jueves, 15 de abril de 2010


FALSIFICACIONES AL BORDE DEL APOCALIPSIS



Para una Teoría de los Males y vergüenzas de la carne, deberá recurrirse a la Serpiente, porque no sólo representa al Demonio (según la Biblia), sino la perpetuidad cósmica de las grandes catástrofes universales. O sea, la interminable y nauseabunda lista de pestes, plagas, enfermedades, que a medida que transcurre cada milenio, diera la impresión de ir perfeccionándose en una extraña metamorfosis. Una metamorfosis que sobrenada la selva de la fiebre, los leprosarios, la ponzoña venérea, hasta llegar por fin, a lo que hoy se llama “epidemia rosa”, o dicho más ligeramente, la perversión de Eros. En suma, el Apocalipsis a la vuelta de la esquina.

Recordemos que el diablo no va al psicoanalista. Razón por la cual, y debido a la pavorosa promiscuidad del género humano (incluida la degradación de la Antigua Roma) el diablo se ha ido sofisticando, también, por medio de computadoras, programando (desde vaya uno a saber dónde) la efectividad de sus nuevos gérmenes, en una parábola desconcertante de gonorreas, sífilis y otras porquerías por el estilo, producto de la contranatura y el bestialismo…De ahí que no crea que haya una ilusión bárbara en todo esto. Jamás. Porque la tentación, sería una supuesta carta de crédito que el Infierno ofrece al desgraciado mortal desde aquello de la manzana y la metáfora de eso, quizá, esté cifrada desde el Renacimiento, en aquel maravilloso cuadro del Bosco, conocido como El Jardín de las Delicias. Acaso, el paisaje más perfecto que registre tanta locura. Y el sexo, desde luego, tiene su correlato histórico en las garras, el poder y la formación de los imperios. Esos grandes centros de dominación que también han conseguido corromper al mundo hasta el hueso, creando otra plaga incesante: el miedo.

Lo cierto es que Dios, pues, destruyó ciudades en vista del mal en el que habían caído. Pero hoy la destrucción podría ser absoluta; porque hasta un loco cualquiera podría llegar a creerse Dios y convertir esto en una Sonata del espanto, donde la política y la lujuria suelen venir juntas. Acá, hay que tener presente a nerón y a los que dirigen las pasiones clandestinas del amor desde la sombra. Los adorados de Satanás, supongo. Tal vez, por ahora, sólo quede el consuelo y la esperanza de un regreso a la castidad.

O una cercana mutación postnuclear, no lo sé.

Por lo pronto un loco, es malo. Pero un amante degenerado y perdidamente sarnoso, todavía es peor.


PARA UNA PEQUEÑA BIOGRAFÍA DEL DEMONIO



“El Infierno está de huelga

sueltos andan los demonios”.

H. Heine

En el imperio del Diablo, al principio fue Satanás o Gran Emperador de los Infiernos, que rige el orden de la Tinieblas al que sucede, en el nombre de Lucifer (Príncipe de los Ángeles rebeldes) y estandarte supremo: “el que lleva la luz” y comanda las legiones de malditos, criaturas inmundas y pestilentes del Averno. Es decir, toda esa canalla condenada a las profundidades de ese Reino de Fuego. Porque el nombre de Lucifer era el que tenía cuando Satanás o Satán (que en hebreo significa “el contrario”) estuvo en el Cielo.

Lucifer, pues, es el lucero, la estrella de la mañana o Venus, divinizado como Hijo de la Aurora “Eos” y Céfalo. Primer iluminador de ese territorio, que con alguna razón, enloqueció de miedo a más de uno y de allí que el diablo es el diablo, por más que sólo quede el arrepentimiento. Ya que “pasado il pericolo, gabato el santo” y reconocida la culpa no hay nada que lo despierte.

Según la vieja genealogía, toda coronación maléfica estuvo siempre presidida por Lucifer o Luzbel (y también Azazel), de quien dice la Biblia en su Isaías XIV, 12-15: “¿Cómo caíste del cielo, lucero brillante, hijo de la aurora? ¿Echando por tierra al dominador de las naciones? Tú, que decías en tu corazón: Subiré a los cielos; en lo alto, sobre las estrellas de Dios, elevaré mi trono; me instalaré en el monte santo, en las profundidades del aquilón. Subiré sobre la cumbre de las nubes y seré igual al Altísimo. Pues bien, al sepulcro has bajado, a las profundidades del abismo”.

Su cronología, además, tuvo un lugar destacado en la versión cristiana de la Vulgata con que la patrística llamó al episodio de la caída del ángel maléfico. De esta manera a Lucifer (retirado en la parte más oscura del Infierno) le sucede Belzebuth, “un viejo dios calumniado” que ocupa en el imperio uno de sus principados. Parece ser que muchos de sus legados, fueron supervisados por un escriba llamado Beli-Seri, cuya bibliografía la recogen algunos mitos de la escatología babilónica. En tanto que por ser un demonio de menor jerarquía, frecuentemente se le confunde entre la turba que inicia griteríos y pedorreos a las espaldas de belzebuth y hasta se pretende haberlo visto hilando las almas condenadas en una ardiente rueda de la tortura. La rueda del Mal. Esto parece tener bastante parecido con la leyenda griega de Ixión, rey de los lapitas, que la mitología considera emparentada a la raza de los centauros, con quienes tenían interminables conflictos. Y a los lapitas se les cree originarios de la isla mediterránea Tesalia, que en la época de Lucio Apuleyo era famosa por sus brujas.

No obstante esta digresión, hay que señalar que el nombre Belzebuth ( que da el Nuevo Testamento) lo recibía del dios de las Moscas en la ciudad de Ekron; pero de cualquier manera parece ser considerado como una especie de sol invictus entre los más grandes. ¿Qué mejor intérprete para las profundidades absolutas? ¿Será posible que el viejo “Rituale Romanum” del exorcismo del Papa Pablo V, estuviese dirigido a él?

Teme a quien fue

Inmolado en Isaac

Vendido en José

Muerto en el cordero

Crucificado en el hombre

Y luego triunfador en el infierno…

Para expulsar los malos espíritus de los posesos y al que exhortaba, claro está, a abandonar un cuerpo en nombre de quien dominó la peor de las regiones. A este cabrón le sigue en orden de instancias y en título, Astaroth, o sea el Gran Duque (el que habla de los secretos del porvenir y contesta todo lo relativo a las adivinanzas), muy evocado por las sectas cristiano-orientale

s y las órdenes secretas de los autores de grimorios e invocaciones. Es decir, de los variados cultos herméticos.

Así, Astaroth, aparece divinizado en relación a la Venus siria. Como dijera el Archipreste de talavera, se le reconoce porque “el maldito para enlazar a los vivientes, pone amor desordenado en sus corazones, con fuego infernal que todo el cuerpo inflama, de tal modo que si el cuitado del hombre viese con sus propios ojos el infierno y sus crueles penas, de una parte, de la otra a su amante, ciego de los ojos espirituales, quería primero cumplir su voluntad con ella, y después morir y penar”. O lo que es lo mismo: acercar la estopa al fuego. Apelando a la Asociación de Amigos de la Carne que comienza por la violaciones reiteradas y que de los placeres viendo, Dios padeciendo.

Por consiguiente, al terco Astaroth le siguen cuarenta legiones de diablos. Y en menor jerarquía de mando le continúan: Grigoth, Rappalus y Gribouillis.

Así y todo, la letra con fuego entra y no faltará algún maldito que la provoque.

Juan Wiero dio hace tiempo datos, conclusiones, estadísticas, de la Monarquía diabólica en su obra Sobre los artificios del diablo. Y son muchas las memorias y las intrigas que se suceden en el orco. Seguramente este viejo cronista del siglo XVI, narró esas terribles confesiones y después tomó conciencia de esos apareamientos salvajes de hombres, mujeres y animales. Cuando la sociedad estaba ya amenazada por eso otro infierno de arriba: la santa Inquisición y sus Autos de Fe. Un estado demencial y espermatológico, al parecer, se machos cabríos, sabat, brujas y persecución herética. Cuyas orgías daban pie, creo, a la venganza y un poco a la leyenda.

El Dante lo dijo con belleza: “Los estandartes del rey de los infiernos avanzan”.

Y un libro aún más terrible que el de Wiero, fue el de Kurt Baschwitz: Brujas y procesos de brujería, considerado el libro más soez de la literatura mundial. Pero el Sancta Sanctórum del perseguidor de gente, se dice, auspiciaba, en especial, un odio enloquecedor hacia las mujeres; porque según el mismo, aquellas viejas y miserables frecuentaban los aquelarres, asistían a las reuniones con el diablo en forma de macho cabrío, se desplazaban por los aires, fornicaban en verdaderas orgías y ofrecían niños aún lactantes para el desenfreno amoroso. Pero no hay que olvidar que la copla dice:

Santa Rita la llorona

fue tanto lo que lloró,

que el alma de su marido

del infierno la sacó.


LOS DESENFRENOS DEL AMANTE SARNOSO


Desde el fondo de los siglos el planeta asiste a una convocatoria tenaz. A cada vuelta de siglo se oyen los alaridos, los gritos, los estremecimientos de sus criaturas en una sonata atroz que ha conocido civilizaciones, patriarcas de toda clase, locos empedernidos, profetas, visionarios, cínicos, feriantes, milagreros, perpetuas lepras que más de uno creyó parte de la salvación, hoyos negrísimos en el que se hundía para siempre parte de la gente, circos romanos para divertimento del emperador, prostitutas célebres que dieron, eso es, hijos al contagio, cortesanas, tesoros ya envejecidos que fueron parte de la codicia y el fracaso, libros que presagiaban el desastre, monjes agapetos que dormían con rameras por compasión cristiana y que de una u otra manera, fueron perseguidos “por los concilios y los padres”, según San Jerónimo; también grandes guerreros aturdidos de la violencia; ciudades en ruinas corroídas por la despiadada peste, sí, viejos filósofos que anunciaban la utopía, esculturas de Eros y Tánatos, amores célebres, acaso, que perdurarían durante centurias, Abelardo, Eloísa, crónicas de una naturaleza prohibida, epidemias, cámaras de gases y siempre el pánico de vivir… Estableciendo desde un comienzo una eterna “Danza macabra” que mueve a seres, dioses, bestias, en un ordenamiento diabólico que no respeta ni a sabios ni a santos ni a niños. Es el sarro desconocido que condena a sus criaturas sin fijarse en quien. Ni reyes, ni esclavos. El hechizo del tiempo que arrasa con todo como en esas viejas láminas de Durero, en el que la muerte reconcilia a famosos sibaritas y frailes y Papas y caballeros del reino, con la guerra, la fornicación, la peste, la desesperanza… Y junto a aquellos bebedores memorables, también persistía la gonorrea y la sífilis, el cólera y la demencia que abría interrogantes implacables, tales como el inicio de una turbulencia desconocida que también reconoce culpables. ¿Era una señal divina? ¿Un símbolo de la destrucción? ¿Una tragedia más que el legado de

Dios imponía a sus legiones de criaturas? ¿En qué medida esa “Danza macabra” no es todavía una maquinaria cruel que se empecina en acelerar sus efectos como castigo de Dios, ahora, ante el delito de la promiscuidad sexual y la contranatura? La Biblia dice: “No yacerás con varón como se yace con mujer; es cosa execrable”. “No tendrás comercio carnal con ninguna bestia, haciéndote impuro con ella; ni una mujer se allegará para ayuntarse con una bestia; es una infamia”…

Cuando es alarmante el ciclo, la travesía de los tiempos es una epopeya anónima que aún está por escribirse y que es el reclamo hacia el hombre que por perfidia va rumiando su pasado, resistiéndose al tábano, a la langosta, a toda suerte de gérmenes para volverse sobre sí mismo. Condenándose y condenando a generaciones futuras, irritando la memoria de sus muertos, confundiendo los elementos, proliferando en sectas inauditas, adentrándose más y más en el crimen. Como si esa hipérbole de Antiguos adoradores de Satán, se confundiera de pronto con santidades y fuegos eternos. Desde aquellos herejes de Bolonia (Baraletas) hasta los Multiplicantes de Montpellier que adoraban el desenfreno amoroso. La historia es una exposición infinita de personajes curiosos que concibieron el placer, la lujuria, como único e irremediable paso hacia la salvación. Una salvación de santos y demonios ensayando el mismo morbo, la misma pestilencia. Los pueblos son testigos y han experimentado la barbarie y la hoguera, en un contrasentido terrible. De allí que sólo de esa pústula, emane lo que tenía que emanar: el líquido pútrido, la inmanencia salvaje, los abortos sobrevivientes de aquel Árbol del bien y del mal… Lo que para hoy ya comienza a ser la “epidemia rosa”.

Ahora, ordenadores temibles clasifican los cielos y acaparan el cosmos con voracidad, en una carrera de conquista sin precedentes. Y esa desmedida cibernética del mundo, orquesta, también, una fiebre desconocida, acaso una milagrería sorprendente que dejará al descubierto sus ángeles y sus demonios. El culto mismo de un secreto poder. En una proyección que pareciera la del Anticristo, con sus radiaciones y rayos laser, provocando la vieja angustia. Y la angustia, es todo lo contrario del progreso. Es decir, este nuevo dios igualmente abominable, padre de la próxima calamidad. Pero aquí no desemboca la pestilencia, no, es sólo un aspecto del retablo. Y he ahí su Ojo iluminado. ¡Oh delirante confusión de enfermedades!¡Grandes adoradores de la Muerte! ¡Caries de todos los males que, como siempre, reaparece en la descomposición del amor!... Cátaros, adamitas, Banda Buttlar (que buscaba a la criatura doblemente sexuada), biblistas, bogomilos, Comunitarios del Mágico Río Negro, Condurmientes, Contempladores del Arca de Noé, naasenos, Fraternidad universal, anabaptistas, Hermanos de los Apóstoles, alauitas, también aquellos sin fe, recorren el mismo desfiladero.

Todos están en El Jardín de las Delicias, la metáfora embriagante del Absurdo universal. Pocas veces un cuadro como este del Bosco, logra una parábola tan ajustada al desenfreno humano. Allí están la Tierra en su tercer día de la Creación, en toda su esplendorosa y solitaria belleza embrionaria. En su cielo azulino de la aurora original, con sus alegorías vivientes. El Paraíso en su hechizo inaugural. La flora alucinante, el agua cristalina, la fauna surreal que lo invade todo. La naturaleza fecunda y perturbadora, pero que en su conjunto, devuelve a los ojos una serenidad absoluta. Cuando todavía no había asomo de ningún mal. Pájaros, lagartijas, unicornios, peces, una fuente gigantesca y rosada que busca la altura como una rara flor, colinas empinadas en forma gótica, la serpiente, árboles sobrecargados de frutos, y en primer plano, Dios, y la primera pareja a ambos lados del Creador, en asombrosa paz… Sólo comparable a Virgilio. Pero veamos un poco más. A partir de ahí, la visión es fantásticamente espectacular y, por supuesto, endemoniadamente onírica. El despliegue de la lujuria humana parece no tener límites. Y la seducción erótica es aquí un delirio compulsivo de una orgía perpetuante, lo sé, que lleva a las más alocadas proposiciones. Lagos paradisíacos, frutas gigantescas, pájaros que sobrepasan toda proporción lógica y criaturas llevadas por un frenesí incomparable, son parte de ese mundo en el que conviven hombres y bestias, burbujas enormes y huevos asombrosos: es la fiesta de las razas y las especies, en el que los sexos conviven en una sodomía total y mancomunada. Es el libre albedrío que se recupera bien, claro, después de la inocencia perdida. La alusión fálica es continuada y el cuadro pone de manifiesto la concepción de Hieronimus Bosch (El Bosco), miembro de una cofradía secreta conocida con el nombre de Hermanos y hermanas del Libre Espíritu. Secta, por lo demás, nacida en el siglo XIII que predicaba y practicaba –como sus antecesores los Hermanos Apostólicos-, la comunidad de los bienes y de las mujeres, y no aceptaba ninguna clase de autoridad. En este sentido, la sensualidad se hace provocativa, hundida en la amistad y la concupiscencia de una cabalgata pesadillesca, en la que se revelan también, bañistas que dieran la impresión de estar sumergidos en una fuente de juvencia inabarcable. Hombres y mujeres en cueros, esbozando los delirios del placer en el que se entremezclan las fastuosidades aéreas, la libertad, el goce, el disfrute temporal de ese “Jardín de los deseos”, que abarca sueños del nudismo adánico al que se entregaban los miembros de la secta. De allí que el cuadro sea para muchos una reacción de la moral imperante. Para el que tuvo la oportunidad de verlo en su original, en el Museo del Prado de Madrid, coincidirá, creo, que el cuadro es un generador de fantasías y, al mismo tiempo, un complicado artefacto mágico del que no se tiene memoria. El poder de encantamiento no sólo abarca el estallido de imágenes, sino el dinamismo conceptual en el que el artista parece regocijarse. El clima y la evocación es desafiante y aquí, es cierto, como en toda obra de un artista genial, se confunden los términos del arte, su historicidad y aquella sagrada perfección cuya ironía tal vez, se distribuye en las tres partes que componen El Jardín de las Delicias y, hasta ahora, su dimensión bucólica. En efecto, cuando nada hacía suponer todavía, las terribles complicaciones que a estas alturas la humanidad habría de heredar.

En cuanto al tercer y último bloque del cuadro, se registra la síntesis: la entrada al infierno y la región temida. (¿Acaso guarda esto similitud con el desorden actual del transexualismo y la enfermedad contaminante de nuestros días?). Pues bien, en este tramo el mensaje tiene connotaciones religiosas e históricas en la parte superior, de alguna manera precisas y angustiantes. Es la imagen de la destrucción y del cielo ardiendo. Podría uno imaginarse, pienso, las escenas de Sodoma y Gomorra bajo la destrucción divina (según el Antiguo Testamento) en el que se dice: “Entonces, Yahveh llovió desde el cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego…”

Lo demás es bestialismo puro: entrega carnal, defecaciones monstruosas, espejismos del aniquilamiento, contaminación, tortura, desesperanza, metamorfosis increíbles, esquizofrénicas del comportamiento de la carne. Hombres que son animales y animales que son hombres. Y éste, acaso, como excremento y desperdicio a un tiempo, de la fiera satánica. En este caso, está cercano al “Círculo infernal”, que describe el Dante. El parentesco es desmedidamente hipnótico. Pero en ambos casos, es el registro demencial del Apocalipsis en cualquiera de sus facetas, que se sintetiza en un sórdido tronar de gigantescos instrumentos de una orquesta maldita. El gran banquete de las ratas y los cerdos.

Cabe preguntarse: ¿es la pesadilla un antecedente del ser culposo que reniega de su culpabilidad? ¿Es el Apocalipsis un nuevo castigo que Dios repite en sus rebaños, cuando éstos se entregan al homosexualismo, al travestismo y al morbosismo bestial?


¿HACIA UNA CASTIDAD SIN CONCESIONES?

Por inaudito que parezca, la alternativa no da la impresión de ser otra. Porque algo, en el Rosedal de la lujuria ya dijo basta. Tal es así, que ni escándalos afiebrados de la contranatura, ni invenciones de cualquier especie que alteren las clarinadas de Eros.

Entre el “homo erectus” y el “homo partidus”, la elección es simple. Habrá que reencontrar el Paraíso regenerante y compartir la fruta de la felicidad.

Al parecer, el desgaste de la imaginación en las últimas francachelas que dieron por resultado “la epidemia rosa”, conducen invariablemente, al Hospital de infecciosos. Y de ahí, al cementerio más cercano.

Ya se sabe en qué consistía la famosa equitación de los monjes mendicantes, complacidos por el vino y la carne. Hay que descartar para siempre el “ascetismo” de los Skopzi, aquellos delirantes monjes rusos que se castraban porque decían que así debió de ser Cristo. ¡La glorificación del eunuco!... Sin embargo, estaba ahí mismo la corrupción más solapada. Sus prácticas sexuales pervertidas terminaban, por lo común, en el más vil asesinato. Y dio tema a P. Tabori para escribir de ello en la Historia de la estupidez humana.

Pero cuidado: la calumnia puede ser el arte más destructor. La peste que no consigue vencer los siglos. Y como decía aquel surrealista: “rascar a la vecina no da flores en mayo”…


(Del libro Lautréamont y otros ensayos, de próxima aparición)

jueves, 4 de marzo de 2010

Los dandys:


DE MI ICONOGRAFÍA
Por Alejandro Sawa

«Plantez un saule au cimetière.»
De Musset.

En estos días rientes de la maga Primavera, todos los enamorados en París, dos a dos —¡oh, inefable y cándido misterio!—, ofrendan a Musset flores y preces, flores de los jardines y preces del corazón, cálidas como epitalamios.

Murió, en efecto, un día de mayo de hace cincuenta y un años. «Yo soy el poeta de la juventud», decía. «Debo morir en la Primavera.» Y al extinguirse, las musas y las mujeres lloraron como en los días en que, con Pan, se fueron los postreros dioses de la tierra.

Tengo el modelo ante los ojos de mi deslumbrada memoria: un gran Musset, en los tiempos heroicos de su adolescencia, recostado sobre un diván —yo no puedo concebir de pie y erguido a ese poeta— y envuelto en la túnica de Manfredo; pero no acude a mi imaginación, con la generosidad de otras veces, el sentido lineal y cromático de la figura que me propongo dejar estampada aquí —y eso me desespera, porque Musset es una de las más evidentes figuras de mi museo interior...

Yo lo veo moralmente con dos rostros, bicéfalo, como un monstruo asiático: la cara plácida e iluminada por un sol de Atenas, de los días buenos, y luego, en los días malos, en los días de niebla y de alcohol, la cara fatal de un maldecido que purgara en la tierra crímenes que, por lo horrendos, no pudieran decirse.

Hay el Musset adolescente y el Musset de la decadencia: el primero, que fue un creador divino, del que Sainte-Beuve pudo decir: «Nadie, al primer golpe de vista, producía como él la impresión del genio adolescente», vivió sólo diez años: todas sus obras líricas y dramáticas las levantó antes de los veintisiete años; el segundo, que fue un destructor sataníaco, vivió diecisiete. Y a mí se me antoja más interesante el Musset de la derrota que el del triunfo porque siempre he creído a Lucifer más propio de la oda que al ángel bueno que guarda la entrada del Paraíso.


Con un joven dios ha sido frecuentemente comparado. Y yo añadiría que con un joven dios de las viejas teogonias nordiales. Era un efebo rubio, azul y blanco: en jaspe, oro y mármoles policromos para el basamento debería ser tallada su estatua. Jorge Sand, su inmortal amada, lo conoció, así, en aquel esplendor. Su amor, obra fue de un deslumbramiento. Quedó cegada ante aquel magnífico ejemplar de la gracia cuando se transforma en criatura mortal. Y, herida de muerte, sangró lágrimas toda su vida.


Es curiosa la correspondencia en que la autora de Elle et lui platica con Sainte-Beuve de aquellos sus amores. Hay una carta, la primera de la serie, que alumbra con luz intensa una de las más lóbregas emboscadas del destino, que yo sepa; concluye así: «Después de haberlo meditado, pienso que sería mejor que no conduzcáis a casa a Alfredo de Musset para presentármelo. Es demasiado dandy para mis gustos, y creo que no llegaríamos a entendernos nunca. Más que interés es mera curiosidad lo que me inspira» (marzo de 1833).

¿Coquetería, quizás, de hembra que huye por el solo gusto de ser alcanzada?


Pero el mal azar quiso (¿y por qué no el índice bueno del destino, puesto que a ese momento inicial debemos La noche de Octubre, entre otras composiciones soberanas?) que se encontraran algún tiempo después en una comida de la Revue des Deux Mondes, y al día siguiente Jorge Sand escribe a Sainte-Beuve, su misericordioso confesor, anunciándole sin ambages que es querida de Musset y que puede decirlo así a todo el mundo.

Estos amores de Musset quemaron y agotaron toda su sensibilidad moral y artística. En la historia de la mayor parte de los hombres el amor es sólo una anécdota; pero aquí es una vida: una vida de pie y entera, una vida en toda su extensión, porque Musset sólo fue hombre y poeta mientras amó; luego el cuitado pudo asistir a los propios funerales de su genio. Un día, las gacetas de París anunciaron que Jorge Sand y Alfredo de Musset habían ido a pasar una temporada en Italia; otro, poco tiempo después, que el poeta se encontraba enfermo y agonizante en Venecia; luego, que Musset había regresado solo y viudo, en plena vida, de la mujer que había asociado a su destino. Y se hizo la noche, desde el momento aquel, en la vida del mísero; una triste y larga noche, sólo alumbrada por las livideces, como espectrales, del alcohol ardiendo en el fondo de las poncheras, las noches en que Baco el velloso recibía triste consagración, como en los días idos de la Grecia agonizante.

Como en las obras de enredo, el drama de Venecia tuvo más de dos personajes: un doctor Pagello, ante cuya armazón física no se mostró esquiva, a lo que parece, Jorge Sand, representó en él una acción preponderante.

De Pagello es esta frase monstruosa, que he visto impresa al pie de una carta dirigida a Jorge Sand: «Il nostro amore per Alfredo.»

Pero Musset, estaba cansado de aquellos amores de fiera desleal: su ilusión había quedado en Venecia tumbada en el fango, con las alas tronchadas.

Y no consintió ya nunca jamás abrirle las puertas de su corazón, frío y hórrido como una fosa abandonada, a la enamorada pecadora.

Fue en vano que llamara, que implorara, que rugiera, que amenazara. Musset estaba cansado y desangrado.

Ella le escribió: «No me ames, puesto que dices que no puedes, pero acéptame a tu lado y luego golpéame si quieres; todo lo prefiero a tu indiferencia.» Y, encarándose con Dios mismo, le decía:
«¡Ah, devolvedme mi amante, y yo me tornaré devota y yo desgastaré con mis rodillas las losas de las iglesias!»



Llegó a más: uniendo el gesto a la palabra, se cortó un día la magnífica cabellera, que era el más lucido prestigio de su belleza, y se la envió a Musset, como ofrenda bárbara a un Dios implacable y cruel; otra vez la encontraron tendida ante la puerta del ídolo, como una muerta, atravesada en el umbral, como un perro también que aguarda a su amo.

No pudo ser.

Y de allí en adelante la vida de Musset no fue sino una monótona exposición de horrores: luego vino la impotencia de escribir, cuya causa no le era desconocida, pero contra la que no podía reaccionar. Como asistía al desastre de su ser día por día, hora por hora, es seguro que vivió embrujado por la tentación del suicidio todo lo largo de su postrero trayecto mortal. El demonio del alcohol había hecho presa en sus entrañas y ya no le soltó hasta su muerte. Vivía aislado, raído de tedio. Y llegó a no figurar en el movimiento literario de su país, como si efectivamente hubiera muerto.

Heine dijo: «Musset es tan ignorado por la mayoría de Francia como podría serlo un poeta chino.» Sus breves amores con la Malibrán parecieron reanimarlo momentáneamente pero cayó de nuevo en más hondas y definitivas desesperanzas.

El glorioso efebo que Jorge Sand había amado, y que Grecia hubiera ungido de flores, se trocó en un hombre frío y altanero y —fuerza es decirlo— antipático: él mismo lo reconoce en carta dirigida a uno de sus escasos amigos de la última etapa: «Me he mirado por dentro y por fuera, y me pregunto si bajo este exterior rígido, mal encarado e impertinente, poco simpático, en fin, no hubo primitivamente un hombre de pasión y de entusiasmo, un hombre a la manera de Rousseau.»

definitivamente el 1 de mayo de 1857; murió diciendo: «¡Dormir, quiero dormir!»Alfredo de Musset murió


Bueno es dejar estampada aquí la suprema ironía de que al día siguiente sólo veintisiete personas asistieron al sepelio. Y pienso yo, al evocar este recuerdo y el de Poe y el de Baudelaire —sagrado tríptico—, que de entonces acá todas las apoteosis mortuorias son injustas y sacrílegas. Verdad es también que no se celebran funerales en nuestra baja tierra cuando alguna estrella deja de arder en el firmamento...

La preocupación fija de todo intelectual cuando rinde sacrificio —¡divino sacrificio!— a Baco consiste en dominar al potro salvaje, en manejarlo como a corcel de circo, en hacer ver que la voluntad y no el alcohol es quien dibuja el gesto y combina el alfabeto decisivo de la acción.

¡Vanidad de vanidades! No hay fuerza humana que iguale al poder expansivo de la pólvora, ni voluntad que no se disuelva —¡la miseria!— en el ácido de la uva fermentada.

Sin embargo, Dionisos es, con tanto imperio, creador como Júpiter o Apolo. Las más bellas acciones de la vida, ¿no han surgido de un sueño, del sueño de Alguien?


Hoy mi situación de alma es la de un hombre que está en capilla para ser ejecutado al día siguiente: cumplen mañana plazos improrrogables de mi vida, y no sé cómo darles cara. Yo me desangraría y me haría descuartizar y vendería mi carne a pedazos, si en ello viera medicina para mis males. Yo me desangraría y me haría descuartizar, sobre todo, por evitarme el oprobio de, hoy como ayer y mañana como hoy, tener que solicitar del azar lo que por fatalidades de mi sino el trabajo no ha querido concederme. Pero es baldía la protesta. Y como todos los desgraciados, rezaré preces a la Casualidad, a ver si me salva...

Lord Byron en el cine

LORD BYRON

(1788-1824)

George Gordon Noel, más conocido como Lord Byron, nació el 22 de enero de 1788 en Londres (Inglaterra). Era hijo del capitán John Byron y de su segunda esposa Catherine Gordon of Gight.
En 1798, tras el fallecimiento de su tío abuelo William y de su padre, heredó el título de barón Byron.

De mediana estatura, constitución más bien gruesa y una cojera de nacimiento, el joven George estudió en la ciudad escocesa de Aberdeen hasta los diez años.
Con su enfermera May Gray se inició tempranamente en la sexualidad.

De vuelta a Inglaterra, se instruyó en la Escuela Harrow, enamorándose de su vecina Mary Chaworth.
Con posterioridad acudió a la Universidad de Cambridge, en donde sus encuentros sexuales fueron muy numerosos.
Por esta época dio inicio a sus viajes por el sur de Europa, visitando países como España, Italia, Albania, Grecia y Malta.

Sus primeros escritos poéticos publicados se recopilarían en el volumen "Horas de Indolencia" (1807), que sería vapuleado por los críticos. El joven barón respondió con la sátira "Bardos ingleses y críticos escoceses" (1809).

En 1812 publicó "Las peregrinaciones de Childe Harold" (1812-1818), la primera entrega de sus recuerdos poéticos sobre sus viajes por el continente europeo.
Ese mismo año inició una relación amorosa con Lady Caroline Lamb. Un año después su acompañante sería su hermanastra Augusta Leigh.
En el año 1814 apareció uno de sus libros más populares, "El corsario".

En 1815 se casó con Anna Isabella Milbanke, pero poco tiempo duró el enlace, ya que tras concebir una hija llamada Ada, la pareja terminó separándose en 1816.

Ese mismo año, harto de las críticas por sus apegos bisexuales y escándalos, Lord Byron dejó su país para siempre y se marchó a Ginebra (Suiza) con su médico y secretario particular, J. W. Polidori.


Más tarde se trasladó a Venecia y Pisa (Italia), en donde

escribiría "Manfred" (1817), "Beppo" (1818), "Mazeppa" (1819) y, entre otros libros, "Don Juan" (1819).

En Pisa y en el año 1822 creó "The Liberal", un periódico fundado junto a Percy B. Shelley y Leigh Hunt.

Falleció en plena lucha por la independencia de Grecia contra los turcos, cuando contrajo unas fiebres en Missolonghi que acabaron con su vida el 19 de abril de 1824. Tenía 36 años.
La vida y obra de Lord Byron le consagran como uno de los principales baluartes de la literatura romántica, con el protagonismo de un melancólico héroe rebelde, lleno de sensibilidad y en permanente búsqueda de emociones.

CANCIÓN DEL CORSARIO
Por Lord Byron

En su fondo mi alma lleva un tierno secreto

solitario y perdido, que yace reposado;

mas a veces, mi pecho al tuyo respondiendo,

como antes vibra y tiembla de amor, desesperado.

Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,

hay en su centro a modo de fúnebre velón,

pero su luz parece no haber brillado nunca:

ni alumbra ni combate mi negra situación.

¡No me olvides!... Si un día pasaras por mi tumba,

tu pensamiento un punto reclina en mí, perdido...

la pena que mi pecho no arrostrara, la única,

Es pensar que en el tuyo pudiera hallar olvido.

escucha, locas, tímidas, mis últimas palabras

la virtud a los muertos no niega ese favor-;

amé... cuanto pedí. Dedícame una lágrima,

la sola recompensa en pago de tu amor!...

lunes, 1 de febrero de 2010

DANDISMO Y NINFOMANÍA

"para ser elegante es necesario gozar del
ocio sin haber pasado por el trabajo"
Honoré de Balzac


En la historia de la literatura en Francia se da, entre otros, un precedente del dandismo femenino con la escritora George Sand (seudónimo de la baronesa Amandine Aurore Lucie Dupin), hija de un militar del ejército francés llamado Dupin, que descendía del rey Augusto II de Polonia. Había nacido en París el 1 de junio de 1804.


George Sand pasó la mayor parte de su infancia en un paisaje campestre, en Nohant, y estudió con las Monjas Agustinas Inglesas en un convento de París. En 1822 se casó con el baron Casimir Dudevant, un rico y poderoso hacendado, lo que la convierte en baronesa por derecho nobiliario. Pero la escritora no se demoró en abandonar a su marido y trasladarse luego a la capital francesa, donde comenzó a vestirse con vestimentas masculinas y dedicarse a una vida sexual tempestuosa en el mundillo intelectual de su época. André Maurois, dice de esta escritora: "la historia de George Sand es la de una mujer que, por su nacimiento, se encontró colocada en la frontera de dos clases y, por su educación, en una zona en la que se encontraban el racionalismo del siglo XVIII y el romanticismo del XIX; que, habiendo perdido a su padre en la infancia, deseó reemplazarlo al lado de una madre adorada,adquiriendo por ello un comportamiento viril; que fue confirmada en esta actitud por la educación viril que le dió un profesor un tanto loco y por los trajes masculinos que le hizo vestir; que a los diecisiete años se vio independiente, dueña de una propiedad en Nohant, ama de una casa, y que intentó siempre,inconscientemente, recrear este libre paraíso de su adolescencia; que jamás pudo soportar un amo y pidió al amor lo que en la maternidad hallaba:una oportunidad de proteger a seres más débiles..." (Lélia o la vida de George Sand, Emecé Editores, 1955)



Corría ya el año 1831, cuando se unió a un grupo de distinguidos artistas, entre los que figuraban el novelista francés Honoré de Balzac y el músico húngaro Franz Liszt. Lo que, por añadidura, la hizo célebre tanto por sus escritos como por sus idilios y deslices amorosos, especialmente por su relación con el poeta francés Alfred de Musset y con el compositor polaco Frédéric Chopin. Con éste último realizó un viaje a la isla de Mallorca, a la villa de Valldemosa, que por su invierno cálido y seco convenía a la salud del compositor. Este suceso fue narrado por la autora en su libro Un invierno en Mallorca, publicado en 1841.

Hasta aquí, los datos reales. Hay una cara o cruz en su historia personal.
Fiodor Dostoievsky la resalta con palabras dignas de un especial elogio en su

Muerte de George Sand, donde dice:

"El último número del Diario, correspondiente a mayo, estaba ya compuesto y en prensa cuando me enteré por los diarios de la muerte de George Sand (murió el 8 de junio de 1876). De este modo no alcancé a decir siquiera una palabra acerca de esta muerte. Pero había bastado que leyera esa noticia para comprender cuánto significó en mi vida aquel nombre, cuánto correspondió en una época a ese poeta, de mi entusiasmo, de mi admiración, y todo lo que me dio entonces de alegría, de felicidad. Sin temor escribo cada una de estas palabras, porque así fue literalmente. Ella fue una de nuestras contemporáneas (quiero decir, nuestras) que más plenamente realizó el tipo de idealista de los años treinta y cuarenta. Es uno de los nombres de nuestro poderoso siglo, presuntuoso y al mismo tiempo doloroso, pleno de ideales inexpresados, de los más indefinidos deseos, nombre que surgió allá lejos, "en el país de las sagradas maravillas!", que nos atraía quitando a lo nuestro, nuestra Rusia siempre en gestación, mucho pensar, mucho amor, la fuerza de santos y nobles impulsos, vivísima vida y caras convicciones. Pero no debemos lamentarlo: exaltando tales nombres y admirándolos, los rusos sirvieron y sirven a su más verdadera misión. Que no se asombren de estas palabras mías, y sobre todo en relación a George Sand, acerca de quien puede hasta hoy discutirse y a quien la mitad de nosotros, si no las nueve décimas partes, ya alcanzaron a olvidar; pero ella a pesar de todo desempeñó un papel entre nosotros en su tiempo, ¿y quién estará más dispuesto a recordarla sobre su tumba que nosotros, sus contemporáneos de todo el mundo? Nosotros, los rusos, tenemos dos patrias: nuestra Rusia y Europa, aun en el caso de llamarnos eslavófilos (que ellos no me guarden enojo por esto). No es preciso disputar sobre ello. La más alta entre las altas misiones que los rusos reconocen como un deber asumir en el futuro, es la misión de reunir la humanidad en un solo haz, es el universal servicio a la humanidad; no sólo a Rusia, no al mundo eslavo, sino a la humanidad toda."Existen fuentes históricas que dicen que no tardó en forjarse una fama de mala reputación por su libertina conducta sexual, algo indudablemente mal visto por la sociedad de su época y que recuerda al sadomasoquismo del Divino Marqués:" gustaba de azotar y de dar azotes a su pareja, para lo cual contaba con un complejo arsenal de artefactos eróticos". Esa forma escandalosa de comportarse en el lecho y su legión de amantes, a los que solía reunir para practicar el acto amoroso en conjunto, hizo que su figura fuera vilipendiada en el círculo aristocrático. La nota de Fiodor Dostoievsky , sigue diciendo:

"Reflexionadlo, y también vosotros aceptaréis que los eslavófilos reconocieron eso mismo - por eso nos exhortaban a ser más estrictamente rusos, a serlo más firme y responsablemente-, comprendiendo precisamente que esa tendencia a unificar la humanidad es el más importante rasgo de la personalidad rusa, así como su misión. Por otra parte, todo esto exige todavía muchas explicaciones, por lo menos la de que el servicio de un ideal universalmente humano y un aturdido vagabundear por Europa, abandonando voluntariamente la patria, son dos cosas diametralmente opuestas, aunque hasta ahora se las confunda. Por el contrario, mucho, mucho de lo que tomamos de Europa y trasplantamos entre nosotros no se limitó a la copia servil, como indispensablemente lo exigen los Potuguin, sino que lo incorporamos a nuestro organismo, a nuestra carne y nuestra sangre; hemos sobrellevado y hasta padecimos con independencia punto por punto, como en el Occidente, otras cosas que allá eran familiares. Esto es lo que los europeos no quieren admitir por nada del mundo; lo que ha sido mejor, por el momento. De ese modo se cumplirá más imperceptible y tranquilamente un proceso indispensable que asombrará al mundo en sus consecuencias, proceso que puede seguirse del modo más claro y palpable en la actitud que observamos con respecto a la literatura de los demás pueblos. Sus poetas son para nosotros, al menos para la mayoría de nuestras gentes cultivadas, igualmente familiares que los suyos en sus países de Occidente. Yo afirmo y repito que todo poeta, pensador, filántropo europeo, aparte de su propia tierra, en ninguna otra parte del mundo es tan íntimamente comprendido y más aceptado como en Rusia. Shakespeare, Byron, Walter Scott, Dickens, nos son más familiares y comprensibles que, por ejemplo, a los alemanes, si bien por supuesto circula entre nosotros sólo la décima parte de los ejemplares, en su traducción rusa, que en la libresca Alemania. La Convención francesa del año 93 al otorgar una credencial de ciudadano "au poète allemand Schiller, l'ami de l'humanité", a pesar de haber hecho con ello un gesto hermoso, soberbio, profético, no sospechaba siquiera que en el otro extremo de Europa, en la bárbara Rusia, ese mismo Schiller era bastante más nacional y bastante más caro a los bárbaros rusos, no sólo que a Francia, la de aquel tiempo, sino a la de más tarde, en todo nuestro siglo, durante el cual Schiller, ciudadano francés y "l'ami de l'humanité", sólo era conocido en Francia por los profesores de literatura y eso no por todos. Entre nosotros en cambio, junto con Yukovsky, se introdujo en el alma rusa, dejó en ella una señal, significó por sí mismo casi un período en la historia de nuestra cultura. Esta actitud rusa respecto a la literatura universal es un fenómeno que casi no se ha repetido en otros pueblos en tal medida a lo largo de toda la historia, y si esta característica es realmente nuestra particularidad nacional rusa, ¿qué susceptible patriotismo, qué chauvinismo tendría derecho a protestar contra este fenómeno y no querría ver por el contrario un hecho pleno de promesas y claramente profético para la adivinación de nuestro porvenir?
Todo este encuadre del genial escritor ruso es para poner de relieve a unas de las figuras más importantes de la literatura universal que ganó simpatías y antipatías en torno a otras superficialidades de rigor moralista. Aquel mensaje del autor de Crimen y castigo, concluye diciendo:

"¡Oh!, por supuesto, muchos sonreirán, tal vez, al leer más arriba la importancia que yo atribuyo a George Sand; pero los que rían serán injustos: ya ha transcurrido bastante tiempo de estos hechos pasados y hasta la misma George Sand ha muerto viejita, a los setenta años, habiendo tal vez sobrevivido en mucho a su gloria. Pero todo aquello que en la aparición de ese poeta significó una "nueva palabra", todo lo que tuvo valor universal, todo eso suscitó en el mismo instante en nuestra Rusia fuerte y profunda impresión, no pasó inadvertido, demostrándose con ello que todo poeta que surgiera en Europa, que se levantara allá para enunciar un pensamiento y manifestar una fuerza nueva, no podía dejar de convertirse de inmediato en un poeta ruso, no podía evadirse al pensamiento ruso, y no convertirse casi en una

Como se dijo más arriba, estuvo relacionada románticamente con Alfred de Musset durante el verano de 1833. Después de esa tormentosa relación en Venecia, Musset le dedicaría un libro: Confesiones de un hijo del siglo.
Dos años antes, había tenido ya una relación con Fréderic Chopin, a quien conoció en París. Dentro de su "círculo de amistades" también se encontraban el pintor Eugène Delacroix, el escritor Heinrich Heine, así como Víctor Hugo y,entre otros, Flaubert .

Sand fue una escritora muy prolífica que expresaba en sus obras preocupación por los problemas humanos y los ideales feministas. Escribió sus dos primeras novelas en colaboración con el novelista Jules Sandeau, de quien tomó el nombre de Jules Sand. Su obra siguiente, Indiana (1832), es la primera que firma como George Sand.

Toda su bibliografía se divide en cuatro partes: Las novelas del primer período (1832-1836), como Valentine (1832) y Lélia (1833), eran románticas e idealistas, que, al igual que Indiana, exaltaban elamor libre de las trabas impuestas por el matrimonio convencional. La segunda parte (1840-1848) se caracteriza por novelas del temperamento de Consuelo (1842), en la que expone sus ideales libertarios de corte socialista y humanitario. Después de la Revolución de 1848 se retiró a su casa campestre de Nohant, donde escribió las novelas de su tercer período (1848-1860), basadas en la vida del campo, entre las que se destacan François el Champi (1848) y La pequeña Fadette (1849). Sus últimas novelas recaen nuevamente en el tema social pero de una forma más profunda y, en cuanto a calidad, son consideradas lo mejor de su obra. De esta parte, hay que destacar El Marqués de Villemer (1861) y Jean de la Roche (1860) y entre 1854 y 1855, aparece, Historia de mi vida. Pero es en 1853,cuando se publica Cuentos de una abuela, escritos para sus nietos.

Entre sus frases famosas, hay algunas que se refieren a su "supuesto" torbellino amoroso: "Nos equivocamos a menudo en el amor, a menudo herido, a menudo infeliz, pero soy yo quien vivió, y no un ser ficticio, creado por mi orgullo." Y también, frases de este calibre: "He leído en alguna parte que para amarse hay que tener principios semejantes, con gustos opuesto." O todavía, algo así: "Dios ha puesto el placer tan cerca del dolor que muchas veces se llora de alegría."
George Sand murió en Nohant en 1876. Aunque sus novelas fueron muy leídas en vida de la autora y ejercieron una influencia innegable en los nuevos escritores; pero así, también, han ido perdiendo popularidad. No obstante eso, los criterios feministas más recientes le han otorgado un creciente interés a su obra.

George Sand ejerció el papel de dandy en los salones y círculos literarios de Francia haciendo uso de aquella memorable frase de su amigo Balzac: "El dandismo no es sino una herejía de la vida elegante". Y fue ella, la que acunó esta bella frase: "El beso es una forma de diálogo".

De los amores de Chopin y George Sand...


MALDOROR


Me llamo Isidore Ducasse. Más conocido como Conde de Lautréamont, por unos escritos míos realizados a escondidas de las clases del Liceo de Pau en 1864. Aunque yo disfrutaba de las clases de retórica de Gustave Hinstin. No me perdía por nada del mundo de sus disertaciones sobre el Edipo Rey, de Sófocles. Sobre todo ante los desgarradores lamentos y gritos de dolor, al ser arrancados sus ojos maldiciendo su destino. Me estremecía (tengo que decirlo), el límite que hay entre lo humano y lo inhumano. El dios Tánatos colmaba mis aspiraciones existenciales y me volcaba al horror y al caos. Pero también amaba a Hipnos, su hermano, que me transportaba a experiencias inesperadas. Debo confesar que por esa época, detestaba los versos latinos; aunque disfrutara siempre de Corneille y Racine.

Como se imaginarán, soy extremadamente nervioso. Mi carácter, lo sé, se compone de eso: una obsesión por la tragedia y un delirante fervor por todo lo que denote soledad, angustia, repulsión… Estos Cantos, son prueba de mi soledad en el mundo… Maldoror, es mi documento de identidad.


(De Escritos apócrifos)

De Los Cantos del gran ensalmador


POESIA NOVA



El cadáver de Vallejo multiplicóse en células ubérrrimas;
el de Federico en caracolas de mar para empedrar los
/ Jardines de la Alhambra;
el de Neruda en crepúsculos embotellados;
y el de Borges, en ediciones rarísimas de pergaminos
/ góticos...

-¡A ver,sepulturero:
si recoges un poco de aquella luz matinal,
que harto estoy de dogmáticos resplandores!