
en su casa y ante sus cuadros. (Foto Fernando Altschul)
Abaddón el exterminador.
Tuvimos, también, una amistad epistolar

THOMAS GRIFFITHS WAINENWRIGTH

Las ancianas y la turba de lectores
De periódicos se satisfacen con cualquier
Cosa, con tal de que sea bastante sanguinaria.
Thomas De Quincey
Un envenenador es una especie rara de ingeniero de almas,
que acorta el camino de los sueños como si fueran cables de alta
/tensión.
(En el buen sentido de la palabra, el envenenador ama el verbo
/llorar.)
Traza vías rápidas para alcanzar el dominio de los dioses.
A lo menos, es un apreciable conocedor de la gama de azules
/índicos,
que asume un papel de sacerdote bonachón y alegre,
Para los líquidos compuestos del mal, en un jardín inesperado
/de angelotes dormidos.
El envenenador no cuenta sus pasiones. Tampoco elige el
/arrepentimiento.
Sabe maniatar la desidia con la paciencia de un oficiante secreto.
Es buena condición para él saber escribir una carta de cortesía
que no llegará nunca al domicilio correcto.
(Según deja entrever Oscar Wilde de su pluma.)
¡Son tan bellas las variedades de cristalitos de nuez vómica india!
Cuando se escribe sobre el veneno –las infinitas variedades
/del veneno-,
entre la miserabilidad humana y sus encendidas pasiones,
que a veces resultan repugnantes,
no queda otra cosa más adecuada que destilar las
/argumentaciones
como líquidos entintados y dañinos en frasquitos de la noche.
Jamás dejará huellas del triunfo antes de que lo invada el llanto
/y lo arruine todo
(en el mejor sentido de la palabra, claro está),
que contenga el verbo llorar como una bandera flamante…
Manuel Ruano
(tomado del libro Los Cantos del Gran ensalmador,
Monte Ávila Editores, Caracas, 2005)

Con testa gacha toda charla escucho;
Amor mueve mis alas, y tan alto
Temo tal vez mientra mi vuelo exalto,
mas llega luego a mí el conoscimiento
y pruébase que es poco en tal tormento
por inmortal honor un mortal salto.
Que si otro puso al mar perpetuo nombre
do el soberbio valor le dio la muerte,
presumiendo de sí más que podía,
de mí dirán: «Aquí fue muerto un hombre
que si al cielo llegar negó su suerte,
la vida le faltó, no la osadía.»
Poema inédito de Don Francisco de Quevedo
ligera y fuerte como viento y peña,
el bravo mar con ocasión pequeña
rompe, sorbe, deshace, ahoga, arrasa.
La ciudad fuerte o respetada casa
que de tratar las nubes se desdeña,
con breve curso el Tiempo nos la enseña
rota, humilde, asolada, yerma y rasa.
La ignorancia mortal que se alimenta
de bárbara ambición y se presume
potente, firme, estable, altiva, osada,
baje la rueda, reconozca y sienta
que en un punto la muerte la resume
en humo, en polvo, en viento, en sombra, en nada.
(Tomado de la Orden Literaria de Francisco de Quevedo)
John Keats