jueves, 2 de julio de 2009

Olga Orozco:

radiografía en sepia de una pasión

“Me voy por unos días al campo…”

(En los días que precedieron a su muerte...)

OLGA OROZCO

1920-1999


Postales a la sepia

El dìa 15 de agosto muere en la ciudad de Buenos Aires, Olga Orozco, a los setenta y nueve años de edad, en el Sanatorio Anchorena. Este desenlace se produce por trastornos circulatorios que venìa padeciendo desde hace algún tiempo.

Yo la había conocido en el año 1974 durante una reunión de intelectuales que había programado el poeta venezolano Juan Liscano en casa de su hija Clementina en las proximidades de Retiro cuando su visita a la Argentina. Debo confesar que tuve a partir de aquel momento una visión más estremecedora de su escritura; porque Olga era una mujer de una poderosa personalidad que seducía y cautivaba a un tiempo a cualquier interlocutor. De enormes y profundos ojos verdes y una sonrisa franca que siempre, tengo la impresión, invitaba a compartir una reflexión o tal vez una idea acerca de la poesía o, también, acerca de su poesía.

Me decía que era como un pez, porque lloraba mucho. Lloraba con horario. Lloraba sin horarios. Lloraba entre horarios. Y también lloraba a contrarreloj. Muchas fotos en sepia sabían de eso y era una verdadera tragedia, porque ocupaban como criaturas vivientes sus instantes. Eran como floreros con flores disecadas que habían absorbido sus lágrimas. Y esa manía de amante trágica, se acentuó repentinamente a la muerte de su esposo, Valerio Peluffo, del que hablara siempre en presente, desconsolada por la pena de confesarse en los rincones de la casa. Y para eso existen las ventanas, me dije, para ver en el más allá en mediúmnicas jornadas. Y un hermoso y panorámico ventanal en la sala de recibo desde donde se ve esa parte luminosa de Buenos Aires tan de barrio norte y tan de señora con el dolor a cuestas. Con todo, había un cortinaje interior que entretejía menudamente otras penumbrosas sensaciones de condolencias pasadas, de envejecidas historias que sólo la poesía puede redimir desde una inagotada tristeza:


"Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba en mí

/igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este
/mundo.”

En su memoria (como una casa antigua de imágenes calladas) sobrevivía la infancia, pero no como una alegoría difunta, sino con la estridencia de una muchachita sensible que ve las cosas que pasan a su alrededor: ella era una enana que no había acabado nunca de crecer.

Así se lamentaba y contemplaba a sí misma. El mundo era otra cosa que desde hacía siglos, quizás desde antes que su padre viniera de Sicilia, manejaban los adultos. ¿Cómo deberían llamarse esas páginas que la abuela le contaba y que ella inexorablemente iba guardando en el fondo del almacén de los recuerdos? Ahí, sí, se iban forjando por primera vez la divinidades menores y mayores de su zodíaco personal. Por eso volvía a reclamarle a su madre en su hogareña Toay que volviera contar su historia. Así arrancaban muchas de sus reclamaciones en sus poemas, por una pregunta. Y así, también, se desarmaban sus ritos, sus metamorfosis, sus esperanzas, su doble visión del mundo.

Tuve la sensación de caminar en puntas de pie por esas habitaciones de la calle Arenales. No quería despertar a nadie, ni tampoco perturbar alguna presencia dormida de su panteón íntimo. A veces, como pidiéndole permiso a las sombras de aquellos sus fantasmas que en silencio me miraban. La pequeña Olympia, era su máquina de escribir que permanecía como testigo mudo de sus confesiones. En ese pequeño espacio dialogaba con las criaturas que habitarían sus oráculos. La escritura, es verdad, viajaba por un túnel imaginario en el que estaba Dios de director de orquesta, con gato y todo.

Muchas veces, cuando la visitaba, experimentaba una sensación de huésped secreto con el raro privilegio de compartir una intimidad en todo su esplendor y en cada una de sus facetas.

Sus pensamientos (se llevó esa sensación) eran líquidos y armónicos a un tiempo, lo sé, en el que fluían iluminados escenarios como peces dorados que nadan llevados por una corriente que va directa al magneto mayor de la existencia. O sea, Dios. Lo que se llama una cosmogonía verbal. Amparada de rituales domésticos, de visitas acostumbradas, de amistades contradictorias que muchas veces alimentaban su compañía. Algunas veces fui testigo de gente que sin ningún aviso, interrumpía la fluidez del diálogo mantenido desde hacía algún rato. Y las voces variaban la capacidad de silencio en estentóreos relámpagos verbales. Es decir, lo que podría llamarse una manera de diluir el tiempo, en el maridaje de la luz y la sombra. Así es Piscis, me dije, la gente de Neptuno. Navega en vez de caminar...

Lloraba a tiempo. Lloraba a destiempo. Y el tiempo, como la encarnación de un dios Cronos pagano, litigaba en su sacrificio. Desafortunadamente, el tiempo se adueñaba de todo. Entonces, lo sé, lloraba porque ya no había tiempo...

Pero aparte de enana, ella era ciega. Y se desdoblaba en Lía para ver el sol en la otra oscuridad. Así emanaban sus nostalgias en muertes insepultas que ahogan el corazón, como si el corazón fuera la piedra de toque de la inocencia que se hunde en las profundidades. Plegada en la obediencia, incrustada en lo visible y en lo invisible de un laberinto del adiós. Así te encuentras, como la exorcizada Olga en naufragios tenebrosos que, al fin de cuentas, son los preámbulos de la iniciación. ¿Cuántos pliegues había en su interior que pudiera alarmarse al menor soplo, a la menor de las tormenta que reportara el sentimiento herido de los días que fueron quedando en un álbum de fotografías?

Sí, el mundo tallaba su nombre en cuarzos duros, en granito tatuado de ensoñación...

( De El trayecto de lo imaginado)


CESAR VALLEJO
1892-1938


"Allì...pronto...navajas... Me voy a España"
(Palabras pronunciadas por el poeta en su lecho de muerte,
15 de abril de 1938)




A LA MANERA DE C.V.

Así regalara yo al público su dìa festivo
y sus vetas de muerte al pordiosero.
Perderíame mi agosto en pelo,
y haría ganar al caminante sus ganas industriales.
Iluminaríame de espumas como gemas del sol.
Porque ladrón seré de infinitos, pero no de almas
cuando se desentierre el ataúd por el que soñaba.
Vestiríame hoy de público.
Anunciaríame de gran prestidigitador,
de lector del pensamiento;
pero a cada encuentro te perdería en la ternura.
Y ella amaríame mucho de nubes, de sueño dominical,
Ya que el aire está de Vallejo hasta la muerte.


(De Mirada de Brueghel, de Manuel Ruano, F.C.E., Mèxico, 1990)
CHARLES BAUDELAIRE
(1821-1867)

"La lune est belle!"

Fueron sus últimas palabras cuando agonizaba

LA MUERTE DE LOS ARTISTAS


¿Cuánto mis cascabeles tendré que sacudir Y besarte la frente, triste caricatura?
Para dar en el blanco, de mística virtud,
Mi carcaj, ¿cuántas flechas habrá de malgastar?

En fintas sutilísimas nuestra alma gastaremos,
Y más de un bastidor hemos de destruir,
Antes de contemplar la acabada Criatura
Cuyo infernal deseo nos colma de sollozos.

Hay algunos que nunca conocieron a su ídolo,
Escultores malditos que el oprobio marcó,
Que se golpean con saña en el pecho y la frente,

Sin más que una esperanza, !Capitolio sombrío!
Que la Muerte, cerniéndose como sol renovado,
Logrará, al fin, que estallen las flores de su mente.

(De Las flores del mal, de Charles Baudelaire,París, 1857)

ALEJANDRA PIZARNIK
(1936-1972)
"En el centro puntual de la mañana Dios,
la araña..."
(Palabras encontradas entre sus apuntes)

NO HUBIERAN SIDO MAS QUE PAJAROS SIN ALEJANDRA

A Alejandra Pizarnik i.m.


Hay dos cosas verdaderamente graves e infelices:
los sueños cuando no refieren más que el destino de sus criaturas
y dragones a ciertas horas de la madrugada.
Amén, de otros mayores y menores.
Por ejemplo, aquellas fábulas (de viejas Ediciones Gallimard o N.F.R. de lujo)
y las conclusiones sin aliento.

También hay otra que desconcierta,
cuando el seconal sódico es una invitación en pequeñas proporciones
a que el viento recoja sus nostalgias,
mientras quedan insomnes las páginas en blanco
y en las manos la perpetuidad del instante.

Y es ahí, que la piedra de la locura cambia de color,
que se transforma y no se detiene,
que su peso es entonces más del debido
y queda entre las viejas historias del amor, los sueños, las caricias,
porque ya no es posible su extracción de los estantes.

Pero entonces ahí es,-dulce bretoniana incorregible-,
que los ojos advierten que hay dos cosas verdaderamente graves e infelices,
que dejan de lado el Arte Poética, los labios proscriptos,
y el despertar de las mañanas para siempre.

(Poema de Manuel Ruano aparecido en la revista venezolana Zona Franca en homenaje a la poetisa tras conocerse su tràgico final)


ALFONSINA STORNI
1892-1938

PERRO Y MAR

Estaba solo el mar
y solo el cielo
y era todo un espacio
gris y frío
y yo no oía nada
ni veía
más que ese gris
monótono
y sin vida..

Y a mi costado
el perro contra el viento
aullaba; y sus ladridos
sacudían las olas muertas;
y en el aire de plomo
su quejido
abría rumbo;
y las orejas tensas
parecían alzarse como antenas
hacia desmanteladas
gargantas.

¿Había nidos
de ratones vivos
donde mis ojos
secos
no veían?

¿Fantasmas acunábanse
en los picos
lejanos
de las aguas?

¿Y caras
subterráneas
en la pared
del viento aparecían?

¿Y alguien
vestía el mar
y lo rayaba
de parques policromos,
los del fondo
en su rostro de sombras?

Esta vez
un aullido interminable
se levantó
de su cabeza erguida
y se lanzó a correr
hacia el poblado
huyendo de aquel mar
como si alguno
le ordenara partir.

Y a su abandono
mi corazón
sin causa enloquecido
echó a volar
campana de tinieblas.



Este poema lo recoge como inédito el poeta Horacio Armani en su Antología esencial de la poesía Argentina,
(1900-1980), publicada hace ya algunos años en editorial Aguilar de Buenos Aires.
Antonio Machado
(1875-1939)

ANOCHE CUANDO DORMIA


"...estos dîas azules y este sol de la infancia"
(Palabras encontradas
en un bolsillo del abrigo del poeta
el dìa de su fallecimiento)

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.

Dí: ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?
Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón

domingo, 14 de junio de 2009

En Do Mayor


EL PAJECILLO

Me llamo Sebastián Winter y debo confesar a vuesa merced, que estuve como criado de Herr Wolfgang Amadeus Mozart, y que todo empezó algún tiempo después de haber dejado de ser su paje, cuando pasé a servir al clero, con una diablura a su Ilustrísima el arzobispo de Salzburgo, donde los corredores oyen a las paredes y las paredes oyen a los corredores, que después terminan por oír el gemido de sus sirvientes. Cuando más allá de todas las imploraciones celestiales, alguien había mixturado inciensos y sahumerios, así como otras esencias episcopales con bosta de caballo, lo que agravió el olfato de su Eminencia, que en esos momentos dormía plácidamente en su gabinete personal. Eran las cuatro de la tarde, supongo, cuando yo, en ese momento, paje de recámara, o sea, del arzobispo, acababa de recorrer los salones, entre mesas fraileras y sillas eclesiásticas de duro respaldar, y me disponía a abandonar esas santas habitaciones a pies y juntillas, cuando el arzobispo despertó abruptamente, maloliendo ese aroma desconocido que buscó disminuir con una pizca de rapé, que no sé quien cambió por pimienta. Lo que enseguida trajo un alboroto de proporciones cardenalicias y de capellanías inverosímiles de sacerdotes menores, que buscaron culpar a los de la cocina, y éstos culparon a los jardineros, y los de los jardines a los de la caballeriza, y éstos (como es de suponer) a los de personal de servicio de recámara, como este pobre servidor, y todavía a los músicos, que a partir de ahí quedaron desocupados, entre la calle de la Necesidad y la Angustia, sin saber adónde ir, merodeando muladares, casas de mala fama y ferias de ciudad, en las que habitualmente concurrían contorsionistas, tragafuegos, músicos ambulantes y vendedores de filtros mágicos.

-¡Sabandijas!¡Sabandijas!...¡Mala hostia!... ¡Que venga el paje a sacudir este demonio!...-gritaba su Eminentísima. Y después, todos en fila a purgar su silencio. Afuera, en el patio, había un murciélago muerto. Nadie rezó por él. Creo que se tragó al demonio después de los conjuros. Y una ráfaga fría atravesó la tarde.

Desde allí, me tomé la libertad de mandar al diablo a la santa casa del arzobispo, al conde adjunto, y, haciéndome la señal de la cruz, me sometí a una variedad de oficios que no me llevaron a ninguna parte; pero consiguieron aproximarme más y más al músico Wolfgang Amadeus, -aunque a escondidas- y congraciarme por esos otros caminos a Dios que proporciona la música y el canto sacro, así, de buenas a primeras, como las sonatas, las sinfonías, las arias, los lieds, las operetas, las serenatas y un buen número de obras corales de las que el músico era dueño y señor, todo era uno y yo, anduve por esos andariveles de los que el compositor fue inquilino. En tanto que la nieve se acumulaba lentamente por los rescoldos de las ventanas y los aleros imperiales y pontificios, y, además, tapizaba inclemente los jardines de su Eminencia, de aquellas calles de su Majestad. Mas interiormente, el ornato agraviante de esos salones y el lujo excesivo de esos cuadros, me inhibían entre aquellas esculturas y relojes y el tapizado de esos sillones, que eran un canto silencioso que me calaba el alma y pulía, es cierto, la mirada de los asistentes, entre tanta reverencia y tanta ingratitud obispal. Pero más allá de eso, como bien lo sabe vuesa merced, tuve que hacerme ducho en principados, en condados y otros espacios en la corte, y dejar los bofes en las postas o, necesariamente, la de ser acompañante y servidor de carruajes. Había tiempo para todo. Como cambiar una rueda, cuando llevaba a los niños músicos por esos caminos de Dios, y tengo memoria del padre de Herr Wolfgang Amadeus, que me apresuraba por no sé qué contratos que debía cumplir en el principado. Debo confesar, también, que me sabía de memoria sus penurias. Las prioridades de los niños músicos y me queda la viva imagen y la devoción de haberlos servido, y hasta -déjeme decirlo- de haberlos amado en secreto. En pocas palabras, a mis diecinueve años de edad, pasé de ser paje eclesiástico, a limpiador de caballos, recogedor de bosta y cargador de maletas en calesa, hasta lograr desenvolverme, gracias a la clemencia de una mano femenina, en los predios del Príncipe Fürstenberg, a quien terminé por servir ocasionalmente. Aunque, en lo personal, yo hubiera querido servir por siempre a los niños músicos; pero la fortuna y el llamado del destino así lo quiso. Lo cual no impidió que siguiera como esclavo al servicio de aquella melodía. Y a decir verdad, nunca me despegué de su suerte. Le seguí anónimamente entre la multitud. Y pagué caro por eso. Sentí la muerte de su madre y la separación de los suyos. Me pareció agraviante la célebre patada que aquel 8 de junio de 1781 que le propinó el conde Arco, cuando le llamó “joven insolente”, haciéndose eco de los interminables pleitos con el arzobispo, que por unos miserables 500 gulden le trató de “malandrín, villano y orgulloso”. Eso me dolió en el alma y, por supuesto, exigió de mi humilde intervención; aunque en secretas circunstancias, como vuesa merced comprenderá. Lo que me valió más de un susto entre el cortinaje de esa santa casa. Y arzobispo y conde, y toda esa majada de petulantes tuvieron de lo suyo. Desde las cocinas y sus tufos que en algún momento fueron pestilentes, hasta ciertos alborotos inexplicables de los que renegaban los sirvientes y que endilgaron a algún diablillo que se había colado en el salón divino.


De manera que seguí a Herr Wolfgang Amadeus por esos intrincados caminos de las épocas, en un silencioso (debo confesar) y devoto peregrinaje que llegó hasta el instante final de su honorable vida.

Preguntaréis: ¿Qué fin me propongo con esta historia? ¿O creéis que un hombre de gusto no vale tanto como un campesino metido a paje?

Pues, nada. La Providencia me puso ahí y ahí cuento lo que la vida me fue colocando delante de los ojos.

Un viejo me dijo: “la pereza es el almohadón del diablo”. Y a partir de ahí, trato de no dormir en el almohadón; sino en la alfombra entera.

Fui el séptimo hijo varón de una familia muy pobre de criadores de cerdos. Tal era su pobreza, que mi padre me entregó a un artesano en vidrios con la esperanza de que aprendiera su oficio. Fui un buen aprendiz; pero un mal interlocutor. Y aunque me esmeré en los hornos y en el soplado, hice maravillas que pronto me valieron la salida del lugar, acusado de ser portador del mal de la jactancia y de saber más que el propio dueño del hacedor de botellas. Así era de bribón. Y en esto de hacer burbujas incandescentes, quise darle salida a mi propia vida y me fugué a Ámsterdam, donde logré colocarme de criado en una familia muy noble, ligada a los negocios de especias en ultramar, a la que serví con la ambición de embarcarme como marinero a tierras ignotas. Pero como no sabía leer ni escribir, hube de tener paciencia y aprender de los curas y de donde podía las primeras letras, como quien va juntando sortijas de oro y diamantes. Costosa fue esa historia y hasta me valió grillos y cadenas. Bajo falsas acusaciones de robo me encerraron y hube de salir libre gracias a un gentilhombre que se apiadó de mi condición y me adoptó como sirviente, llevándome a Roma. De él, aprendí un poco de solfeo; aunque no pasé de ahí. Por eso, La flauta mágica me arrancó lágrimas que no eran de este mundo.

En aquel ambiente, alcancé a ver de lejos a personajes célebres como el Conde Casanova, aquél al que Herr Wolfgang Amadeus dedicó su ópera Don Giovanni, saliendo del hotel La Villa de París, donde también hay una fonda romana y se pasea la juventud como mariposas en primavera. Y fue tanto lo que aprendí (del oficio de aprender) que hasta tomé conocimientos mundanos de tanto servir en los salones y de oír los conciertos que tenía la suerte de presenciar. Así distingo una instrumentación y reconozco las armonizaciones de una obra sinfónica.

De tal forma, que de esta guisa de emprendimientos, como os digo, he acompañado al músico entre sombras, por parajes insólitos de Munich y finalmente Viena. ¡Ah, Viena, la esplendorosa! También fui su acompañante de viajes en tierras lejanas, como recordará, por aquellas estrechas calles de Utrecht, recorriendo los misteriosos bulevares de Haarlem y en las aún más estremecedoras callejas de Leiden. ¡Esos eran tiempos lejanos en los que le veía hacer maravillas de prestigitador en el clavicémbalo de los grandes salones! ¡Y donde la vida parecía sonreírle, como un jardín esmaltado y chispeante de flores siempre nacientes!

Un dicho antiguo, dice que “Dios hizo el mar, pero la tierra los holandeses”. No estoy tan seguro de eso. Porque yo sudé la gota gorda en los inviernos de Praga, de Milán, de París, de Roma, y vaya uno a saber hasta qué sitio estuve presto por seguirle. Pero más que para seguirle, para escucharle en los transmuros imperiales.

Posiblemente vuesa merced no lo haya advertido, pero soy yo, Sebastián Winter, al que llamaban el pajecillo, que le ha servido como lacayo en aquellas posadas neerlandesas, cuando el músico tendría seis o siete años y asistía con su padre Leopoldo a ejecutar sus sonatas en el clavicordio de la catedral mayor. Le he oído interpretar sus partituras a ciegas, con sus ojos vendados, y hasta con una tela ocultando el teclado. Tocando de pie, porque Herr Wolfgang Amadeus no alcanzaba los pedales del órgano mayor. Y concluido el concierto, al punto que era yo quien cargaba los bultos y las alforjas que contenían esas benditas partituras. Y también entalcaba su peluca y sacaba el polvo de sus vestiduras de niño encantado.


Yo le he oído decir a Herr Leopoldo, que tal o cual tecla desafinaba, y entrar el niño en trance al momento de la ejecución. ¡Cómo me deleitaba escuchar ese contrapunto instrumental, cuando deslizaba sus dedos por el teclado! Alguna vez, su padre, me arrojó un florín en virtud de mis servicios de mandadero al palacio y lustrador de las hebillas de sus botines. También le he oído bromear acerca de eso. Porque el pequeño se reía al reflejarse en ellos. Y hasta enternecerse por un perrito asustado, como lo debía estar yo en aquella época. Sin embargo, le he protegido desde la sombra, bien lo sé, más que como sirviente de cocina para sus caprichos, y aún cuando no pude seguirle en algunos momentos, me las he ingeniado para ser constante en su trayectoria en las cortes de Viena, de Roma, de París, cual pajecillo del serrallo u oscuro personaje del Cossi fan Tutte. Bien me sé de memoria mi papel y mi oficio. Empero, guardaba las distancias. Aunque una vez le oí decir: “estoy buscando dos notas que se amen”, y volver a sus pentagramas. Mientras que yo recogía sus partituras y no me despedía de él hasta que se recluía en sus aposentos. Alguna vez me vio también restregar con el cepillo a los caballos, y hasta me saludó desde su ventana, antes de emprender un viaje prolongado a campo traviesa. ¡Eran días de fragancia matinal entre paredes recién enjalbegadas o noches de tormenta pintadas de fulgores en las que andaba con paraguas, buscando leña para avivar el fuego!


Quizá me vio, o me retuvo en sus ojos, con mi sombrero tricornio de paje y mi sacón de terciopelo verde, rondando su intimidad, y, durante las jornadas calurosas, ahuyentando insectos para ayudar a sus sueños, entre ungüentos y potingues, después de las agotadoras noches de composición que le dejaban rendido. Porque a decir verdad, nunca me creí eso de que componía cual respiraba. No.

Él no me ha visto nunca llorar. Sin embargo, yo le vi rabiar su ofuscamiento por una partitura, deshacer una sinfonía y finalmente revivir ante su obra ya lograda. Era oírle como agua cristalina de una vertiente que va por el cauce acostumbrado de la más ensoñadora fantasía. ¿Cuál de las voces que estaban dentro de mí no se había escandalizado de aquellos indignos espectáculos que sufría de parte de algún cortesano? Aunque debo decir que todo no se queda allí. La nieve ha pasado y el olvido también. El polvo, ahora, ha ido acumulando los recuerdos como pátinas de una estatua, como viejos grabados de jornadas ventosas, de sangrías y sanguijuelas donde la bestia de Satanás estaba seguramente oculta, así como las escenas gloriosas de su vida que misteriosamente pasaron ante mí, como pasa un ángel con sus alas rotas, es decir, que he querido arrancarle a las horas amargas un último cumplido ante la adversidad que le rodeaba. Han pasado muchos años y me he puesto viejo. Ahora estoy a las órdenes de su alumno Franz Xaver Süssmayer, que dice haber concluido su Réquiem. Como si alguien se desgargantara, gritando: “¡Porca miseria!” ¡No, señor, a un miserable no se le puede negar tampoco un plato de sopa! ¡No se puede hablar en nombre de Dios para echar a los perros a una criatura que como Herr Wolfgang Amadeus, tan dignamente ha interpretado los milagros del alma humana con la música de Dios! Y, créamelo, de la misma manera que juntaba sus partituras, al concluir sus presentaciones en las catedrales de Haarlem y Utrecht y, por si fuera poco, ante el maestro Christian Müller que desempeñaba el cargo de organista en la iglesia de San Bavorerk, donde antiguamente tocó con entusiasmo celestial. Sí, insisto, también recogí (no sé si imprudentemente) aquellos pliegos finales de su Réquiem, de cuya nombradía deseaba apoderarse Anton Leitgeb (hijo del burgomaestre de Viena) bien conocido por sus malas intenciones, que obraba bajo las instancias y el pago del conde Walsegg-Stuppach, también aficionado a la música y que deseaba la gloria a través de sus últimos latidos de vida. “¡Mondo cane!”, “¡Maledetta!”, como dicen los italianos. ¡Yo sé que esas notas pertenecían más a Dios que a los hombres! Os lo digo a vos, Excelencia. Y quede memoria y espíritu aquí en la tierra, como sopla el viento en los cielos. ¡Por algo el pintor Peter Brueghel, clamaba: “Porque el mundo es tan traicionero, llevo luto”! Así estoy ahora: descorazonado y en somormujo con mi conciencia. Y doy fe en este testamento para la paz de mi alma.

Suyo, Sebastián Winter. Amén. (Catedral de Sankt Stephen, a dos de diciembre del año que concluye de 1792).


lunes, 25 de mayo de 2009

De los amores perdidos


APARECES EN MÍ

Apareces en mí como paisaje habitado de
/deslumbramientos...

Apareces en mí como manglar de frutos brillantes
/y
olorosos,

repleto de pájaros multicolores, de cacatúas parlantes,

de monos aulladores, de mariposas achispadas

que se quedan para siempre encantadas en las profundas
/aguas.


Apareces en mí en la vegetación sonora de un sueño,
/cubriendo mis crepúsculos,

en el ardor vibrante de tus ojos, de tu piel, de tus
/glándulas...

Apareces en mí con toda la fuerza de la esperanza,

y con toda la esperanza en la fuerza del amor...


Simplemente, apareces en mí.



De los amores perdidos (II)


LA MUJER QUE SE HA AMADO



La mujer que se ha amado se redime en el
/ocaso.
Se volaron sus plumas en el cementerio fantástico
/de su expiación.
La mujer que se ha amado,
suscita los mares de magnesios redivivos,
que se excitan con la luna entre corales monstruosos
/y un cielo añil.
Porque ella es como un cuaderno escolar,
donde se guardan los besos memorables
y los crepúsculos indescriptibles.
Quedan para siempre cifrados en el papel,
en un escenario de barcos abandonados,
entre el agua y la brea del resentimiento.

Porque esa mujer que se ha amado,
convoca los recuerdos y los vientos eternos
/de la voluptuosidad,
como entran a la estación de llegada
los cargados trenes de la eternidad,
con sus locomotoras pitando hacia la muerte.

En cierta forma, esa mujer que se ha amado,
es el árbol de las reivindicaciones intransferibles
/de los remordimientos,
en los que se han cantado los versos de la soledad
/infinita,
en el que se han soplado las hojas más intensas
/de la piedad,
cuando la tierra amada ha sido invadida
/por el desastre.

Toda mano que alguna vez haya acariciado esa piel
/puede reconocer la noche.
Tal vez, porque allí se han dado cita los resplandores
/y los naufragios del mundo,
cuando del corazón se pierde como un pájaro lleno
/de nocturnidad.
Tengo la impresión que aquella mujer que se
/ha amado,
recoge en su memoria lo que ha quedado de ti.
Porque es la partida de nacimiento de tu alma,
/cuando el alma toda perece.
Y más aún, es el paraíso de la resurrección
/de un ceremonial
olvidado en el vino que reposó en tu boca.
Es el agravio de una boca, que todavía quema
/en tu recuerdo.
Porque en esa mujer que se ha amado, se anuda
/en las horas vividas,
como instantes de hoteles silenciosos, de alientos
/irredentos
que vienen de la profundidad de un viejo cráter.
(Como el lento cucharón de la ternura
que remueve ese caldo espeso del ayer).


-Señor, que escribes cartas de amor y amas
con el ardor de un cuerpo que se dulcifica,
recuerda que algún día esa mujer que es parte de ti,
puede ser la mujer que se haya amado en el andén
/de las imágenes muertas.
Y para ese cuaderno, ella será una fotografía
/que encontró su camino.

Sin embargo, tú, serás siempre el ser despiadado
/que arruinó su vida...





Misceláneas


EN TORNO A LA ÉTICA VALLEJIANA


“Mi dolor es del viento del norte y del viento del sur,

como esos huevos neutros que algunas aves raras

ponen del viento...”

(César Vallejo, Poemas humanos)

El poeta César Vallejo fue asiduo colaborador de la revista Bolívar, que dirigía su amigo Pablo Abril del Vivero (hermano del Xavier Abril) que estaba como diplomático en la España de los años treinta. En Bolívar, Vallejo incursionaba, por lo general, en temas relativos a la Rusia Soviética y la marcha del socialismo y su construcción, tanto como en todo lo relativo a su complejidad ideológica.

Sus temas, casi siempre, eran críticos en su arquitectura, a veces de estricto rigor literario, como el referente a Vladimiro Maiakovski (Bolívar Nro.7) o sus celebrados Reportajes en Rusia IV, producto de sus viajes al país de Lenin, entre ellos: Filiación del bolchevique (Bolívar Nro. 9) o Moscú en el Porvenir (Bolívar, Nro. 12), en donde redundaba acerca de temas como el estalinismo, el trotskysmo y los peligros del fascismo en la sociedad imperante.

¿Era el autor de Trilce un dogmático, un aventurero, un explorador geográfico? No. En absoluto. Más bien, el poeta habría de reconsiderar sus propios versos: “Confianza en muchos, pero no ya en uno...” Decía en su póstumo Poemas Humanos.

Su marxismo, fuera de lo que pudiera suponerse, era un marxismo creativo, no dogmático. Son muchos sus escritos y crónicas aparecidos en Nosotros de Buenos Aires, Variedades, Mundial o el Comercio de Lima, en los que discurre acerca de estos tópicos tan profusos e intensos, como reflexivamente interesantes. En Las lecciones del marxismo, por ejemplo, se inclina más hacia el trotskismo y la aparición de una nueva izquierda. Aquel texto, publicado el 19 de enero de 1929, contiene un desiderátum cuyas conclusiones, son inequívocas en el desarrollo crítico de la Revolución bolchevique: “El trotskismo, desde este punto de vista, es lo más rojo de la bandera roja de la revolución y, consecuentemente, lo más puro y ortodoxo de la nueva fe.” (sic). Por lo demás, para quienes lo conocieron, el cholo peruano era un espíritu “anárquico por naturaleza”, según la expresión de su amigo Juan Larrea. En cambio, anarquía, significaba para su viuda Georgette un término “puramente peyorativo, cuando se refiere a hombres o lo que fuere”, tal como lo afirma en su libro de memorias Allá ellos, allá ellos, allá ellos (publicado en Lima, editorial Zalvac, 1978, pp. 60-61).

En cuanto al texto La responsabilidad del escritor, el mismo procede de los tiempos de la Guerra Civil española. Más exactamente, al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Defensa de la Cultura y de la República Española, que tenía sus sedes en Valencia, Madrid, Barcelona, París, por aquellos días del 4 al 17 de julio de 1937, es decir, cuando ya se está aproximando cumplirse los setenta años de aquella experiencia histórica, donde intelectuales de todas las corrientes y de todos los rincones del mundo, afirmaban su convicción antifascista en aquella hora siniestra que protagonizó el franquismo.

En este sentido, Vallejo, (peruanísimo exiliado del Perú), extrajo sus conclusiones de sus propias experiencias como poeta militante y dio un discurso memorable (que aquí se ofrece al lector en forma exclusiva) en torno a la responsabilidad del escritor y la viva naturaleza del creador intelectual.

El mismo texto, se publicaría años más tarde en una versión parcial de 1939, pp.103-106, de la revista El Mono Azul de Madrid. Es oportuno su racconto, pienso, en estos momentos que vive Latinoamérica, por aquellas palabras tan actuales y en la circunstancia del orden mundial, donde la voracidad imperial resurge en el planeta en un pavoroso escenario de sangre, de pánico y de sobrada injusticia social. Sólo basta recordar una frase: “Para nosotros los escritores revolucionarios, un hombre culto es el hombre que contribuye individual y socialmente al desarrollo de la celebridad de un terreno, libre de concordia, de armonía y justicia por el progreso común e individual.”

Con merecida nostalgia y consabida fe en la poesía, recordamos hoy a ese poeta de “jornada entera”, que, a la vez, fuera cronista de un mundo sórdido, oliente a guerras y a reparto del embrutecimiento colectivo; y que, por si fuera poco, se convirtiera en tan sabio espectador y víctima a la vez, del “execrable sistema”. Por aquello de “la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre...”