundo de todo hombre se desenvuelve en contradicciones y nostalgias y no se puede admitir la virulencia de un relámpago, el pensamiento rápido para documentar muchas páginas. Caracterizar lo esencial es obra de la poesía. Y aquí tenemos este libro como conciencia de un creador que no se acerca a ninguna fórmula superficial que siga la moda y coloque al lector en disonancia con sus consignas más íntimas.
Yo conocí a Manuel Ruano en Rosario, en un noviembre lejano en un encuentro literario al que ambos habíamos sido invitados y me regaló su libro “HYPNOS” publicado en 1995 por Gabrielle Editores (LIMA).
Por aquel entonces Manuel Ruano ya llevaba editados muchos opus en Argentina – donde él nació – y en muchos otros países latinoamericanos. Supe también que había sido galardonado con cantidad de premios internacionales pero a eso le resté – y le sigo restando – importancia. Fue cuando después de un tiempo caí en sus páginas y con asombro adiviné su intensidad extraordinaria.
Cada poema comienza con un largo párrafo en mayúscula que sirve de energía y desarrollo a una fila de ideas y metáforas ligadas como brasas en un lenguaje especial.
Son sentencias, son fundamentos. El vocablo sale a luz trabajosamente como elemento de misterio que sale a la vida.
Eligió para una de sus piezas un acápite de Georg Trakl, el austríaco nacido en 1887, tan preferido por Ernesto Sábato: “Deja que ebria de vino caiga la cabeza en el arroyo”.
Allí Ruano comienza su poema diciendo
COMO EN LAS FRÍAS ESTACIONES DE LOS PÁJARO DE LA ILUSION
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Afuera, está el jardín con la madre muerta.
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Los frutos del árbol de la soledad
dan las flores más tristes este año.
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y nadie de la casa piensa severamente
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Son como inválidas criaturas sin gloria
que deambulan por el pasado
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Sus manifestaciones continúan dentro de ese clima como continúa el aire bajo los cielos quietos de arbustos y ramas.
En lo que me es personal, pocas veces me abandono a un poemario. La experiencia ya tan larga y el escenario de dudas y razón me lo han impedido. Pero hoy escribo para dignificar una existencia y despreciar la trivialidad del signo. Menciono su nombre para que lo recuerden y sepan unirse a su poesía. Y para que todo aquel que se siente solo oiga cuando Manuel le dice: “yo escucho tu voz como si fuera el mar”.
Edda Piaggio
Montevideo, Uruguay, 1928. Escritora y poeta. Autora de, entre otros, los libros de poemas: Llanuras rituales (1972); Ciruelo rojo (1982); Las rejas del alba (1989); Cirios (1991); Pasos (2000).Algunas de sus obras poéticas fueron musicalizadas en composiciones para soprano y orquesta.
sábado, 4 de diciembre de 2010
jueves, 18 de noviembre de 2010
Lautréamont en la Feria del Libro en Venezuela
Del libro Lautréamont y otros ensayos de Manuel Ruano, editado por el CELARG, Caracas, 2010, cuya presentación se efectuará en la Feria del Libro (Salón Bicentenario) el día viernes 19 de noviembre a las 14 hs. pm.

No importa dónde me ponía a escarbarel suelo esperando
/ que tú salieses
Yo apartaba las casas y las florestas para ver detrás,
Y era capaz de quedar toda la noche a esperarte, puertas y
/ ventanas abiertas,
Frente a dos vasos de alcohol que no quería tocar.
Pero tú no venías,
Lautréamont
En torno mío morían vacas de hambre ante los precipicios
Y volvían obstinadamente el lomo a las más herbosas praderas
Los corderos desertaban América mirando tras sí
La música subía a los mástiles, furiosos de verse mezclados
Jules Supervielle
jueves, 21 de octubre de 2010
LOS POEMAS
Llegan, como llega una revelación;
jamás por el deseo.
Suelen ser buenos o malos,
como los buenos o malos presagios.
A veces, son el regalo secreto de algún dios,
las hojas mojadas de un árbol pensativo
que el tiempo ha ido guardando tras
la puerta.
Casi siempre, se refugian en mí
como silicios extenuados.
Son las ramas soñadoras de un árbol,
que golpea la ventana con la melodía secreta
del amor.
O son sombras de otras sombras,
cautivos duendes de azul cobalto,
que van agarradas de la mano en soledad.
Los poemas son un lugar olvidado
en la penumbra.
La madre que todavía duerme en el viejo
papel,
como el rastro de la tinta de un río cansado.
Son las hojas reveladoras de los días
y las noches.
Yo casi nunca recojo sus hojas secas;
trato de olvidarme de esas páginas;
porque me gusta escuchar la ráfaga del viento
en su quejido
después el canto de la lluvia.
Pero casi nunca encuentro esos poemas;
ellos me encuentran a mí.
Largas jornadas han formado ese libro
de un árbol pensativo
que enturbia a cada instante mi soledad.
Manuel Ruano
martes, 12 de octubre de 2010
en el que algunos intérpretantes del
Conde de Lautréamont
descubren paralelismos y raras connotaciones
con los Cantos de Maldoror,
data de 1897.

Era un país de selva y amargura, - un país con altísimos
abetos, - con abetos altísimos, en donde - ponía quejas el
temblor del viento.- Tal vez era la tierra cimeriana - donde es-
taba la boca del infierno, - la isla que en el grado ochenta y sie-
te -de latitud austral, marca el lindero - de la líquida mar; so-
bre las aguas - se levantaba un promontorio negro, - como el
cuello de un lúgubre caballo, - de un potro colosal, que hubie-
ra muerto - en su última postura de combate, - con la hincha-
da nariz humeando al viento. - El orto formidable de una no-
che - con intenso borrón manchaba el cielo, - y sobre el fon-
do de carbón flotaba - la alta silueta del peñasco negro.- Una
luna ruinosa se perdía - con su amarilla cara de esqueleto - en
distancias de ensueño y de problema; - y había un mar, pero era
un mar eterno, - dormido en un silencio sofocante - como un
fantástico animal enfermo.- Sobre el filo más alto de la roca, -
ladrando al hosco mar, esta un perro.
Sus colmillos brillaban en la noche - pero sus ojos no, porque
era ciego.- Su boca abierta relumbraba, roja - como el vien-
tre caldeado de un brasero; - como la gran bandera de vengan-
za- que corona las iras de mis sueños; - como el hierro de una
hacha de verdugo - abrevada en la sangre de los cuellos. - Y
en aquella honda boca aullaba el hambre, - como el sonido
fúnebre en el hueco - de las tristes campanas de Noviembre.
- Vi que mi alma con sus brazos yertos - y en su frente una
luz hipnotizada - subía hacia la boca de aquel perro, - y
que en sus manos y sus pies sangraban, - como rosas de luz,
cuatro agujeros; - y que en la hambrienta boca se perdía -,
y que el monstruo sintió en sus ojos secos - encenderse dos
llamas, como lívidos - incendios de alcohol sobre los miedos.
Entonces comprendí (¡Santa Miseria!) - el misterioso amor
de los pequeños; - y odié la dicha de las nobles sedas, - y las
prosapias con raíz de hierro; - y hallé en tu lodo gérmenes de
lirios, - y puse la amargura de mis besos - sobre bocas pur-
púreas, que eran llagas; - y en las prostituciones de tu lecho
- vi esparcidas semillas de azucena, - y aprendí a aborrecer
como los siervos; - y mis ojos miraron en la sombra - una
cruz nueva, con sus clavos nuevos, - que era una cruz sin
víctima, elevada - sobre el oriente enorme de un incendio,-
aquella cruz sin víctima ofrecida - como un lecho nupcial. ¡Y
yo era un perro!




