jueves, 6 de junio de 2013

Condolencias




Manuel Ruano con el poeta de La Pampa, Horacio Armani 
(1925-2013),  fallecido el 1 de junio del corriente.
En la foto aparece junto a su esposa, 
la escritora María Esther Vázquez, 
en la Sociedad Argentina de Escritores, Buenos Aires, 2012.
En su libro El sueño de la Poesía,  hay un poema 
que podría considerarse de su Arte poética:  

LAS PALABRAS

¡Qué liviano es el camino
del corazón a la voz!
Y la mirada ¡qué lenta
para llegar a los ojos
del que la espera temblando!
Las palabras están llenas
de amor, de vida, de canto,
pero ninguno las dice
con amor, vida ni canto.

Sólo hace falta inclinarse,
tocarlas, tocarse, andar
por el centro de uno mismo
para erizar la esperanza.
Será como ir internándose
poco a poco en el calor
de la sangre de los otros.
Será como ir contemplándose
poco a poco en el clamor
del amor que hay en nosotros.

(De El Sueño de la Poesía, Horacio Armani,
Ediciones Fundación Victoria Ocampo, 
Buenos Aires, 2008)


sábado, 11 de mayo de 2013

jueves, 2 de mayo de 2013

Naufragios


Sir Thomas Wyatt (Inglaterra 1503-1542)


EL  AMANTE  COMPARA  SU  ESTADO  A UN BARCO
EN PELIGRO  DE  NAUFRAGAR


Mi embarcación, de olvidos recargada,
entre rocas, mar gélido y sombrío
cruza, y a bordo mi señor impío
gobierna y endurece la jornada.

A un pensamiento alentador en cada
hora, cual de ventura, me confío,
mientras cruenta adversidad expío
y llevo ya la vela desgarrada.

Nube de afrentas, lágrimas pluviales;
gastadas cuerdas son estorbo; abruman
la ignorancia, el error, mi ánimo, y suman

su ausencia las estrellas a mis males.
Perdido el rumbo, en pleno desconcierto,
sin esperanza estoy, lejos del puerto.

                       ---oo0oo---

Traducción de Rafael Alberto Arrieta
De Sonetos ingleses (del Siglo XVI al XX
Pontificia Universidad Católica del Perú, 2000

lunes, 8 de abril de 2013

Un cuento de O.Henry



UN COSMOPOLITA EN UN CAFÉ



Por O.Henry




Hacia medianoche el local  estaba repleto de gente. Por alguna casualidad, la mesita a la cual estaba yo sentado había escapado a la mirada de los que llegaban, y dos sillas desocupadas, colocadas al lado de ella, extendían sus brazos con mercenaria hospitalidad al influjo de los parroquianos.

En ese momento, un cosmopolita se sentó en una de ellas. Me alegré, pues sostengo la teoría de que, desde Adán, no ha existido ningún auténtico ciudadano del mundo. Oímos hablar de ellos y vemos muchas etiquetas extranjeras pegadas en sus equipajes; pero, en lugar de cosmopolitas, hallamos simples viajeros.


Invoco a vuestra consideración la escena: las mesas con tabla de mármol; la hilera de asientos en la pared, recubiertos de cuero; los alegres parroquianos; las damas vestidas de media etiqueta, hablando en coro, de exquisito acento, acerca del gusto, la economía, la opulencia o el arte; los garçons diligentes y amantes de las propinas; la música abasteciendo sabiamente a todos con sus incursiones sobre los compositores; la mélange de charlas y risas, y, si usted quiere, la “Würzburger en los altos conos de vidrio, que se inclinan hacia sus labios como una cereza madura en su rama ante el pico de un grajo ladrón. Un escultor de Mauch Chunk me manifestó que la escena era auténticamente parisién.


Mi cosmopolita se llamaba E. Rushmore Cogían y de él se sabrá el próximo verano en Coney Island, pues me informó que instalará allí una nueva “atracción”, que ofrecerá un benévolo entretenimiento. Y luego su conversación se extendió a lo largo de paralelos de latitud y longitud. Tomó el enorme y redondo mundo en sus manos, por así decirlo, con familiaridad y desprecio, y éste no parecía más grande que la semilla de un cerezo marasco en una toronja de table d’hotel. Habló irrespetuosamente del Ecuador, saltó de continente en continente, se burló de las zonas y fregó los altos mares con la servilleta. Con un ademán, hablaba de cierto bazar en Haiderabad. ¡Puf! Lo llevaba a usted en esquí en Laponia. ¡Pif! Ahora perseguía los infractores, con los kanakas en Kealai kahiki. ¡Pronto! Lo arrastraba a usted a través de un pantano de robles de Arkansas, lo dejaba secar un momento, en las plantas de álcali, en las planicies de su rancho de Idaho; luego lo lanzaba a la sociedad de los archiduques vieneses. De pronto, le hablaba de un resfrío contraído por la brisa de un lago de Chicago y de cómo la vieja Escamila se lo curó en Buenos Aires con una infusión caliente de hierba chuchula. Usted podría haber dirigido una carta a “Mr. E. Rushmore Cogían, la Tierra, Sistema Solar, el Universo”, seguro de que se la entregarían.
Yo tenía la certeza de haber encontrado, por fin, el verdadero cosmopolita surgido después de Adán, y escuché su discurso mundial temeroso de descubrir en él la nota local del mero globe trotter. Pero sus opiniones nunca se agitaban ni decaían; era tan imparcial en cuanto a las ciudades, los países y continentes como respecto a los vientos o la gravitación.


Y, mientras E. Rushmore Cogían parloteaba acerca de su pequeño planeta, pensé con alegría en un gran casi cosmopolita que escribió para el mundo y dedicóse a Bombay. En un poema dice que hay orgullo y rivalidad entre las ciudades de la tierra y que “los hombres que surgen de ellas comercian de un lado a otro, pero se adhieren a los límites de sus ciudades como el niño a la pollera de la madre”. Y, siempre que caminan “por ruidosas calles desconocidas”, recuerdan su ciudad natal “en la forma más leal, tonta y tierna, haciendo de su apenas musitado nombre vínculo sobre vínculo”. Me causó alegría el hecho de haber captado la descripción de Mr. Kiping. Había encontrado aquí a un hombre que no estaba hecho de polvo; que no tenía mezquinas ostentaciones de suelo nativo o país; que si se jactaba, lo hacía de todo su mundo redondo contra los marcianos y los habitantes de la luna.


La conversación sobre estos temas le fue urgida a E. Rushmore Cogían por la música proveniente en dirección de la tercera esquina de nuestra mesita. Mientras él describía la topografía del ferrocarril siberiano, la orquesta se explayó a través de un pot pourri. El fragmento con que concluía era Dixie y, mientras las regocijantes notas terminaban, fueron casi ahogadas por un ruidoso aplauso surgido de casi todas las mesas.


Vale la pena dedicar un párrafo para decir que esta extraordinaria escena puede ser presenciada todas las noches en numerosos cafés de la ciudad de Nueva York. Toneladas de cerveza han sido consumidas en el desarrollo de teorías que la expliquen. Algunos han conjeturado apresuradamente que todos los budistas de la ciudad se apresuran a refugiarse en los cafés al caer la noche. Este aplauso de la canción “rebelde” en una ciudad norteña realmente confunde un poco; pero la cuestión no es insoluble.


La guerra con España, que durante muchos años fue una generosa cosecha de menta y sandías; algunos vencedores de tiro largo en el hipódromo de Nueva Orleáns y los brillantes banquetes ofrecidos por los ciudadanos de Indiana y Kansas, que componen la sociedad de Carolina del Norte, han hecho del Sur más bien una “moda” en Manhattan. Su manicura le balbuceará suavemente que el dedo índice de su mano izquierda le recuerda muchísimo al de un caballero de Richmond, Virginia. ¡Oh, sin duda! Pero muchas damas tienen ahora que trabajar… la guerra, usted sabe.


Cuando se estaba ejecutando Dixie, un joven de cabellos negros surgió de algún lado con un grito de guerra de los Mosby y agitó frenéticamente su sombrero de blando borde. Luego se perdió entre el humo, se dejó caer en la silla desocupada de nuestra mesita y sacó un paquete de cigarrillos.


La velada estaba en el período en que desaparece la reserva. Uno de nosotros mencionó tres Würzburgers al mozo; el hombre de cabellos obscuros agradeció el que se lo incluyera en el pedido, dibujando una sonrisa y efectuando un movimiento de cabeza. Me apresuré a formularle una pregunta, porque deseaba poner a prueba una teoría que había elaborado.


—¿Tendría usted inconveniente —comencé— en decirme de dónde procede?…
El puño de E. Rushmore Cogían golpeó la mesa y el estrépito me sumió en el silencio.


——Discúlpeme —dijo él—, pero ésa es una pregunta que no me agrada oír nunca. ¿Qué importa de dónde procede un hombre? ¿Es justo juzgar a un hombre por su dirección postal? Caramba, he visto personas oriundas de Kentucky que odian el whisky; virginianos que no eran descendientes de Pocahontas; indianos que no han escrito una novela; mejicanos que no usan pantalones de terciopelo con dólares de plata cosidos a lo largo de las costuras; ingleses divertidos; yanquis pródigos; sureños impasibles; occidentales estrechos de criterio y neoyorquinos demasiado ocupados para detenerse una hora en la calle a observar un empleado de almacén manco colocando arándanos en bolsas de papel. Dejad que el hombre sea hombre y no le pongáis trabas con la etiqueta de ninguna zona.


—Perdóneme —dije—, pero mi curiosidad no era del todo inútil. Conozco el sur, y cuando la banda toca Dixie me agrada observar. Me he formado la idea de que el hombre que aplaude este fragmento con especial vehemencia y ostensible lealtad regional, es invariablemente un nativo de Secaucus, Nueva Jersey, o el distrito comprendido entre Murray Hill Lyceum y el río Harlem, es decir, esta ciudad. Estaba por poner a prueba mi opinión preguntándole a este caballero, cuando usted me interrumpió con su propia…, larga teoría debo confesarlo.


El hombre de cabellos obscuros habló y se puso de relieve que su pensamiento se movía también a lo largo de su propia serie de surcos.


—Me agradaría ser una pervencha —dijo misteriosamente—, estar en el extremo de un valle y cantar tu ralu ralu.


Esto, evidentemente, era demasiado obscuro, de manera que me volví hacia Coglan.


—He dado la vuelta al mundo doce veces —dijo—. Conozco un esquimal, de Upernavik, que pide a Cincinati sus corbatas, y he visto un pastor de cabras, en Uruguay, que ganó un premio en un certamen de acertijos de alimentos para desayuno, de Battle Creek. Pagué durante todo el año el alquiler de una habitación en Cairo, Egipto, y otra en Yokohama. Tuve las chinelas esperándome en un salón de té en Shanghai y no me fue necesario decir en qué forma debía cocinar los huevos en Río de Janeiro o Seattle. Es un mundo enormemente pequeño. ¿De qué sirve jactarse de ser del norte o del sur, de la casa solariega del vallecico o de la avenida Euclid, Cleveland; de Pike’s Pike o Fairfax Country, Virginia; de Holligan’s Fíats o cualquier otro sitio? El mundo será mejor cuando dejemos de embobarnos con algún enmohecido pueblo, o con diez acres de pantano, simplemente porque ha dado la casualidad de que hemos nacido allí.


—Parece ser usted un genuino cosmopolita —dije con admiración—. Pero también parece que usted sería capaz de desacreditar el patriotismo.


—Es una reliquia de la edad de piedra —declaró Cogían cálidamente—. Somos todos hermanos: chinos, ingleses, zulúes, patagones y los pobladores de la curva del río Kaw. Algún día todo este orgullo mezquino por una ciudad, un estado, una zona o país desaparecerá y todos seremos ciudadanos del mundo, como debiéramos ser.


—Pero, mientras usted deambula por tierras extranjeras —insistí—, ¿su pensamiento no retrocede hacia algún sitio … algún querido y…


——No; hacia ningún sitio —interrumpió E. R. Cogían de manera impertinente—. El pedazo de materia terrestre, esférico y planetario, ligeramente aplastado en sus polos y conocido como la Tierra, es mi morada. En el extranjero me he encontrado con muchísimos ciudadanos a los que los guiaba algún objetivo. He visto hombres de Chicago navegando, en góndolas, en Venecia, en noches de luna, y fanfarronear por sus canales de desagüe. He conocido a un sureño que, al ser presentado al rey de Inglaterra, le proporcionó, sin pestañear, la información de que su tía abuela, por parte de su madre, estaba relacionada políticamente con los Perkinse de Charleston. Me vinculé a un neoyorquino que fue secuestrado, para obtener un rescate, por unos bandidos afganos. Su familia envió el dinero y el hombre regresó con el agente a Kabul. “¿Afganistán? —le dijeron los nativos por intermedio del intérprete—. Bueno, no es tan lejos, ¿no le parece?” “Oh, no lo sé”, repuso él, y comenzó a hablarles de un cochero de la Sexta avenida y Broadway. Esas ideas no me agradan. No estoy ligado a nada que no tenga ocho mil millas de diámetro. Anóteme como E. Rushmore Cogían, ciudadano de la esfera terrestre.


Mi cosmopolita me dijo un largo adiós y me dejó, pues creyó ver a un conocido, a través de la charla y el humo. Por consiguiente, quedé con el aspirante a pervencha, que fue reducido a Würzburger sin mayor habilidad para expresar sus aspiraciones, para encaramarse, melodioso, en la cima de un valle.


Permanecí reflexionando sobre mi evidente cosmopolita y preguntándome cómo había hecho el poeta para perderlo. Era mi descubrimiento y yo creía en él. ¿Cómo era esto? “Los hombres que surgen de ellos trafican por todas partes, pero adhieren a los límites de sus ciudades como el niño a la pollera de su madre.”


No ocurre así con B. Rushmore Cogían. Con todo el mundo para él…


Mis preocupaciones fueron interrumpidas por un tremendo ruido y una discusión, que se produjeron en otra parte del café. Por sobre las cabezas de los parroquianos sentados vi a B. Rushmore Cogían y a otra persona desconocida para mí, trabados en una terrible lucha. Reñían como titanes, entre las mesas; rompíanse los vasos y los hombres cogían sus sombreros y eran derribados; una trigueña gritó y una rubia comenzó a cantar Teasing.


Mi cosmopolita defendía el orgullo y la reputación de la Tierra cuando los mozos se acercaron a ambos combatientes, con su famosa formación de prismas volando, y los echaron, mientras aún se resistían.


Llamé a McCarthy, uno de los garçons franceses, y le pregunté el motivo del conflicto.


—El hombre de corbata roja (era mi cosmopolita) —me repuso—, se enojó a causa de las cosas que el otro tipo decía acerca de los holgazanes callejeros y el abastecimiento de agua del pueblo del que aquél procede.


—Caramba —dije confundido—, ese individuo es un ciudadano del mundo… un cosmopolita… El…


—Es oriundo de Mattawamkeag, Maine —continuó McCarthy—, según dijo, y no pudo soportar que alguien menospreciase su ciudad de origen.



O. Henry 
(Tomado de Obras selectas, España, 1959) 
O.Henry es el pseudónimo de William Sidney Porter,
nació en Greennsboro (Carolina del Norte)  el 11 de
septiembre de 1862 y murió a la edad de 47 años, en 1910)



miércoles, 13 de marzo de 2013

La modelo amante de Rafael de Urbino


SOBRE LOS AMORES SECRETOS 
DE RAFAEL Y LA FORNARINA
Por Rafael Alberti

Gracias, maestro, por haber grabado
tan al detalle mis secretas cosas:
las empinadas cimas rumorosas
y el abismo absorbido y penetrado.

Maravilla de haberme revelado
en las posturas más maravillosas:
tronchado el cuerpo o por las anchurosas
formas al viento en vilo levantado.

Gracias, maestro, os da la Fornarina
en nombre de su fino y bello amante
también grabado en su pasión secreta:

el gallo siempre alerta o tremedante
dentro del horno fabricando harina
y en la mano el pincel y la paleta.

Rafael Alberti
(España, 1902.1999)

En 1519 Rafael de Urbino (1483-1520) pinta la belleza de una mujer mostrando sus pechos desnudos y conserva el cuadro en la privacidad de su taller, siendo conocido sólo por sus discípulos más cercanos. Y es que los detalles de la pintura encerraban muchos enigmas de la vida personal del maestro, detalles exhibidos en la indumentaria y arreglos de la mujer; entre ellos está el brazalete que lleva en el brazo izquierdo y en el que se puede leer: Raphael Urbinas –versión latinizada del nombre del ilustre pintor-. Asimismo, un anillo en el dedo y una diadema que cuelga del turbante que ayuda a sostener sus cabellos. Todo hace suponer, que Rafael se había casado en secreto con la joven.

El verdadero nombre de la mujer era Margherita Luti, apodada La Fornarina (harinera) por ser hija de un panadero del lugar.
N

jueves, 21 de febrero de 2013

Las inmensas preguntas celestes


RÉQUIEM (3)

A las inmensas preguntas celestes
no tengo más respuesta
que comentarios simples y sin gracia
sobre las muchachas
que viven por mi casa
cerca del faro y el malecón Cisneros.
Y no pretendan ver
en la cháchara tonta esa humildad
de los antiguos griegos.
Ocurre apenas
que las inmensas preguntas celestes
sacan a flote
mi desencanto y mis aburrimientos.
Que a la larga
me tienen dando vueltas
como un zancudo al final de la tarde.
Haciendo tiempo,
mientras llega la hora de oficiar
mis pompas funerarias,
que no serán gran cosa
por supuesto.
En estos tiempos malos bastará
con una mula vieja
y un ánfora de palo
brillante y negra
como el lomo mojado de un delfín.
¡Ah las preguntas celestes!
Las inmensas.

         


 Antonio Cisneros
Lima, 1942 - 2012 
(De Las inmensas preguntas celestes, 1992)

viernes, 11 de enero de 2013



Del amor y otros contenamientos 


SONETO DE GUTIERRE DE CETINA

Amor mueve mis alas, y tan alto
las lleva el amoroso pensamiento,
que de hora en hora así subiendo siento
quedar mi padescer más corto y falto.

Temo tal vez mientras mi vuelo exalto,
mas llega luego a mí el conoscimiento
y pruébase que es poco en tal tormento
por inmortal honor un mortal salto.

Que si otro puso al mar perpetuo nombre
do el soberbio valor le dio la muerte,
presumiendo de sí más que podía,

de mí dirán: «Aquí fue muerto un hombre
que si al cielo llegar negó su suerte,

la vida le faltó, no la osadía.»

 Gutierre de Cetina 

domingo, 2 de diciembre de 2012



Sinfónicas

Richard Wagner: 
ENSOÑACIÓN DE UN POETA FRANCÉS

Por Stèphane Mallarmè
(1885)

            Un poeta francés contemporáneo, excluido de toda participación en los despliegues de belleza oficiales, por diversos motivos, quiere, lo que mantiene como su tarea ejecutada o del refinamiento misterioso del verso para solitarias Fiestas, reflexionar sobre las pompas soberanas de la Poesía, como no podrían existir conjuntamente con el flujo de trivialidad  arrastradas por las artes en un falso simulacro de civilización. – Ceremonias de un día que yace en el seno inconsciente de hacer de la multitud ¡casi un culto!

            La certeza de no estar implicado, él ni nadie de ese tiempo, en ninguna empresa parecida, lo exime de toda restricción llevada a su sueño por el sentimiento de una impericia y por el desvío de los hechos.

            Su visión, de una rectitud imperturbada, se arroja a lo lejos.

           Para su satisfacción, y es lo menos, acepta para tener en cuenta, solo, en el orgulloso  repliegue de las consecuencias ¡Al Monstruo Que no puede Ser! Aferra al flanco débil e ignaro la herida de una mirada afirmativa y pura.

         Omisión hecha de un vistazo sobre el fasto, extraordinario, pero inacabado hoy de la figuración plástica, de la que se desprende, al menos, en su perfección acabada; sólo la Danza es capaz, por su escritura sumaria, de traducir lo fugaz y lo repentino hasta la Idea (semejante visión comprende todo, absolutamente todo el Espectáculo futuro) este esteta si considera el aporte de la Música al Teatro hecho para movilizar su esplendor, no piensa durante mucho tiempo más que en sí mismo… ya, cualesquiera fueran los saltos de los que parta su pensamiento, experimenta la colosal aproximación de una iniciación que surge más alta, que significa en las voces de adeptos: Tu anhelo de antes, dentro de un momento, aquí, allí, ves, pobre, si no se lo ejecuta.

jueves, 15 de noviembre de 2012

En Té con palabras...


El poeta Manuel Ruano en la velada 
del 24 de octubre del 2012,
en la Sociedad de Escritores (SADE) de Argentina,
en momentos de iniciar el recital poético.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Recital en la SADE


Manuel Ruano
Noche del 24 de octubre del 2012, 
durante un recital poético en la Sociedad de Escritores
de Argentina (SADE)